Manzana asada

Detesto la manzana asada. Me recuerda demasiado al hospital. Me ha perseguido en todos y cada uno de mis ingresos durante catorce años, y no han sido pocos ingresos. En Alicante primero, y en Barcelona después. Se ve que la enviaron junto con mi expediente médico. Parece que como no me la comía, me la volvían a servir en cada comida y en cada cena, como si estuviera viviendo el día de la marmota. Si te paras a pensarlo, cuando estás de ingreso hospitalario la vida se te vuelve realmente un día de la marmota. Prácticamente cada jornada haces lo mismo, a excepción de la prueba o intervención a la que te toque someterte. Sólo cambia eso y, a veces, la persona o personas que te visitan por la tarde. Lo de la manzana ya empecé a tomármelo a cachondeo la primera vez que estuve ingresada. Mi prima salía de trabajar a mediodía y se pasaba por el hospital a ver cómo me había ido la mañana.

—¿Otra vez manzana asada? Qué bien Ari —comentaba irónicamente. Yo ponía una sonrisa torcida, desconsolada mirando aquel postre feo.

Los primeros días durante mi primer ingreso en La Residencia de Alicante, que me encontraba muy débil por la pérdida de sangre y porque no paraban de hacerme pruebas en las que debía estar en ayunas, mi madre y mis tías respetaron las reglas del hospital de no llevar comida al enfermo. Pero en cuanto cesaron las pruebas principales y yo fui volviendo a coger fuerzas y a reírme de todo, me empezaron a traer tuppers con fruta, bombones, mini croissants… Así al menos, las comidas cogían un poco más de brío sabiendo que podría acabarlas con buen sabor de boca. Hasta coca de vidre me subieron un día a la habitación. Era un día que me habían hecho un banding. Era por lo menos el tercero que me hacían. Banding es como llaman técnicamente a insuflarte las varices esofágicas y luego ponerles una especie de tiritas para que no te sangren más y vayan reduciéndose hasta volver a su tamaño normal.

—Si ya he cenado y me ha sentado bien la comida. Trae aquí un trocito de coca de postre y aparta la manzana de mi vista —prácticamente le ordené a mi madre.

A mi prima hermana siempre le ha dado mucha risa lo de la manzana asada. Y en aquellos días se moría de risa cada vez que yo arremetía contra la mierda de postre de la manzana asada y sosa del hospital. Sin azuquitar, ni un poco de miel, ni nada. Agarré el trozo de coca que me tendía mi madre y le di un bocadito. Sin pasarme.Buah. Aquella cosa, durísima de masticar, me la tragué casi entera. Sentía cada uno de los cristalitos de la coca rozarme las heridas provocadas por la insuflación del banding. Qué dolor, y qué gusto a la vez. Aquel sabor dulcecito y rico, después de tantos días de dieta hospitalaria. Cómo aguantaba el dolor al comerme la coca. Cómo lo maquillaba entre grititos y risas. Cómo se reían mi tía, mi prima y mi madre al reconocerme ya mejor, más recuperada. Todavía en el hospital, todavía con diagnóstico desconocido, pero ya fuera de peligro y haciendo la tonta.

Coca de vidre

—Buenos días, soy el doctor Carnicer —se presenta un hombre moreno al cuarto día de ingreso, el segundo en planta. Era un señor de mediana estatura, vestido con bata blanca, ojos castaños y gafas de metal dorado.

Por supuesto, jajaja, cómo iba a llamarse mi médico después de haber vivido una auténtica carnicería en mi propia piel unos días atrás. Ah, la vida es hilarante hasta en los peores momentos, pensé, aguantándome la risa. El señor venía a darme un diagnóstico y debía conservar la atmósfera en solemnidad y calma. Aunque en aquel momento lo desconocía, este sería, sin duda, un punto de inflexión dentro de una ‘story’ que, aunque dramática, ha llegado a rozar el absurdo y el surrealismo en varias ocasiones. Una historia repleta de sucesos extraordinarios, catastróficas desdichas y singulares coincidencias.

—Buenos días —contesto, de vuelta de mis tonterías.

—Hemos observado que tiene usted una hipertensión portal —informa serio el doctor.

Whaaaat?! ¿Qué leches es eso? Hábleme en cristiano, por favor.

—Diremos que es una hipertensión portal idiopática. De causa desconocida. No hemos averiguado el porqué se ha producido, pero sí sabemos que es un síntoma muy común en la cirrosis.

—¿Cirrosis? —pregunto asustada. Lo de la hipertensión portal no me ha causado ninguna sensación porque no tengo ni idea de qué me está hablando el doctor, pero conozco el significado de la palabra cirrosis. Y no me suena nada bien.

—Tras la biopsia de hígado y el resto de pruebas practicadas, hemos observado que su hígado actualmente se encuentra en buen estado.  No tiene usted cirrosis. Pero… la tendrá…—continúa el doctor hablando, pero yo ya no le sigo. Un momento, un momento…tengo algo, que no saben por qué lo tengo ni qué me lo ha provocado, pero sí saben que luego tendré otra cosa, peor, que se llama cirrosis. ¿Qué broma es esta? ¿Después de todas las cosas que me han metido por el cuerpo, que me han pinchado, que me han extraído, la conclusión es que no tienen ni idea y que si puede ir a peor, irá…?

Los pensamientos se aceleran en mi cabeza. Salen a mil por hora de mi mente y he dejado de escuchar al doctor hace ya unos minutos.

—¿Por qué? —son las únicas palabras que consigo articular.

—Pues verá — comienza el doctor Carnicer de vuelta a la explicación. Jodida solemnidad de sus eminencias los señores médicos de tratar a sus pacientes de usted. ¡Tutéeme, por dios, sólo tengo veintidós años y podría ser su hija! —normalmente la hipertensión portal viene dada a consecuencia de una cirrosis, pero para usted será la causa de la misma. Con un tratamiento de betabloqueantes y banding podemos ir esquivando nuevas hemorragias. Aún así, buscaría otras opiniones y otros profesionales. Con los medios que tenemos en este hospital no podemos hacer más pruebas ni mayores estudios, pero hay quienes se dedican a investigar y solucionar patologías hepáticas graves, raras y desconocidas como la suya.

¿Me podría indicar la salida, doctor?, estoy tentada de contestarle.

—¿A qué otro doctor podríamos acudir? ¿Usted sabe dónde es que se estudian casos como el de mi hija? —pregunta, mortificada, mi madre.

Un comentario sobre “Manzana asada

  1. Para nosotras el postre recurrente era el flan de café del menú del día de la cafetería de enfrente y, aún hoy, lo pido si me lo ofrecen. También de esta experiencia saqué el brownie del Fosters. 😂😂😂

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