Sin compras no hay paraíso

Tengo unas ganas tremendas de nadar, pero aquí dentro de la tienda no se puede. Solo comprar, solo objetos, solo dinero. Únicamente se permite pensar y realizar acciones en torno a estas tres cosas. Los pilares del capitalismo que nos ha quitado la libertad de elegir qué, cuándo y cuánto. Por eso hoy ando atrapada aquí durante 6h para comprar cualquier mierda en la que se posen mis ojos, pero ahora que es verano yo quiero ir al mar y nadar, en lugar de perder mi tiempo de shopping.

Un año y siete meses de pandemia y confinamientos. Los más de 100.000 muertos arrastraron consigo a ministros, consejeros y presidente en un tsunami político y revolucionario. El virus, fabricado en laboratorio como obra de mecenazgo de un gran magnate de la tecnología, infectó a casi todos los ministros y sus consejeros. Murió una tercera parte del equipo de Gobierno. Los que quedaron fueron incapaces de levantar un nuevo gobierno. Como muchos otros ciudadanos, echaron la persiana y cerraron la empresa. Ni siquiera hubo elecciones. Se rindieron ante el parlamento e instaron a los diputados a elegir ellos mismos el nuevo Gobierno. En capitales, provincias y grandes pueblos de todo el país se dieron disturbios ininterrumpidos que enfrentaron a ciudadanos y fuerzas del orden en auténticas batallas campales. Los libros de Historia cuentan que hubo alrededor de tres mil quinientos muertos en las luchas por la recuperación del voto civil. Las televisiones se fundieron a negro y en lugar de tertulias políticas se emitían programas y dibujos infantiles a todas horas y en todos los canales.

Y a raíz de todos estos hechos, me encuentro recorriendo los pasillos de un área comercial, en lugar de poder ir a nadar al mar haciendo un día soleado y bochornoso como el de hoy. Dentro de la tienda se anula tu capacidad de decisión. No sabes si algo te gusta, te encanta o te es indiferente. Ahora, en los comercios, donde pones los ojos haces la compra. Luego cuando llegas a casa de vuelta muchas veces te encuentras con ropa, objetos, herramientas, bisutería o, qué se yo, calzado tan feo, hortera e inútil que jamás lo usas. Por ejemplo, mi prima hace unos meses adquirió unos “pies de gato” cuando jamás ha ido a escalar, ni sabe cómo hacerlo. Pero es así como cumples tu cuota de gasto semanal. Esta cuota varía según sea tu salario de elevado entre el 25 y el 45 por ciento de tu sueldo semanal. Se cobra por semanas para que haya un mayor control estatal del equilibro entre lo que producimos, sea cual sea nuestro trabajo, y lo que gastamos en las tiendas. El resto de cosas sí que las eliges tú. El precio del alquiler o la hipoteca de tu vivienda, lo que pagas por los suministros de luz, agua, gas y teléfono, tus compras en el supermercado y tu gasto en ocio y restauración. Pero lo que te gastas en bienes en las áreas comerciales y qué bienes comprarás es siempre una sorpresa. Tienes que acudir a la tienda o centro comercial que te indiquen y comprar lo que te dicten tus ojos. Eso lo controla el Gobierno desde el Ministerio de PIB, Gastos e Ingresos. El ministerio de Sanidad nos vacunó a todos tres años y medio después de que la pandemia arrasara con medio mundo y nos insertaron un chís a través de un pinchacito en la parte alta de la nuca. El chís es lo que antes del virus se llamaba chip y se trata de una microscópica pieza que nos inyectaron en una neurona a través del flujo sanguíneo para dirigir y medir nuestras órdenes e impulsos cuando estamos de compras. Así salvaron a la nación de la miseria, cada día más extendida, en la que nos metimos con los cierres temporales de comercios y todo tipo de actividades para salvar a la población durante los tres confinamientos vividos cuando era una niña.

Recuerdo que yo tenía seis años y me decían que un bichito muy, muy pequeñito se estaba metiendo dentro del cuerpo de mucha gente y estaba matando a demasiadas personas. Yo me imaginaba al bicho comiéndose todas las tripas y órganos de los enfermos. Por esta razón no podía ir al parque ni al cole, tampoco estar con mis abuelos y solamente contaba con la compañía de mi madre y mi hermano mayor. Estaba aterrorizada con la idea de que el virus se instalase en mi delgadito cuerpo para roerlo por dentro hasta la muerte. Al principio no entendía porqué había que llevar siempre la mascarilla. Mamá decía que era para protegernos, pero yo no entendía como por jugar y hablar con otras personas podíamos enfermar si no llevábamos las mascarillas puestas. Y poco a poco lo fui normalizando hasta llegar al punto en que ya ni me acercaba a mis amigas y mis compañeros de clase. Siempre estábamos lo suficientemente separados como para no poder jugar, ni cuchichear, ni reír. Ni en clase, ni en el patio, ni en el parque. Todos aprendimos a jugar completamente solos o con nuestros hermanos. Desarrollamos enormes, completos y complejos mundos interiores. Crecimos envueltos en la creatividad de nuestro propio entretenimiento. Nos denominaron la Generación C. Ce de Covid-19, de confinamiento de creatividad, de control. Sin embargo, yo nos habría bautizado como la Generación S. Ese de salud, de sacrificio, de sinsentido, de soledad.

