La octava heroína

En la tele todo eran noticias feas sobre la pandemia. Y las bonitas trataban de historias de superación de Covid19 por parte de ancianos, y contra natura. De vez en cuando, sobre todo en el apartado deportes del noticiario, se resaltaba alguna proeza de superación de un deportista contra el cáncer o de una persona que antes de padecer cáncer no había pensado en el deporte en su vida y, gracias a la práctica del deporte, parecía estar venciendo, entre otras metas, también la del cáncer. En el telediario también se conmemoraban los días mundiales de todos los tipos de cáncer. De mama, leucemia, de páncreas, de próstata…Todos luchadores y luchadoras. Ella se sentía menospreciada. Parecía como si todo su esfuerzo por aguantar hasta el Día T (el día del trasplante de su hígado), estuviese siendo ninguneado. Y eso la enojaba como si estuviesen despreciando su mejor cualidad. Se acostaba cada noche cual fantasma habitando un cuerpo que ya no reconocía como suyo. Pero su resiliencia pasaba desapercibida.

Tres días más tarde, la fuerza de la pandemia en su segunda ola era tan fuerte que el presidente del Gobierno salió anunciando un Estado de Alarma y un confinamiento general de la nación. “Ahí va, la hostia. Otra vez no puede salir nadie a la calle. Se les ha parado la vida a todos. Como a mí”, pensó mientras se le dibujaba una sonrisa. Era un pensamiento infantil, pero inevitable, pues bien sabía que mal de muchos es consuelo de tontos. Como inevitable fue la extraña sensación que la invadió en aquel mismo instante, escuchando las noticias que escupía el televisor mientras ponía la mesa, un lunes cualquiera de pandemia Covid19. Justo en aquel instante se sintió como la octava heroína de Voigh en The Boys. Pero, ¿cuál era su súper poder? ¿paralizar sociedades a su antojo? Como heroína se lo podía creer. No era el súper poder que de buenas a primeras una pudiera llegar a desear, pero podía tener su utilidad en un determinado momento. Sin embargo, como persona común, con un cuerpo enfermo y debilitado, ya era mala suerte que su súper poder, en lugar de curativo, sirviese únicamente de placebo mental a su mal enfrentada ansiedad, mientras el mundo se hacía añicos. A pesar de que muchos días cerraba los ojos para imaginar la vida más allá de lo que sucedía a través de su ventana, se maldijo por sus repudiables deseos de venganza hacia la humanidad sana, tales como: “Si no salgo yo, que no salga nadie. Todos enfermos. Justicia Divina”.

Mientras el resto de superhéroes del año se afanaba en salvaguardar al mundo. Estaban los que curaban, exhaustos de doblar turnos, a los cientos de enfermos que colapsaban los hospitales, los que seguían trabajando al pie del cañón en supermercados, huertos, ganaderías, mercados, comedores y asociaciones vecinales, para el abastecimiento de productos alimenticios y de primera necesidad, o los superhéroes cuyo poder era la capacidad de salir cada día, y cada noche, a limpiar la ciudad y recoger las basuras, ella, si era verdad que tenía un súper poder que acababa de descubrir o que quizá le había venido con su enfermedad como el regalito le viene incluido al Happy Meal, sólo podía usarlo para provocar el mal, el caos, la crisis económica, el crack de la sociedad. Lo suyo era algo más digno de brujas que de heroínas.

—Si de verdad crees que fuiste tú quien condenó a un país entero al aislamiento, podrás también devolvernos la libertad, ¿no? —le cuestionó su marido entre bocado y bocado, sin darle a aquella locura mayor importancia. Conocía de sobra la capacidad de su mujer para inventar historias y la imaginación que podía llegar a echarle a la vida, real o ficticia.

—Pues también es verdad. Si realmente tengo poderes mentales o lo que sea eso, no puede ser que sólo actúen para hacer el mal, ¿o sí? —contestó ella, que no estaba muy convencida de que su súper poder sirviese también para conseguir proezas.

—Ojalá que no. Sería muy feo estar durmiendo con la super heroína del mal —respondió él en tono paródico.

