Primera persona del singular

A la mierda, ya no puedo más. Tengo demasiado acumulado. Me gustaría empezar mi novela de una manera más poética. Prosa poética es lo que me gustaría tener. Sin embargo, lo único de lo que gozo es de unas ganas tremendas de contaros mi historia, la story de detrás de la chica de las Street Stories.

Son las seis y diez de la tarde de un día nueve de enero, jornada protagonizada por una tal Filomena, una borrasca que ha teñido la mitad del país de un blanco siberiano poco común en el país del Sol y la paella. Hace cincuenta y siete días que volví a nacer. Llevaba catorce años muriendo día a día.

La corona de Warrior Queen

Era un viernes trece de noviembre. Qué mejor día para que te abran en canal. Pasaban pocos minutos de las once de la mañana cuando sonó el teléfono. Tenían un hígado que parecía el indicado para mí. Había llegado el día T (el día para el trasplante de hígado que llevaba esperando desde julio oficialmente, desde hacía muchos años personal y extraoficialmente). Cuando cuelgas esa llamada es como si se te cerrasen las vías respiratorias. Te quedas sin aliento. No sabes si estás soñando o despierta. Si han pasado dos décimas de segundo o dos meses. Y, cuando vuelves en ti misma para pensar con claridad los siguientes pasos a realizar en casa antes de dirigirte al hospital, te empieza a invadir el miedo que con tanta insistencia has tratado de mantener a distancia hasta el momento. Pero el tiempo no se congela, como habría deseado en aquel instante para no tener que pasar por aquello, para no seguir lidiando con ese miedo. Después de la llamada no hubo lloros. Me los tragué. Quería dar una sensación de entereza frente a los demás, frente a los que se quedarían esperando al otro lado del quirófano. Aguanté hasta las 7:30 de la tarde, cuando en media hora ya me bajaban a quirófano. Entonces lloré agusto hasta que vino el celador para llevarme al quirófano. El resto de la historia, hasta el domingo por la tarde, no soy yo si no ellos, mi madre y mi pareja, los sufridores en silencio, quienes me lo han contado y yo haré lo propio con ustedes en los próximos capítulos.

Pero hoy quiero contar como me siento ahora. Me duelen las ‘cremalleras’ (lo que vienen a ser los puntos de la cicatriz de la apertura abdominal para la operación) y la espalda de esforzarme por andar recto, porque la cicatriz tira de mí hacia abajo y he de tirar yo más fuerte que ella para que no se me cicatrice el cuerpo encorvado. Me tiemblan las manos de la medicación anti rechazo del hígado, pero por dentro tengo una sensación de bienestar que ya ni recordaba. Cada día me siento un poco mejor que el anterior, por lo que la lucha física diaria se lleva mejor vestida con una sonrisa. Y, a pesar de la felicidad de haber alcanzado una meta que en muchos momentos pareció imposible de superar, me siento timada y triste porque me gustaría estar viviendo y celebrando estos momentos con mucha gente. Salir y decirle al mundo lo que he conseguido, lo que la ciencia me ha dado la posibilidad de experimentar. Contarles la maravilla de profesionales con los que he tenido la suerte de encontrarme en el Hospital Clínic de Barcelona. Que todos vean mi sonrisa. Y los kilitos que ya he recuperado. También los estragos que está causando en mi cara la cortisona. Me da igual. Son los efectos secundarios del milagro de seguir con vida, con una mejor vida. Pero estamos en pandemia mundial por Covid19. Me trasplantaron en mitad de la segunda ola y me estoy comiendo la recuperación yo sola, en mi burbuja de convivencia, mientras se cuece la tercera ola de contagios ahí afuera. Y me pregunto dónde está la recompensa a tanto esfuerzo, tanto miedo, y tanto dolor. Cuándo podré vivir una vida al completo… ¿Llegará, por fin, mi momento? Lo vivo con la misma paciencia y esperanza con la que he vivido mi enfermedad durante todos estos años, sigo esperando el día en que esto sea tan sólo un hecho más dentro de mi vida. Mientras llega ese día, iré escribiendo todas mis stories, que espero pronto vuelvan a ser Street Stories.

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