Bailando bajo la nieve

Bajó la ventanilla nada más entrar en la autovía y una bocanada repentina de aire se coló sin pedir permiso en el coche, repeinándole el cabello largo y moreno hacia atrás. Afuera hacía mucho frío, sin embargo, ella sólo sentía la sangre hirviéndole en las venas de la emoción. Asomó la mitad de su cabeza por la ventanilla y gritó “Adiós, Quebec. Adiooos”.

Su primer destino juntos: Montreal. Era noviembre y tenían la primera borrasca invernal encima. Pero qué más daba. Iban a poder estar veinticuatro horas juntos durante los próximos seis días. Qué ganas tenía. Lo había conocido unos meses atrás. Probablemente en el peor momento de su vida. Cuando, encerrada en su oscuridad, no encontraba ni la luz de la rendija de la puerta de salida. A su lado sentía que podía ver de nuevo a color, que volvía a percibir el brillo en los detalles.

Trabajaba de camarera en una sala de conciertos y él iba a verla siempre que podía, independientemente del concierto que se celebrase, desde que sus ojos se cruzaron por primera vez. Desde entonces salía siempre borracho de hacer visitas a la barra para observarla unos minutos. Así estuvo varios meses hasta que, finalmente, un conocido que tenían en común los presentó. Ella era reticente. No le gustaba el rollo de ir por ahí tirándose a los clientes. Además, llevaba un tiempo atrapada en sus tinieblas y sólo quería quedar con amigos cercanos y familia. Él la descubrió en brazos de sus monstruos y, sin pensárselo mucho, se puso a luchar contra ellos hasta que ella se agarró a él para combatirlos.

Condujo su Opel Cabrio hasta Trois Riviere. Durante las dos horas de camino, ella iba pinchando música desde el asiento del copiloto. Cambiando de cd cuando se acababa y cantando de carrerilla todos los temas que se sabía. Se desviaron de la autovía para salir a comer y repostar en la rivera y se encontraron con un pueblo fantasma. Llovía agua-nieve y no había nadie por la calle a quien preguntar dónde comer un buen plato típico de la región. Entraron en el primer restaurante que no era de comida rápida que encontraron abierto. Un lugar sobrio, de pretendida elegancia, pero sin personalidad. Dentro hacía calor, cosa que agradecieron pues en la calle ya no quedaban grados positivos y la temperatura seguía bajando. Pidieron ensalada cesar de primero y platos con frijoles, jamón y patatas de segundo. Necesitaban algo muy calórico para continuar hasta su destino a través de aquella ola invernal que les estaba cayendo encima. Terminaron de comer. De postre creps de chocolate. Cuando salieron nevaba a rabiar. Copos como canicas, con sus estrellas de nieve brillantes dentro como si fuesen de purpurina. Ahora, todo era blanco y gris en el pueblo.

—¡Qué barbaridad! —exclamó ella, con los ojos y la boca abiertos como platos.

—Buah, es precioso. Ven —le animó él.

—Espera, que me pongo el gorro —dijo ella rebuscando en su bolso.

Fue tras él, que estaba dando vueltas sobre sí mismo en el centro de una pequeña plaza, que había justo frente al restaurante en el que acababan de almorzar. Lo abrazó y bailaron bajo la nieve. Sin música. Rotando sobre sí mismos. Helados y sintiendo el calor de la respiración del otro en el cuello. Ella tenía la piel de gallina y a él se le estaba poniendo dura de la excitación al notar el aliento caliente de ella en la nuca, y sus labios rozándole el cuello.

La agarró de la mano y tiró de ella camino de vuelta al coche.

—¿Ya nos vamos? —preguntó incrédula por la manera repentina en que él había cambiado su comportamiento de un segundo a otro.

—No preguntes —le contestó él, imaginando ya cómo le iba a hacer el amor en el coche.

Cuando entraron en el coche hacía muchísimo frío, así que ella fue a abrazarle para entrar en calor y se percató de su erección. Echó mano de su polla, mientras él arrancaba el coche y ponía en marcha los limpia parabrisas para sacar de la luna frontal aquella capa de espesor blanco.

—No arranques, quiero más postre —le dijo ella, que empezaba a estar muy excitada, mirando hacia el miembro erecto del chico.

—Espera, que buscamos algún sitio más íntimo —le sonrió él.

Diez minutos más tarde estaban aparcados en la esquina de un polígono industrial, follando como locos bajo la copiosa nevada. Sonaba el artista jamaicano Protoje en el reproductor de cds. El volumen estaba muy bajito y se escuchaban sus jadeos y susurros. Se recorrieron los cuerpos con sus lenguas, tumbados en el estrecho asiento trasero y cuando él fue a penetrarla pasaron al asiento del copiloto y, sentados uno frente al otro, se abandonaron a al calor que el placer sexual les regalaba en aquel gélido coche. Cuando volvieron en sí tras el éxtasis final y se percataron de la que estaba cayendo fuera y de que estaban completamente desnudos con una temperatura de menos siete grados al otro lado de las ventanillas, según informaba el iPhone en aquel momento, no pudieron aguantarse la risa. Por los cristales del coche no se veía nada. Estaban completamente empañados. Se vistieron lo más rápido que pudieron, buscando sus prendas por todos los huecos del salpicadero y los asientos.