Los confinamientos fueron muy difíciles para los niños. Ver siempre las dos mismas caras. Nos levantábamos. Mi madre nos pedía que nos hiciéramos la cama y a veces la obedecíamos. Desayunábamos mientras mi madre ya estaba sentada frente al ordenador teletrabajando y empezaban las peleas con mi hermano por la tablet de mi mamá para asistir a las teleclases. Como él era mayor, la mayoría de veces ganaba y se la llevaba a su habitación. A mí sólo me quedaba el consuelo de bailar las músicas de las introducciones de los dibujos animados, en lugar de intentar escuchar a mi “seño”, cuya conexión a internet se caía una media de ocho veces cada vez que se ponía en videoconferencia. A esa edad y durante el primer confinamiento con aquello me bastaba.

Al cumplir los dieciséis años me incorporé al mercado del trabajo y la producción. Pocos eran los que seguían estudiando. El Gobierno no tenía dinero para becas de estudio y poder pagar las tasas universitarias eran cosa de burguesía y millonarios. Todos los políticos animaban al consumo. Declaraban día tras día y en todos los medios de comunicación que “sin consumo no habría recuperación económica” y que todo estaba en nuestros manos para volver a levantarnos como país. Pero con la economía hecha añicos tras la crisis sanitaria medio país se estaba muriendo de hambre. Era imposible consumir nada más que comida, luz, teléfono, agua, gas y gastos de alquiler o hipoteca. Así que el país estaba atrapado en una espiral de retroceso e involución en todos los aspectos económicos y políticos. Hasta que llegó la Ley de cuota de consumo obligatorio y proporcional. El principal objetivo de esta ley es producir y cotizar primero, para consumirlo todo después. Por primera vez en la Historia todos los políticos del Parlamento votaron a favor de la aplicación inmediata de la ley. Se anunció y promocionó esta medida con una campaña televisiva en la que se veía tiendas repletas de gente sonriente y un país verde, luminoso y lleno de rótulos de coloridos comercios, que cerraba el anuncio con una hermosa chica cargando con cinco bolsas de compras de diferentes tiendas diciendo a cámara “Sin tiendas no hay Paraíso”. Seguida de una voz en off masculina “Un país en crecimiento”. Esta ley comenzaba a dominarte a partir de los dieciséis años, cuando ya tenías capacidad productiva y de gasto. En ese momento empezaban a dirigirte en las tiendas mediante el chís previamente implantado por vacuna. Ahora ya tengo veinte años, estamos en 2034 y voy a las tiendas que me indican a comprar todo aquello que me entre por los ojos, o que digan desde el ministerio que me compre.

Hoy estoy en un concesionario. Me estoy comprando un vehículo que tardaré cinco años en pagar. Aunque estoy dentro de la tienda, yo puedo seguir pensando con clarividencia. Creo que mi chís no funciona bien del todo. Los héroes y amigos de los que me rodeé durante mi solitaria infancia debieron crearme un escudo neuronal y ningún chís ha podido atravesar para abstraerme del todo cuando me encuentro de tiendas. Pero lo normal es que la gente, a través del hilo musical que suena en las tiendas y que controlan las autoridades, reciba unos ultra sonidos que se propagan a través de la música y que son los que dirigen sus compras. Cuando entras en una tienda no eres capaz de sentir nada. Te anulan la capacidad receptora de inputs y sólo puedes comprar sin importar si te gustan las cosas que compras. Pero yo cuando entro a una tienda, aunque no puedo decidir si me gusta esto o aquello, eso sí me lo controlan desde el chís, sí que siento que yo quiero hacer otras cosas en las tiendas, decidir si quiero estar allí dentro el tiempo indicado o si, por el contrario, en alguna ocasión lo veo como una pérdida del tiempo ocioso del que dispongo. Cuando estoy en una tienda soy capaz de pensar que preferiría estar leyendo en el banco de un parque, dándome un baño en el mar o haciendo repostería en mi casa. Soy capaz de razonar cualquier cosa, sin embargo, no puedo elegir si me gusta esto o aquello o si algo es demasiado caro en una tienda comparada con otra. Cuando estoy de shopping no puedo decidir ni sentirme atraída por nada. Fijarme en si algo me gusta por encima de todo lo demás. La gente no es consciente de esto, pero para mí es de lo más frustrante. Cuando vuelvo a mi casa cargada con las bolsas o con lo que sea que haya adquirido y vuelvo a tener todos mis sentidos a mi entera disposición, maldigo haber nacido en la primera parte de los dos mil, que comenzó con una gran crisis económica, continuó con una enorme crisis sanitaria, ahora se encuentra en recesión y, aunque lo próximo que venga sea bonanza económica, lo veo tan lejano que puede que antes me busque mi propia salida. 

Sin compras no hay paraíso. Una street story a propósito de la pandemia

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