Salud!

No era la Griso, ni el Escolar, ni Almudena Ariza, sólo era una periodista de calle cualquiera viviendo sola en la capital, lejos de su núcleo familiar y de amistades. Antes de la pandemia iba en metro hasta la redacción de los servicios informativos del canal de televisión para el que trabajaba y desde allí marchaba junto a un cámara en un coche de la televisión a cubrir la noticia que le hubiera sido asignada. Pero desde que todo aquello empezó se desplazaba sola a los puntos calientes de la actualidad informativa, donde se encontraba con el cámara, que le traía el micro y la petaca recién desinfectados y precintados con papel plástico.

A las nueve de la mañana cogía el autobús en una de las paradas colindantes a la estación de Atocha. Una Atocha que la mareaba nada más pisar su suelo. La mega estación que en multitud de ocasiones odió por la cantidad de gente que congregaba cada día del año y a cualquier hora. Gente, gente por todas partes. Todos corriendo de un lado para otro. Bullicio. Ruido de información y salidas de trenes a través de la distorsionada megafonía. Tener tus pertenencias siempre bien vigiladas. Cola en las taquillas, cola en cafeterías y tiendas, cola en los controles. Gente, colas, más gente. Y ahora la imagen que se encontraba cada mañana era fantasmal. Si se cruzaba con alguien al atravesar la estación, lo saludaba levantando tímidamente su mano enguantada. Deseaba encontrarse a alguien. Una mirada que la hiciera no sentirse tan desamparada, engullida por aquel silencio que inundaba ahora la estación. Verse en los ojos de otro trabajador o trabajadora, de los que ahora llamaban héroes.

Salió de la estación. La sensación que le provocaba aquella solitaria Atocha le quitaba la respiración y le encogía el estómago. Entonces empezaba a notar los síntomas del coronavirus. No podía evitarlo, sabía que sólo era su hipocondría, pero llevaba tantos días ya trabajando en los focos de infección de la ciudad que imaginaba que antes o después, y con mayor o menor gravedad, le tocaría pasarlo. Subió por el Paseo del Prado en dirección al Ministerio de Sanidad. La rueda de prensa estaba convocada a las once de la mañana. Poco a poco fue recuperando la respiración. Llegó a la puerta del ministerio y su compañero cámara ya estaba allí, con los guantes y la mascarilla puestos. Lo saludó con un movimiento de cabeza. “Otro héroe de un solo día”, pensó. Charlaron un rato con sus mascarillas puestas. Saludaron a otros colegas y se puso a recopilar información a través de su mail y sus fuentes. Quince minutos antes del comienzo los dejaron pasar a dentro. Las primeras ruedas de prensa de actualización de datos de infectados, fallecidos y curados, salía con las lágrimas a punto de desbordarse y disimulaba. Las contenía hasta llegar a casa porque creía que el resto de colegas de profesión también lo hacían. Sin embargo, veintiséis días después de la proclamación del Estado de Alarma trece mil ocho era sólo un número. La cifra de muertes lanzada por el ministro ya no le provocaba emociones de ningún tipo.

A las dos era la primera conexión en directo con el informativo. En toda la mañana sólo se quitaba la mascarilla para narrar la entradilla de la noticia frente a la cámara, el resto de la locución de la pieza lo grababa previamente con el micrófono de su teléfono y lo enviaba al compañero de realización por mail, que lo recibía junto a las imágenes para montar la noticia. Después de la conexión recogían el material y se metían en el coche. Su compañero en el lado del conductor y ella detrás en el lado derecho, siempre manteniendo la distancia social. Dentro del coche comían y descansaban un rato.

El destino de la tarde era una residencia de la tercera edad a las afueras de la ciudad. Por supuesto, no dejaban entrar a los periodistas. Era la tercera vez que acudía a cubrir una información a una residencia de mayores y en ninguna había habido transparencia informativa. La noticia era que ya sólo quedaban treinta ancianos de los poco más de cien que vivían en aquella institución y que los cuidadores y trabajadores de la residencia se negaban a ir a trabajar si no se desinfectaba profesionalmente toda la villa o si no se trasladaban todos, internos y cuidadores, a otro lugar. A las cinco y media entrevistó a la portavoz de los trabajadores para el programa especial informativo que estaban sacando cada tarde de cinco a ocho. Y por último grabó otra entradilla y otra locución para la pieza que saldría en el informativo de la noche.

Al terminar la jornada su compañero la acercaba hasta casa o alrededores, dependiendo de dónde vinieran. Entraba en casa y dejaba toda su ropa y zapatos en la puerta del estudio, donde había colocado la cesta de la ropa sucia. Seguidamente se tiraba directa a la ducha y cuando salía del baño se dejaba caer en el sofá, sintiéndose por fin a salvo del coronavirus y de la ansiedad que le provocaba estar todo el día en la calle al pie de la noticia. Empezó a escuchar los aplausos de las ocho y abrió la ventana para unirse al agradecimiento colectivo. Muy poca gente le había dado las gracias a ella por su trabajo, ni siquiera los altos directivos de su cadena. Sin embargo, sí que había recibido algún insulto desde algunos balcones al verla entrar y salir de casa o caminar dirigiéndose hacia alguna parada de bus. “Qué les den a todos”, era su último pensamiento antes de abandonar el aplauso sanitario. Se iba a la nevera y sacaba una cervecita de lata, la abría y se la brindaba a la vida del periodista precario. “Salud!”, musitaba justo antes del primer sorbo de birra para finiquitar el día.

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