Negu

—¿Jugamos? —le demandaba el perrito atención a su amigo jovialmente.

—Ahora no, que tengo que recoger la cocina y después al curro. Pasa a tu sitio, que tengo prisa.

—Vale. Te esperaré. Dormiré. Jugaré en la terraza. Y con un poco de suerte alguien vendrá conmigo a pasear a mediodía. Te espero a la noche. Que tengas un buen día —se despidió el perro color canela de su amo y amigo.

—Gracias pequeño, igualmente —le contestó el humano, girando la cabeza mientras fregaba los platos, para verlo desaparecer por la puerta de la cocina. Todavía llevaba el rabo hacia arriba de la emoción que le daba siempre que se disponía a jugar con él. En realidad, se emocionaba con todos. Era así. Feliz. Y contagiaba aquella felicidad a quien estaba a su alrededor. Incluso a los que sólo pasaban por su lado. Era muy apreciado por toda su familia, también en la escalera de vecinos y en el parque cerca de su casa al que solían salir a pasear y jugar, al igual que en otros parques de otras ciudades. Porque aquel perro tenía una vida muy intensa. Había vivido en tres ciudades diferentes. Y en todas conservaba muchos amigos perrunos y también humanos. Era un can muy apuesto. Surfero. Disfrutaba tanto con el mar y las olas que a veces su mejor amigo tenía que enfadarse con él para hacerlo salir del agua. Entonces corría empapado hasta situarse justo bajo su humano. Y ras, ras, ras, ras, se sacudía toda el agua esperando que su amo le diese unas pequeñas palmaditas en la cabeza, que indicaban que ya tenía que parar y que debían emprender el camino hacia el coche. A todos complacía, pero le gustaba ser libre. Y sólo seguía las instrucciones de su jefe.

IMG_1773

—Hola —saludó el humano al entrar en casa después del trabajo.

Acarició con su mano la suave cabecita del perro, que se movía a su lado agitando la cola. No cabía en sí de gozo, tal era su felicidad cada vez que su amigo regresaba a casa. Los ojos castaños del perro brillaban a rabiar. No había otra cosa en su mundo perruno que lo pusiera más contento que pasar tiempo junto a su amo.

—¿Cómo fue tu jornada? —le preguntó el can, calmando su ansiosa alegría.

—Dura. Estoy reventado.

—¿Vas a la ducha y luego jugamos?

—Voy a la ducha, ceno y luego ya veremos.

—Ah, entiendo. Bueno, ya salí esta tarde con tu mujer.

—No te pongas así. Jajaja. Anda, tira y siéntate en tu sitio.

El can se encaminó delante del humano hacia su alfombra favorita. La última que le habían comprado. Grande, un poco más blandita que el suelo y a cuadros. Como a él le gustaban. Efectivamente, él no era el dueño de nada ni de nadie. Pero era el rey de la casa, quien, con su personalidad perruna, su carácter y su saber estar, había conquistado los corazones de su familia humana. De pequeño comió y destrozó bastantes cosas que no debía, pero antes de cumplir el año ya había aprendido con qué podía jugar y qué era lo que no debía ni tocar. Una vez aprendió esto, todo eran fiestas, caricias y premios para él. Menos cuando tenía que quedarse solo en casa. No aguantaba aquella silenciosa soledad, así que ladraba, pataleaba y gemía, hasta que, rendido y sin fuerzas, se quedaba dormido. Estos disgustos le costaron algunos castigos que odiaba. Pero también así acabó aprendiendo a no dramatizar con las salidas de los humanos, pues ellos le querían y no lo estaban abandonando, si no que siempre volvían. Definitivamente, le gustaban los humanos. Que siempre volvían a por él. Y lo llenaban de alegría y de mimos. Al perro le flipaban los reencuentros, aunque los humanos tan sólo hubiesen salido de casa por una hora, o menos.

