Aquella noche rojo valentino

23:57 p.m.

Snif,snif, snif, snif… “¿Qué es ese olor tan fuerte? Mejor salgo de debajo de la cama para ir a inspeccionar el terreno. Huelo algo raro. Huele muy fuerte, pero no escucho nada. Salieron de casa y han dejado una atmósfera de tensión y terror que me recorre el cuerpo, el hocico, las orejitas, las patas. Me he quedado solo y tengo un poco de miedo. Me escondí porque vi el pánico en sus caras. Noté que algo iba mal y huí, me evaporé de la escena. Por miedo y un poco también por no molestar. Pero ahora me puede la curiosidad. Venga, voy a salir de aquí debajo”. Se arrastra y sale medio tumbado. Cuando ya se puede erguir con sus cuatro patitas echa andar. Camina poquito a poco, olfateándolo todo. Snif, snif, snif…en un primer vistazo en el comedor no ve nada raro…Y de pronto ups! Una mancha roja, rojísima. Rojo Valentino tiñendo el suelo, justo al lado de la puerta que une el comedor con el pasillo. Es como un liquidito viscoso derramado. “¿A ver? Voy a acercarme un poco más”. Snif, Snif, Snif… “Qué olor tan fuerte. Huele…huele…algo así como hierro”. Snif, snif “hierro agrio. El apoya-brazos del sofá…” snif, snif, snif, snif “también huele a lo mismo”. Se encuentra con una gran mancha roja en medio del sofá azul. Y por el pasillo un montón más de líquido rojo. Y en el baño…Líquido rojo por todas partes. Snif, snif, snif, continúa olisqueando. “Tengo miedo. Esta cosa roja no me huele nada bien. ¿Cuándo volverán a casa?”, se pregunta Negu, asustado.

21:54 p.m.

—Mamá, me encuentro muy mal. Me duele mucho la barriga. Llevo un par de días haciendo caca muy negra. Estoy podrida. No puedo estudiar. Ven antes, si puedes. Por favor —le rogué avergonzada, pronunciando “Por Favor” con un hilillo de voz, prácticamente inaudible.

—Silvia, por favor, que estoy trabajando. Y ya eres mayorcita —cuelga, pero algo en su interior le indica que debería volver a casa. Avisa a su compañero y termina su turno media hora antes para llegar justo a tiempo a la llamada de su hija.

Es sábado, dieciocho de febrero de 2006, el día que se me acaba la juventud tal y como la conocía hasta el momento.

23:23 p.m.

Mi madre está llamando a mi tía para que venga a por nosotras con el coche. He vomitado sangre por todas partes. El baño está todo rojo por el suelo. Y la taza de váter. No he llegado a atinar bien. Ahora estoy tirada en un rincón. Acurrucada, asustada. Manchada de sangre. “Dios mío. Me voy a morir. Estoy asistiendo a mi propia muerte”, pienso conscientemente. Nunca antes he visto tanta sangre. Hay mucha. Y coágulos de la sangre más roja que haya visto jamás.

—Silvia, ¿dónde tienes la tarjeta sanitaria? —mi madre corre por todo el pasillo y por el salón.

Dios mío. No puedo pensar.

—Silvia, tu tarjeta sanitaria. Silvia, ¡responde! —se nota la histeria en su voz. No sabe qué hacer. Yo tampoco.

—En mi cartera. En mi bolsa —respondo en voz flojita.

—¡Silvia! —me chilla mi madre mientras me recoge del suelo.

—Estoy bien mamá. Coge la tarjeta. Estoy bien —le contesto mientras me arrastra hasta el sofá para ponerme el abrigo.

Me deja un momento y se va a mi habitación a por la tarjeta sanitaria.

23:34 p.m.

Llaman al interfono. Mi tía ya está abajo.

Mi madre me vuelve a agarrar. Pone mi brazo sobre sus hombros y me coge fuerte por la cintura.

Salimos de casa. Dejamos el piso hecho una escabechina. Un escenario digno del crimen más sangriento que os podáis imaginar.

Se me cierran lo ojos.