Aquella misma noche, ella se sentó en la posición del loto para tratar de meditar y, estando concentrada en su respiración, en cómo entraba el aire por la nariz hasta llenar todo su abdomen y cómo volvía a salir de su cuerpo, expulsado lentamente por su boca, se distrajo pensando en una sociedad que volviese a la vida. Pensó en terrazas llenas de amigos compartiendo tragos y risas, playas y chiringuitos donde la gente disfrutaba del baño y del picoteo, tiendas de barrio y centros comerciales llenos de gente, fiestas con decenas de personas, cenas de gala tras la entrega de premios y, repasando imágenes de bienaventuranza, se quedó dormida.

Al día siguiente volvió a pasar. Lo que proyectaba con su mente sucedía de nuevo. En Madrid las terrazas estaban a rebosar de gente comiendo, bebiendo, riendo, sin rastro de mascarillas. Las tiendas de la Gran Vía estaban con un aforo completo al cincuenta por ciento permitido. La gente paseaba por la ciudad, aprovechando el buen tiempo. Los chiringuitos de ciudades vacacionales como Málaga, Valencia o Alicante estaba con sus mesas separadas, pero al completo. La gente degustaba tapas en grupos de entre cuatro y diez personas, disfrutando de la brisa del mar, en ausencia de sus mascarillas. Muchos jóvenes hacían deporte en la playa, bajo el sol otoñal. Y los bañistas más atrevidos, hasta se pegaban un chapuzón. Sólo la policía patrullando y los camareros y cocineros hacían uso de las mascarillas obligatorias. También había fiestas, muchas fiestas en locales privados, villas y chalets. Gente bailando y bebiendo, relacionándose, sin distancias de seguridad, disfrutando del cuerpo a cuerpo, rozando sus pieles, compartiendo momentos. Y hasta una cena de gala en el Casino de Madrid, a la que acudieron distinguidas personalidades y ministros a compartir espacio cerrado, sin mascarilla, y con gente que no pertenecía a sus burbujas de convivencia.

—Mira, mira, mira. ¿Pero tú has visto esto? —increpó a su pareja nada más asomarse a la salita de estar— Anoche pensé bonito, precioso, libre, ¿Pero qué es esto? Desde luego, no es lo que yo deseé —reflexionó mientras escuchaba el informativo.

—¿Aún sigues creyendo que lo haces tú? —preguntó él, extrañado. Creyó que tan sólo había sido un delirio imaginativo de los suyos, pero estaba comprobando que ella seguía creyendo que su mente era la culpable de todo lo que ocurría relacionado con la pandemia.

—¿Que si me lo creo? Más que ayer —contestó ella, en pijama cuando ya era casi la hora de comer— Me dormí viendo playas y chiringos llenos, fiestas con gente pasándoselo bien, gente paseando y tomando cervezas en las terrazas. La vida de antes, vaya. Pero no ahora. ¡No ahora, joder! —maldecía indignada, retirándose los pelos despeinados de la cara— Que digo yo que pensar en cosas felices podría haber hecho que nos despertásemos y nunca hubiera existido la pandemia o, al menos, que ya estuviese quedando atrás. Por lo menos haber hecho que ya estuviésemos en descenso de esta segunda ola —concluyó perdiendo el aliento en su desahogo, quedándose vacía y desganada.

—Basta ya. Quizá si tuvieses súper poderes como tú crees habría pasado lo que querías que pasase, pero ya ves, seguimos en la misma mierda. Basta de delirios, ¿eh? —contestó él, pacientemente.

Ella calló. Con demasiado tiempo para pensar y reflexionar sobre todo, quizá estaba pensando por encima de sus posibilidades. Aún así, siguió repasando sus anteriores pensamientos hasta que, voilá, lo tuvo. Había deseado y visualizado que este año tan pandémico, tan terrorífico, tan prohibitivo, tan decadente, seguro que era el año que Haruki Murakami, el novelista que más paz le transmitía con las vivencias de muchos de sus personajes, ganaría el premio Nobel de Literatura. Ella lo había visto claro en su momento y, por el contrario, el jurado había creído más oportuno pasarse por ahí debajo su súper poder y había premiado a la poetisa Louise Glück. Y como este ejemplo encontró unos veinte más antes de llegar a la conclusión de que de heroína y súper poder nada, pero guerrera sí. Y con muchas cicatrices. Las de la vida, que nos ataca a todos.

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