London, Bartzelona, Oiartzun

Era la tercera vez que se encontraban en la vida. Cuatro años atrás, ella había dejado su carrera en el gabinete jurídico, donde su padre era socio fundador, para irse a vivir tranquilamente, y con muchos menos ingresos económicos, a la casa rural Axen situada en el corazón del parque natural Aiako-harria. Ahora era manager, recepcionista y casera de un acogedor baserri en Oiartzun, cuyo principal atractivo, más allá de la belleza del entorno montañoso, era la granja de patos y los productos caseros de pato y de oca que la dueña del caserío se esforzaba en cuidar y confeccionar. Olga tenía ya casi setenta años y por eso había precisado de una ayudante como Ainhoa para llevar las tareas más pesadas y aburridas del alojamiento. Olga ya sólo se dedicaba a sus aves acuáticas y a ordenarle a ella las tareas de la casa, explicándole el funcionamiento de todo como si de su primer día de trabajo se tratase. Pero Ainhoa ya vivía allí desde hacía tres años. Ocupaba la habitación individual que se encontraba en la planta baja de la casa, cuya puerta daba a la cocina, donde también estaba instalada su oficina para la gestión del alquiler del baserri.

Mientras limpiaba y preparaba la habitación de matrimonio para los nuevos visitantes que la acompañarían este fin de semana, Ainhoa recordaba cómo Mendiko y ella se habían conocido veinticinco años atrás en Londres. Ella era de Bilbao y había ido a pasar una semana a la capital británica a visitar a su hermano. Mendiko era oriundo de Mondragón. Era el primo de uno de los chicos con los que compartía casa su hermano y vivía en un mini apartamento con su novia, ambos en busca de un trabajo cualificado mientras aprendían a desenvolverse en lengua inglesa en sus trabajos basura. Fue amor a primera vista. Mendiko se apuntó a todos los planes que el hermano de Ainhoa y el resto de colegas hicieron aquella semana a lo largo y ancho de la ciudad. Lo cierto es que en aquella ocasión ni siquiera hablaron mucho, pues Ainhoa era demasiado joven y demasiado tímida para hablar con un chico mayor que ella, amigo de su hermano y del que se sentía profundamente atraída. Sin embargo, antes de volverse a Bilbo se intercambiaron las direcciones, postales y electrónicas.

Mantuvieron una relación epistolar durante un año. Después cada uno a lo suyo, pero nunca perdieron del todo el contacto, felicitándose por año nuevo, cumpleaños y tonterías así. Tres años después volvieron a coincidir en casa de su hermano. Esta vez la ciudad de fondo era Barcelona. Ambos estaban de visita. Ella a su hermano y él a su primo. Y hubo beso y abrazos y risas y sexo. Lo que no hubo fue falsas promesas. Para qué. Ellos se entendían así desde el principio. En el silencio. En la distancia. En la coincidencia. En lo inesperado.

Este último encuentro también había sido así. Ainhoa le había escrito por su cumpleaños y se intercambiaron cuatro o cinco mensajes de whatsapp, poniéndose al día de sus vidas. Ella le envió la página web del baserri para que él se hiciese a la idea de cómo era su vida actual y dos días después, un viernes a las ocho de la noche, él llamaba a la puerta de la casa. Era noviembre y caía el xirimiri.

—Hola —pronunció en voz baja Mendiko al abrirse la puerta y verla a ella, despeinada, desmaquillada y con unas más que incipientes patas de gallo en el contorno de los ojos y en la frente.

—Ostras, Mendiko! ¿En serio? ¿Qué haces aquí? —contestó Ainhoa, atónita, antes de agarrarle la mano izquierda para tirar de él hacia dentro de la casa.

Mendiko entró. Ella cerró la puerta y se abrazaron. No se dijeron nada. Tras el largo abrazo se besaron en la boca, lenta y húmedamente.

Conversaron como dos amigos de toda la vida mientras ella calentaba unos garbanzos con jamón de pato que había cocinado a mediodía. Cenaron en el salón, tirados en el suelo al calor de la chimenea. Sólo se oía el eco de sus palabras vacías. Conversación racional que trataba de esconder lo que sus cuerpos mostraban cada vez más pronunciadamente. Sentir la erección de Mendiko bajo sus pantalones al deshacerle el moño y acariciarle el pelo con las manos, le puso el bello de gallina en los brazos. Se acercó para besarle otra vez y él se fue recostando hacia atrás, hasta caer tumbado, con ella encima. Hicieron el amor frente a la chimenea dos veces antes de quedarse dormidos.

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Se despertó sintiendo el frío del suelo. Por encima estaba tapada por una manta gorda. No sabía ni qué hora era, así que se esforzó para levantar su entumecido cuerpo del suelo de madera. Ni rastro de Mendiko. Tan sólo unas horas de su presencia habían sido suficientes para perturbarle su tranquila existencia hasta tal punto que ahora creía que le faltaba el aire para respirar. Se envolvió en la manta y abrió las dos ventanas del salón. Asomó su cabeza por el marco de la ventana azul hacia el corazón de la noche. Su coche ya no estaba. Sólo frío y oscuridad. “Cuá, cuá” escuchó a un pato. Respiró profundamente un par de veces, con los ojos cerrados, visualizando todo lo vivido unas horas atrás, como si ya hubiese ocurrido hacía una eternidad. Con él siempre era así. Alimentarse del recuerdo. Quizá ese había sido su secreto para no perder la química a lo largo de los veinticinco años que hacía que se conocían. Cerró las ventanas y trató de no pensarlo más. En unas horas  llegarían nuevos inquilinos al baserri y debía ponerse a hacer las camas, preparar la casa y cocinar. Encontró su móvil en la cocina. Lo desbloqueó para mirar la hora y encontró un whatsapp de Mendiko :

*”Berriz ikusiko gara horrela idatzita badago”

 

*Nos volveremos a ver si así está escrito

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