—Ahora no nos podemos ir… —dijo él, sacándose una china del bolsillo para hacerse un porro.

—¿Los cristales no se pueden desempañar?

—Sí, pero con la que está cayendo y sin cadenas, yo prefiero fumarme un porro tranquilamente y esperar a que pare.

—¿Y si no para?

—Pues…yo qué sé…Ya veremos. Buscamos un albergue o algo por el pueblo para pasar la noche.

—Que nieve, truene o venga un tsunami, pero que sigamos disfrutando la noche…—dijo ella, mientras se retorcía para pasar a sentarse frente a él en el asiento del piloto.

—Así no, loca, que me chafas mogollón —le dijo él, riéndose y con el brazo saliendo por la ventanilla, sujetando el porro que se acababa de encender con los dedos.

—¿Nos pasamos atrás?

Se sentaron juntos en los asientos traseros del coche, acurrucados mientras se fumaban el porrito de después. Dejaron la ventanilla del piloto con dos dedos de apertura por donde entraba auténtico helor canadiense. Luego se quedaron dormidos y cuando despertaron el coche estaba completamente enterrado en la nieve. También había entrado un palmo de nieve por la pequeña apertura que dejaron en la ventanilla. Tuvieron que empujar los dos a la vez la puerta del copiloto, valiéndose de la fuerza de brazos y piernas, para poder abrirla y salir. Rieron a carcajadas, pero una vez estuvieron a salvo, ella empezó a soltar lagrimones en reacción al miedo sufrido mientras intentaban salir del coche.

—Tranquila, por fin estamos lejos, como querías ¿qué miedo tienes? —le dijo él, agarrándola fuerte del brazo.

—Ahora no sé si quiero estar aquí, quizá deberíamos volver.

—Jaja. ¿Volver? ¿Ahora? Con lo bien que lo estamos pasando, ¿no? Jaja —rió él pícaramente— Vamos a buscar un sitio calentito.

Cogieron sus abrigos y comenzaron a andar, hundiéndose en la esponjosa alfombra de la nieve recién caída que tapaba el suelo. Se instalaron en el primer motel que encontraron, a poco más de quinientos metros de donde habían dejado el coche. Pillaron sándwiches, algunos snacks y botellines de agua para pasar la noche de las máquinas expendedoras. Esperarían al día siguiente o hasta que las condiciones meteorológicas mejorasen para continuar su ruta.  Volvieron a hacer el amor. Se corrieron a la vez y ella cayó dormida a los cinco minutos.

 

cielo2Se despertó pasadas las diez de la mañana. Le costó unos segundos percatarse de que no estaba en su casa. No había nadie a su lado en la cama. Ni en toda la habitación ¿Dónde estaba? ¿Por qué estaba allí sola? ¿Cómo había llegado? ¿Estaba en Quebec? ¿Seguía en Canadá? Abrió la cortina. El cielo tenía un color blanco sucio. A punto de nieve, pero todavía no había llegado la primera nevada del año. De momento sólo lloviznaba. El silencio de la habitación se le caía encima. Por más que lo intentaba no recordaba nada. Su último recuerdo era en casa, con su amigo Don y un amigo de éste. Bebían y fumaban. Llamó a Don. Saltó el contestador. Se metió en la ducha. Se quedó ahí, llorando durante quince minutos, intentando recordar algo. Salió de la ducha y se secó, volviéndose a poner la misma ropa y dejándose el pelo empapado bajo el gorro. Cogió el móvil y el abrigo y bajó a la recepción.

—Hola, soy de la habitación 220.

—Dígame, señorita, ¿en qué puedo ayudarle?

—Necesito saber con quién llegué anoche al motel. No recuerdo nada. Estoy sola. No sé ni cómo vine.

—Pues yo anoche no trabajé y mi compañera no me ha comentado nada especial de ningún huésped. Permítame que abra su ficha, así podremos ver si existe alguna anotación y con qué número de tarjeta se pagó la habitación.

—Sí, sí, sí —empezó a llorar de nuevo, temblorosa y aterrorizada.

—La habitación está a nombre de Caroline Bergeroi. ¿Es ese su nombre? —ella asintió—. Y el número de tarjeta es 4533 9813 6703 4957.

—Sí, es mi tarjeta —contestó con un hilo de voz, que pudo sacar de entre sus sollozos.

—Tranquilícese, vamos a pedir ayuda —le dijo el recepcionista mientras la acompañaba a sentarse en una silla del hall. Llamó al 911.

Diez minutos más tarde, los técnicos de la ambulancia la recogían y le administraban dos comprimidos de diazepam, mientras ella no paraba de repetir que quería irse a casa, que la llevasen a casa.

—La llevamos al hospital. Queremos que le hagan unas pruebas antes de que pueda volver a su casa. Y debería decirnos qué tomó anoche y si consumió alguna droga.