Nada más dar cuenta del último bocado del plato de su cena, el humano sintió el hocico del perro posarse en su ante pierna.

—¿Jugamos? —le preguntó el perro, levantando las cejas intermitentemente—. O ¿me puedo subir encima de ti?

—No, no, de eso nada amigo. Eres treinta y cinco kilos de perro y sabes perfectamente que tu sitio es el suelo. Anda, vámonos a la calle un rato. ¿Quieres? Me vendrá bien un paseíto y un cigarrito tranquilo.

El humano se levantó para dirigirse hacia la puerta y el perro, velozmente, lo adelantó por el pasillo, dando pequeños saltos de alegría, pus por fin podía disfrutar de la compañía de su colega.

—Guau, guau, guau!

—¡Qué fácil es hacerte feliz, amigo! —le sonrió al excitado perro—. Ojalá fuese así con las personas —murmuró para sí mismo.

Le abrochó el collar y la correa y salieron juntos de casa. Al mismo paso. Sin hablar. Observando las calles, ya dormidas. Se parecían. Siempre se dice que los perros acaban pareciéndose a sus amos. Y, en efecto, ellos no eran una excepción. Ambos eran carismáticos por naturaleza. Disfrutaban de las buenas conversaciones. Cuidaban de sus seres queridos y tenían ojos de mirada profunda y sincera, a través de los cuales podías descubrir todas sus intenciones.

Llegaron al parque, prácticamente vacío y oscuro a esas horas. Reinaba la quietud y el humano eligió sentarse en el respaldo de un banco para empezar a liarse un cigarrillo. Justo cuando iba a encenderlo volvió el perro y de un gran salto subió al banco para colocarse a su lado.

—Te veo muy callado, amigo —le dijo el perro—. ¿Jugamos?

—Es que estoy hasta los huevos, colega. A veces me entran ganas de venderlo todo, pillarme una furgo y marcharnos juntos a la playa.

—¿A dónde?

—Qué se yo…primero la costa mediterránea, luego la cantábrica, seguiríamos por la costa azul…

—¿Por qué no lo haces?

—Porque no se puede.

—¿Seguro? —el perro se levantó para mirar a su dueño cara a cara.

—Claro. ¿Verdad que tu vuelves siempre que yo te llamo? Aunque no te apetezca salir del parque para volver a encerrarte en casa…porque en realidad sabes que te queremos, te cuidamos, de damos cariño y todo lo que necesitas —el perro le tendió la pata a modo de asentimiento—. Pues lo mismo hago yo cuando me llaman. A pesar de que haya cosas en casa, y en el curro, y en la familia que no me gustan, en el fondo sé que me hace más bien que mal continuar con ellas. Así que trato de respirar profundamente, reflexionar todos los pros y los contras de cada situación o problema y al final siempre me compensa más permanecer que escapar. Supongo que a ti también te pasa. Anda, ve a por la pelota —dijo lanzándole una vieja y mordida pelota de tenis, que había traído escondida en un bolsillo lateral para sorprender a su amigo.

El brillante perro color canela levantó primero las orejas para afinar el lugar exacto donde había podido caer la pelota y en cuanto lo captó se dirigió velozmente hacia allí, abandonando el banco donde se sentaba su mejor amigo de un salto digno de un perro cazador como era él. Su amigo también se levantó y jugaron juntos durante quince minutos hasta que el perro, ya cansado, se tiró en la tierra del parque frente a su oponente.

—Venga, que ya no puedes más y a mí no me apetece liarme otro cigarrillo. Volvamos a casa —dijo el humano, agarrando la correa al cuello de su perro.

—Sí, volvamos. Pero eh, tío, no te comas la cabeza. Todo lo que se estropea se puede volver a arreglar con un poco de empeño. Y, si no, siempre nos entenderemos entre nosotros —le animó su fiel amigo, dándole un par de ‘colazos’ cómplices a la altura de la rodilla.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s