El Quiz

Se despertó al final de la noche, cuando el cielo trataba de romper la oscuridad con la llegada de una nueva vuelta del Sol.

Soñó con su amigo. Que iba a su casa, como tantas veces antaño, e incluso ahora. Y en lugar de su piscina lo que él poseía dentro del chalet era un trocito de playa. Pequeñita, tipo la calita de Mal Pas de Benidorm, con un muro antiguo de piedra, muy alto, y unas escaleras, también de piedra, muy, muy antiguas, que separaban la dorada arena de la civilización. A pesar de ser una playita con poco más de cien metros, el mar allí siempre hacía olas. Olas del tamaño adecuado para que jugasen los niños. Era como si estuvieran planificadas, como si alguien desde arriba del muro las lanzase a su antojo desde una consola como hacen con las luces del escenario en los conciertos.

Cala Mal Pas (Benidorm). Fuente: Viajablog

Tuvo que acompañar a Andrés a repartir cuarenta chaquetas de una bebida de whisky de alta gama para que se las pusieran los directivos de la marca en un evento próximo. Las americanas eran tan chulas que a ella también le hubiera gustado tener la suya.

Para cuando regresaron al chalet estaban allí esperándoles su amiga Ana y su prima Virginia, con una amiga de la que no recordaba el nombre. No le importaba lo más mínimo. Estaba allí para batirse con ella, que llevaba veinte años trabajándose su amistad con Andrés, en el gran quiz de comprensión. Otra prueba no. Estaba agotada de realizar, casi a diario, pruebas para continuar su camino como creadora de contenidos para el imperio de CABO SAEZ BROS S.L Quien fuera capaz de comprender aquellos cuatro textos le quitaría el puesto y elegiría dónde la situaba a ella dentro de alguna de las cuatro empresas del conglomerado empresarial provincial. Los párrafos trataban de información financiera, lenguaje computacional, inteligencia turística en las estrategias de marketing en el segmento MICE y un capítulo del Ulises de James Joyce, que ni el más estudioso y osado crítico literario entiende. Así, aunque alguien se atreviera a dar respuesta al resto de preguntas, Andrés siempre tendría oportunidad de indicarle que falló en la prueba de Ulises. Con la lectura de aquel tercer capítulo no pudo ninguna de las tres. Se desquiciaron con la incomprensible vomitona de los delirios paranoicos literarios de Joyce en la descripción de una playa y decidieron levantarse, caminar hasta la playa de aquel chalet, que sí podían ver, describir y entender, y meterse en sus coches, de vuelta a sus rutinas. No todo el mundo era capaz de esforzarse al máximo para conseguir lo mínimo. Ellas creían que lo tenían todo sin esfuerzo. Mientras tanto, ella aguantaba pacientemente un sufrimiento que la transportaba hasta el éxtasis de la vida.

Continuaba con su trabajo, por la senda de sus menesteres, apareciendo de cuando en cuando en el chalet de su amigo Andrés y cada vez que se despedían ella lo vivía como si se tratase de la última vez. Del último abrazo, la última sonrisa, el último roce, el adiós definitivo.

Daba vueltas en la cama sudando, angustiada tras aquel temprano despertar. Esperando que todos aquellos sueños vividos entre caras amigas y lugares frecuentados, no estuviesen siendo una verdadera despedida.

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