—No, que yo recuerde. Llamen a Don, él tiene que saber por qué estoy aquí. Bebimos unas copas en mi casa y fumamos unos porros de marihuana. No quiero que me pinchen. No…—decía sollozando. Ahora los ojos le pesaban y notaba la lengua hinchada como un trapo dentro de su boca.

—Necesitamos que nos desbloquee su teléfono móvil.

Lo desbloqueó casi sin mirar y se lo pasó al enfermero. El enfermero revisó las llamadas recientes y apuntó el teléfono de Don y el de su madre. Con ella ya prácticamente dormida en la camilla, el técnico de la ambulancia llamó a Don desde su teléfono de guardia. Saltó el contestador.

Una vez llegaron al hospital, ella comenzó a hacer preguntas. Pero nadie se las contestaba. La ignoraban. Sentía que había perdido la cordura y no entendía nada de lo que le estaba pasando. Lo primero que pensaron los médicos al ver a la joven con tal vacío de memoria fue en un brote psicótico debido al consumo de estupefacientes. Le sacaron sangre para corroborar esta hipótesis y la dejaron descansar. Más tarde, cuando obtuvieron los resultados confirmaron que su sangre, además del THC y el CBD propio de la marihuana, estaba intoxicada con psilocibina, lo que indicaba que había consumido setas alucinógenas.

—¿Recuerda usted haber consumido alguna droga alucinógena? —le preguntó el doctor.

—No, no, no, que va. Sólo alcohol y porros, pero llevo fumando porros muchos años y jamás he tenido lagunas.

—Dígame, por favor, todo lo que consumió aquella noche, desde que sus amigos llegaron a su casa. Es importante que sepamos si pudo haber sido intoxicada voluntariamente y, en este caso, deberemos hacerle también un examen ginecológico por si pudo haber sido violada.

Pánico. No recordaba ni siquiera haber tenido relaciones sexuales. Sentía como una bola de ping pong en su garganta, que no la dejaba ni respirar. Estaba entrando en un ataque de ansiedad.

—Bebimos primero unas birras, acompañadas de unas olivas y unos Doritos y después comimos un pastel de carne con champiñones que el colega de mi amigo Don había cocinado.

—Pues ya lo tenemos. En su sangre hemos encontrado restos de hongos alucinógenos, que probablemente su amigo echó en aquel pastel de carne. Usted ha sido víctima de una intoxicación, causante de un grado elevado de alucinaciones que pudo, incluso, haberle provocado un brote psicótico que también deberemos tratar.

—¿Alucinaciones? Pero si no me acuerdo de nada.

—Casi mejor. Quizá vaya recordando algo o tenga algunos flashes de lo que pasó en los próximos días. Entonces, probablemente, recordará una historia, que usted creyó real, pero que no era más que fruto de esas alucinaciones momentáneas. Puede que recuerde a gente que en realidad no estuvo, sensaciones que experimentó o cómo llegó al motel. Pero ahora descanse. Pronto procederemos a los estudios ginecológicos para determinar si existen restos visibles de agresiones sexuales, sólo en este caso podrá denunciar, aunque probablemente estas relaciones fuesen consentidas durante algún momento de euforia sensorial —finalizó el doctor.

No podía parar de llorar, incrédula e impotente ante todo lo que el médico le contaba.

—No se preocupe. Ya no está sola. Y le proporcionaremos todos lo que necesite para que esté tranquila. Su madre ya está en camino. Y su amigo Don no contesta. Si consigue ponerse en contacto con él averigüe si tuvo algo que ver con aquel pastel o si fue igualmente intoxicado en contra de su voluntad.

Pasó dos noches en el hospital de Trois Riviere. Salió al tercer día y volvió a Quebec. Estuvo de baja laboral dos meses, tomando ansiolíticos para poder dormir. Y cuando el médico le empezó a rebajar la dosis de fármacos se incorporó a su puesto de trabajo en la sala de conciertos.

Una noche, aquel chico que le gustaba y que la visitaba en la barra desde hacía mucho tiempo, apareció acompañado del amigo de Don. De repente, ella empezó a tener flashes de aquella noche. Entró en pánico. Paralizada al verlos juntos. ¿Qué relación tenían aquellos dos? ¿Se hizo uno pasar por el otro para jugar con ella la noche de la intoxicación? ¿Estuvieron abusando de ella los dos, utilizando las alucinaciones y paranoias provocadas por las setas? ¿Había sido su amigo Don cómplice de toda aquella pesadilla? Fundido a negro. Resonó un gran golpe en el suelo de madera detrás de la barra. Se desmayó.

Cuando volvió a abrir los ojos estaba en el hospital. Su madre a su lado. Quiso llamarla. Su voz no reaccionaba a las órdenes enviadas por su cerebro. Nunca más volvió a hablar. Nunca más volvió a confiar en la gente. Su mecanismo de defensa fue poner como barrera con el mundo exterior la comunicación. Desde entonces, tan sólo se comunicaría con su madre mediante monosílabos. Sí o No.

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