—Silvia, Silvia, Silvia —noto suaves tortazos de mi madre en mi cara, pero me pesan demasiado los ojos. Cuando ya me dispongo a abandonar, algo me hace reaccionar. Vuelvo en mí y veo a mi prima. Está ayudando a mi madre a sacarme del ascensor.

Poco después estoy en una habitación de hospital. No es un quirófano, ni una sala de espera, ni una habitación de planta. No sé dónde estoy. El personal hospitalario está hablando con mi madre. Supongo que le preguntan si sabe qué me pasa o qué me ha pasado hasta llegar allí. A mi no me quedan fuerzas para nada.

—Hola, ¿me oyes? —le oigo. Afirmo con la cabeza—. Ponte de lado, por favor —me giro y de repente noto algo en mi culo. En cualquier otro momento me habría entrado la risa, pero no hago nada. Ya no me respondo ni a mí misma. Vuelvo a fundirme a negro.

—Ya está. Gracias. Ahora cuando yo te diga tendrás que tragar —dice esto mientras comienza a meterme un tubo fino y trasparente por la nariz—. Traga, traga. Sigue tragando. Sólo un poco más. Traga. Traga. Traga. Muy bien. Ahora te entrará un líquido por el tubito y te dará ganas de vomitar. Vamos a hacerte un lavado de estómago. Aquí te dejo esta palangana.

“No. Vomitar otra vez no. Me moriré si sigo sangran…buarrgrggghaff, braaghuuuffbg…”

Vomito, vomito y vomito hasta que no me queda nada dentro, ni sangre, ni comida, ni bilis. Nada.

01:12 a.m.

Lo siguiente que recuerdo es un quirófano. Tres personas rodeándome. Luz blanca. Mucha luz blanca.

—Silvia, muerde esto.

Es algo así como un bozal. Parpadeo. Me colocan una especie de cinta elástica por detrás de la cabeza que sujeta el bozal. No es un bozal. Después he descubierto que se trata de un plástico duro con un agujero de unos dos centímetros en el centro por donde el médico introduce el tubo endoscópico para pasarlo a través de tu garganta, tu esófago y llegar a tu estómago, si así se requiere. Y el bozal es para que no muerdas ni dañes el endoscopio.

Una vez la enfermera me hubo ajustado el bozal, el médico no tardó ni un minuto en empezar a introducirme el endoscop… “buarrgrggghaff, braaghuuuffbg…Por dios. No puedo soportar la angustia, las arcadas. Sigo vomitando y escupiendo sangre. Ya he manchado al propio médico. Qué asco. Qué asco me doy. Qué asco todo. ¿Qué me pasa? Tanta sangre.

—Aguanta un poco más Silvia. Enseguida acabaremos —me anima el médico, con el guante con el que sujeta el endoscopio y el lado izquierdo de su bata, manchado de mi vómito rojizo.

“buarrgrggghaff, braaghuuuffbg…”, las arcadas continúan, pero al menos ya no tengo nada más que tirar. Son sólo arcadas. Por favor, no puedo más. Saca el tubo ya. Unos lagrimones tamaño lago se deslizan por mi cara. Sácalo. Y, por fin, empieza a tirar del endoscopio para afuera. Cuando ha salido todo el tubo puedo volver a respirar. Y sigo llorando, ahora ya a lágrima pequeña. Creí que iba a morir de tanta angustia como acabo de sufrir.

Sin moverme de la camilla, sólo haciéndome rodar por su estrechez, de un lado a otro, las enfermeras me han cambiado las sábanas manchadas. Mi bata hospitalaria todavía está impecable, pues me taparon con un enorme babero de algodón desechable antes de hacerme la endoscopia.

Recorremos varios pasillos del Hospital General Universitario de Alicante, conocido como “La Residencia”. Tengo frío, mucho, mucho frío. Entonces me vuelvo a dejar llevar y no sé si me duermo o me desmayo.

02:35 a.m.

Abro los ojos y ahora estoy en otra sala. Somos cuatro pacientes allí dentro. La señora de la cama contigua a la mía morirá en un par de días. Esto es la UCI.

