Igor

Sucedió un día de este extraño verano Covid19. Sin trabajo y sin vacaciones. Sin abandonar la ya requeteabandonada Barcelona. El día anterior había pensado en hacer un arroz salvaje con cebolla tierna y pimientos y decidí bajar, pronto en la mañana del día siguiente, a comprar el arroz a Jaime J.Renobell, una tienda en el Born donde venden todo tipo de productos a granel. La regenta la tercera generación y comenzó como un puesto de frutos secos en el Mercado del Born al que, con el paso de los años, fueron introduciendo las especias, las frutas deshidratadas, las harinas, los granos, los productos ecológicos, exóticos y asiáticos hasta convertirla en el paraíso de los amantes de la cocina natural casera que es hoy. De paso compraría el azúcar moscabado. El arroz salvaje aún podría encontrarlo en algunas otras tiendas de productos a granel, pero el azúcar moreno de verdad, aunque los pueda encontrar incluso en supermercados, ninguno tiene la naturalidad y el sabor auténtico del que encuentras en Renobell. Yo, si no lo compro ahí, no consumo azúcar, prefiero la melaza de arroz como endulzante. Salí de casa a las nueve de la mañana. El calor apretaba y tenía media hora andando por la ciudad hasta llegar a mi meta. Por el Eixample, hasta llegar a la Gran Vía, sólo te cruzabas con algún que otro peatón cargado con su carrito de la compra y unos pocos coches. Aparte de las tiendas de alimentación, ningún otro tipo de comercio abierto. Tampoco los hoteles. Tan sólo vi abierta la horchatería Sirvent de la calle Balmes. Aproveché para pillar una horchata fresquita take away y continué con mi camino. Bajando, bajando. Buscando la sombra bajo el calor de la xafogor (se lee chafugó y significa bochorno) típica de esta ciudad. Una mezcla de humedad por la cercanía del mar y el aire ardiente que expulsan hacia la calle los aparatos extractores de aire acondicionado de tiendas, restaurantes y oficinas. Treinta y ocho minutos después de haber salido de casa estaba entrando por la puerta de mi particular templo de cosas ricas a granel. Me ceñí a comprar sólo aquello a por lo que había venido, no quería volver cargada andando y con el calor del mediodía. Sin embargo, tras haberme refrescado un poco con el fresquito de la tienda, decidí seguir bajando por el Paseo de Picasso hasta doblar a la izquierda en la Avenida Marqués de l’Argentera y seguí la avenida para llegar a la Vía Laietana. Subiría por allí, recto, en lugar de meterme otra vez a callejear por el Born, donde siempre me perdía. Una vez tomado el Paseo de Isabel II, justo a la altura de los Porxos d’en Xifré, una zona muy conocida gracias al clásico restaurante 7 Portes, me crucé con Igor. Concretamente con cuatro Igors y cuatro personas más. Todos muy parecidos entre ellos. Igor era, sin duda, el más joven y enclenque. Luego había otros tres hombres más, de mediana edad y también idénticos unos a otros y, por último, un señor, de unos setenta años. Éste no tenía clon y se deducía claramente que era el padre de todas aquellas criaturas. Ninguno de ellos llevaba la mascarilla puesta. Lo vi todo demasiado claro. Fue cuestión de diez segundos lo que estuvimos cruzándonos justo por debajo de los soportales. Fue suficiente para reconocerlo. Yo llevaba la mascarilla bajada hacia el mentón. Esperaba que no me hubiese reconocido. Pasaron de largo, pero, de repente, noté que alguien me cogía del brazo y me obligaba a caminar a marcha rápida en la dirección en la que estaba yendo. Miré hacia atrás, sólo una vez, era Igor, uno de ellos. Estaba asustada.

—Sigue hacia delante un poco más. Sólo párate cuando veas un banco para sentarnos—, me dijo. No notaba ningún pincho ni nada en mis lumbares. No llevaba ninguna navaja. Sólo me agarraba demasiado fuerte por la parte de arriba del brazo.

Hacía casi veinte años que Igor se había esfumado de nuestras vidas. No es que desapareciese. Simplemente dijo que dejaba el instituto y que se iba a trabajar a un taller, a arreglar motos. Estábamos en tercero de BUP. Después de esto, nadie más volvió a saber de él. Ninguno de nosotros se cruzó con él en ningún garito, ni de compras, ni paseando por la calle. Ni siquiera en ningún taller.

El primer lugar para sentarnos que encontramos fue la Plaza de Antonio López. Nos sentamos en los escalones del monumento del centro de la plaza. El cemento ardía bajo nuestros culos. Entre el susto, el paso rápido al que habíamos caminado los últimos quince minutos y el sol justiciero de agosto a las once y pico de la mañana, yo estaba a punto de desmayarme.

—Un día, mi padre me pegó tal paliza que me fui de casa y no volví hasta pasados cinco años. Trabajaba por el día en los talleres que me llamaban y por las noches pasando coca y chocolate —me soltó. Yo no sabía que decirle. No le había pedido explicaciones. No me importó mucho en aquel momento y no me importaba nada ahora mismo. Sólo pensaba en que necesita agua si no quería caer rendida allí mismo—. Cuando volví a casa, había tres chicos iguales a mí. Mi padre nos había clonado a base de probetas y experimentos en su laboratorio de la universidad. Por si volvía a desaparecer. También había dos tíos idénticos a mi hermano. Por lo visto sólo necesitó el ADN de nuestros pelos y del de nuestra madre antes de que falleciera, células madre de otros chicos y una gran variedad de pruebas de fórmulas químicas. Luego, por un módico precio, encontró diferentes chicas inmigrantes o turistas a las que convenció para que le prestasen su cuerpo hasta dar a luz a sus cachorros probeta —paró de hablar. Se levantó y se encendió un cigarrillo. Yo no daba crédito a lo que escuchaba. Pensaba que serían paranoias tropicales causadas por el calor. No lo habría creído si no lo hubiera visto con mis propios ojos. Pensaba que habría sido un espejismo, pero no, aquello era tan real como la sed que sentía en aquel momento.

—¡Qué dices, Igor! —alcancé a contestar—. Por favor, vamos a sentarnos en la terracita si quieres que sigamos hablando.

Se giró para mirar hacia la terraza que le acababa de proponer y echó a andar. Cuando apenas se había alejado unos dos metros, yo reaccioné, respiré, me levanté y eché a correr Vía Laietana hacia arriba. Crucé en un momento que no pasaban coches y me metí, sin dejar de correr, por la primera calle que encontré a la izquierda. Continué callejeando, siempre hacia arriba y ala izquierda, durante diez minutos. No miré hacia atrás en ningún momento. No sé sabía si Igor me seguía o si me había seguido en algún momento. Encontré un barecito, pequeño y oscuro, y me metí. Me desperté en la camilla de una ambulancia. Había sufrido una lipotimia y me llevaban al hospital para hidratarme y chequearme. ¿Fue Igor fruto de la lipotimia o la lipotimia, realmente, fruto de Igor?

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