La insoportable levedad del mañana

«Mañana tengo que estar bien», le repetía a su subconsciente una y otra vez. «Mañana hay que estar bien», «Mañana hay que estar bien», «Mañana hay que estar bien, «Mañana hay que estar bien». Sólo se distraía de este pensamiento en la divagación entre si éste era un pensamiento positivo o una exigencia. Y así, cuando llegaba el día siguiente, tenía tanta presión acumulada encima, que estallaba en llanto de nervios con el simple hecho de vestirse para encaminarse hacia aquel evento, acontecimiento, cita o rutina para la que debía estar bien. No fallaba. A pesar de las charlas con la psicóloga, del entrenador personal, del mindfulness, de la comodidad de su nueva casa y del apoyo familiar, ella fallaba. Echaba a llorar en las peores situaciones. Rodeada tanto de conocidos, como de extraños. Lloraba tanto que ya ni se le pasaba por la cabeza que llorar en público podía ser algo que incomodase a los demás o les provocase sentimientos poco agradables. Tuvo una psicóloga de pago y otra que le proporcionaba la Seguridad Social. Las dos la hicieron sentirse culpable por no entender que todo está bien y que cuando no estaba bien era ella la única que tenía la llave. La única responsable de su malestar. Como no quería medicarse le dijeron que lo exageraba todo y que sólo a veces tenía malos días. Le dijeron léete el libro «Lo bueno de tener un mal día». Le dijeron que si la gente le agobiaba, dejase de verlos. Le dijeron que hiciera sólo lo que le apeteciera. Le dijeron que diera paseos, que tomase infusiones, que respirase profundo, que fuera agradecida, que bajase su autoexigencia, que se dejase llevar, que mirase el documental «Headspace». Y lo hizo todo. Y su cabeza seguía en alerta, su cuerpo tembloroso, su garganta cerrada y sus lágrimas siempre al borde del precipicio, dispuestas a saltar en cualquier momento. Le abrumaban sus pensamientos. Se le bloqueaba la capacidad de relativizar los acontecimientos. No se reconocía en aquella persona, aquel individuo que boicoteaba su cabeza una y otra vez. Quién era ese que le decía que no podía con esto, que saldría todo mal si se atrevía con aquello o que se derrumbaría al intentar cruzar tal o cual límite. Trató de no escucharlo, de sacarlo de su lado, pero pesaba mucho. Como todo. Todo a su alrededor le pesaba demasiado. Le pesaba hacer cosas, y no hacerlas. Le pesaban los pensamientos positivos y los negativos. Le pesaba la vida. Le pesaba la muerte.

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