Mi madre, mi tía y mi prima están a los pies de la camilla. Contemplándome. Tengo enchufados dos goteros. Uno en cada brazo. Con bolsas de sangre colgando, que gotean a un ritmo de gota cada cinco segundos, entrando por las vías que tengo clavadas en los plexos de ambos brazos, devolviéndome, gota a gota, la vida. También me están metiendo suero por las venas de mi brazo izquierdo. ¿Se acabó por fin el vomitar? ¿Y las arcadas? Estoy en una postura muy incómoda, pues parezco un Cristo crucificado, pero tranquila y a gusto. Estoy viva. Le sonrío a mi madre.

00:26 a.m.

Suenan tres vueltas de llave abriendo la cerradura. “Alguien viene. Bien. Ya están de vuelta, mis humanitas favoritas”, se incorpora el can. Corre hacia la puerta con el rabo tieso de la emoción.

—Neguuuuuu —lo llama mi tío desde el pasillo. Cierra la puerta tras su espalda. El perro no acude a su llamada. Hay una luz encendida, así que continúa atravesando el piso. Parece la luz del comedor. En el camino se va encontrando con manchas de sangre. Gotas por el pasillo y en las paredes. Una mancha de sangre que se abre hacia el baño, haciéndose enorme en su interior. Enciende la luz del baño. “Qué coño ha pasado aquí”, piensa. Se le congela su propia sangre al ver toda aquella escena roja. Sangre asquerosamente reciente por todas partes. Aquello parece la escena de un crimen macabro.

—¿Negu? —sale del baño, recuperando la respiración, que se le había cortado por unos segundos. Tiene el estómago encogido y no encuentra al perro.

Negu se ha vuelto a esconder. No le gustó nada el reconocimiento del terreno que encontró cuando nos fuimos y se volvió asustado, a resguardo de posibles peligros, bajo la cama de mi madre. Mi tío no lo encuentra.

Se asoma al salón, pero allí tampoco está. El sofá también está lleno de sangre por el lado que da al pasillo. Es un sofá azul, ahora blaugrana. En la enorme mancha de sangre se ven tres grumos desiguales. Canicas, nueces de sangre coagulada, todavía brillantes, recién expulsadas de su lugar de procedencia. No puede seguir mirando aquello sin que le entren arcadas, pero no puede irse sin el perro. aparta su mirada de la sangre hacia la mesa del salón, coge su móvil con la mano temblorosa y llama.

—Mami, ¿está bien la nena? Es que hay mucha sangre por aquí. Mucha, mucha, ¿qué ha pasado?, ¿qué os han dicho? —llama mi tío a mi tía, que se encuentra en la sala de urgencias del hospital general universitario de Alicante con mi prima, esperando a tener noticias mías. Mi tía lo tranquiliza, pero no puede darle mucha más información acerca de mi estado. Cuelgan y vuelve a llamar al perro—. Negu, estás aquí. Ven perrito. Todo va a ir bien. Ven. Es muy tarde. Vente conmigo a casa. Vamos. Mañana limpiaremos —Negu lo mira, con ojitos tristes cuando mi tío levanta la cubierta de la cama y se agacha para mirar debajo. Al reconocerlo sale y, poco a poco, conforme mi tío le va hablando, el perro se va calmando y vuelve a coger seguridad. En su camino hacia la puerta no se detiene en ninguno de los charquitos ni manchas de sangre que se va encontrando por el salón y el pasillo. Aborrece ya aquel olor metálico, que se le ha metido dentro durante todo este rato desde que nos fuimos de casa. “Al menos ahora contigo ya no tengo miedo”, la compañía de mi tío como líder le devuelve a su felicidad canina y abandona alegremente su casa para no volver hasta veinticuatro días después, una vez me hayan dado el alta del hospital por primera vez en mi vida.  

Negu. Playa de San Juan (Alicante), 2014

Un comentario sobre “Aquella noche rojo valentino

  1. Comentaría tantas cosas pero no puedo. Ese día aprendí lo que era el miedo. Te lo he dicho antes y es verdad, eres la persona que más miedo me ha hecho pasar.

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