La Casa Napoli-Vicinanza

Eran las seis y media y el doctor Napoli se dirigía a su casa después de otra jornada de trabajo. A pesar de que debía estar jubilado hacía ya varios años, su pasión era la medicina, y pasar consulta de doctor lo que más le llenaba del mundo, después de su familia. Se desplazaba en su elegante coche desde dos pueblos más al sur cuando, a dieciséis kilómetros de su casa, pasó por delante de la casa que le vio nacer setenta años atrás. Su madre dio a luz en la escalera de La Casa Vicinanza, construida en mil novecientos y que su padre compró junto al señor Vicinanza en mil novecientos treinta y seis. Entonces se llamaba Casa Napoli-Vicinanza y era una de las pocas grandes masías de campesinos del pueblo de Battipaglia, al sur de la ciudad de Nápoles. Casi toda su población eran campesinos y ganaderos, a excepción de un par de maestros, el boticario y el panadero. El señor Napoli era uno de los grandes productores de alcachofa de la zona. Un lugar donde sólo existía el campo y sus huertas de cultivo de diferentes verduras y frutas. Tuvo siete hijos, con trece años de diferencia entre la mayor y el menor de todos, que era el doctor Napoli. De aquella casa le quedaban los mejores y los peores recuerdos. Una infancia maravillosa, siempre jugando fuera de casa con su hermano y alguna de sus hermanas, hasta que su padre los ponía a ayudar en la huerta, sobre todo en las épocas de recogida de la verdura. Les ataba un cubo a la espalda, les daba guantes y tijeras y los mandaba a recoger una hilera entera del huerto. Trescientos metros de plantas, cientos de alcachofas recogidas y decenas de viajes a la zona donde se colocaba y ordenaba la recolección, en el granero situado en la parte trasera de la casa.

La enorme y amplia casa estaba dividida en dos viviendas, además del granero, y tenía una caseta anexa de ochenta metros cuadrados donde vivían cinco campesinos a cambio de su trabajo en la alcachofa. 

La Casa Napoli-Vicinanza

Un día el pequeño Napoli, jugando con una caja de cerillas, prendió fuego a parte de la casa anexa. No hubo grandes daños en la estructura ni le pasó nada a ninguno de sus moradores. Sólo pérdidas de objetos personales, una silla de madera y la parte de abajo de una cortina. Aquel día su padre lo cogió de la mano, lo llevó frente a la casa una vez apagado el incendio y le dijo “Ahora tú tienes seis años y yo que soy tu padre me encargaré de este asunto. Pero aprende que, cuando tu seas padre, te tocará hacer lo mismo por tus hijos”. Nunca jamás olvidó aquella lección. Y esperaba habérsela enseñado igualmente a sus hijos.

En la casa de los Napoli no había nada más que alcachofas y espacio, mucho espacio. Cuando llegaron los sacerdotes de la orden de los Stimmatini para asentarse y ofrecer sus servicios eclesiásticos y de evangelización a los campesinos del pueblo, el señor Napoli los acogió en una habitación en la que no dormía nadie. El doctor Napoli recordaba que en su casa siempre eran trece, catorce, quince personas a comer cuando lo único que había para comer era lo mismo que había para jugar fuera: alcachofas. Un domingo el pequeño Napoli se quedó sin cenar, mientras contemplaba a los Stimmatini repartirse y rebañar la ración que había en su plato. “Mamá, alcachofas no. Todos los días alcachofas. También el domingo” —rechistó—. Fue peor protestar que haberse comido el guiso de alcachofas en jugo de vegetales que su madre había preparado con las pieles de otras verduras que había cocinado a lo largo de la semana. Cuando el señor Napoli cayó enfermo, la situación económica de la familia fue empeorando al mismo tiempo que lo hacía su enfermedad. Aun así, los Napoli lo compartían todo. Cuando su padre conseguía tomates de algún otro campesino, había alcachofas con tomate. Si conseguía algún huevo, los dos niños varones comían alcachofas hervidas, con huevo frito. Si no alcachofas fritas, al horno, con pasta o con las legumbres que podía traer su madre del mercado, si encontraba alguna a un precio que pudiesen permitirse. La señora Napoli también hacía pizza de alcachofas. Si su padre fue el capo de las alcachofas del pueblo, su madre había inventado una carta entera de platos a base del dichoso alcaucil. Los siete hijos estudiaron. El señor Napoli hizo cuanto pudo hasta que murió para que todos pudieran cambiar la dureza de la labranza por la comodidad de una oficina. El pequeño Napoli pudo estudiar la enseñanza primaria en un seminario de Verona gracias a los contactos de los Stimmatini, que apreciaban y agradecían todo lo que el matrimonio había hecho por ellos a su llegada a Battipaglia. Los estudios universitarios los cursó en la ciudad de Nápoles. Y cuando su padre murió, dos de sus hermanas se hicieron cargo de las matriculaciones para que el pequeño Napoli no tuviera que abandonar la universidad. Para el resto de sus gastos, él se buscaba la vida dando clases a sus compañeros y otros estudiantes. Gracias al empeño de toda su gran familia, se convirtió en doctor y llegó a Senador de la República.

Embelesado aún en sus pensamientos, el doctor Napoli pensó en lo bonito que siempre había sido aquel atardecer. Naranja, ocre y violáceo hasta oscurecer aquel cielo, cuyo despejado skyline de campos de huerta y pasto de búfalas había ido sembrándose de edificios, plantas industriales y autopistas, al tiempo que él cosechaba arrugas y cicatrices de vida hasta llegar al día de su septuagésimo cumpleaños rodeado de sus tres hijos y su mujer, la gran familia que entre ambos habían creado.

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