The Clown man

No era fiesta, ni le había tocado la lotería. Tampoco había conseguido un contrato de trabajo, ni devolverle a su padre la capacidad de andar con las piernas. Roger sólo había salido a celebrar la vida. Había nacido feliz y agradecido. Y eso era lo único que nadie le había podido quitar nunca. Todo lo demás ya se lo habían arrebatado. Su madre, sus abuelos, la felicidad de su padre, la casa que había adquirido a base de mucho trabajo y esfuerzo, la oportunidad de ir a la universidad…Todo. En su mundo ya sólo estaban él y su alegría de vivir.

Vivía en una casa okupa desde los diecisiete años, compartiendo habitación con su padre, parapléjico de cintura para abajo al caer de un tercer piso limpiando las cristaleras de unas oficinas para una empresa que aún le debía dinero y cuyo material de trabajo estaba tan obsoleto y desgastado que tuvo que ocurrir una tragedia para que le cayese una inspección y terminase cerrando. Demasiado tarde para el padre de Roger, Paco, quien seguía en este mundo gracias al carácter optimista y dicharachero de su hijo, que era de los que veían el vaso medio lleno y siempre le sacaba una sonrisa. Tras el accidente laboral, con una mísera indemnización por parte de la empresa y una reducida pensión por invalidez profesional, su liquidez cayó en picado y tuvo que dejar de pagar la hipoteca. A los quince meses de impago, el banco se quedó su casa. Al menos consiguió un condono de la deuda por incapacidad. Sin embargo, Roger no pensaba que su padre tuviese mala suerte. “¡Si lo tenía a él a su lado!”, le recordaba sonriente cuando a su padre le entraba la ‘bajona’. Y las otras seis personas que convivían con ellos en la casa okupa también se habían convertido en parte de su familia. En realidad, el padre de Roger nunca estaba solo ni le faltaba de nada. Además, la habitación de una de las compañeras tenía unas altas estanterías, casi desde el suelo hasta el techo, repletas de todo tipo de libros, desde novela hasta ensayos, pasando por poesía, teatro y muchos grandes clásicos.

Tener esta biblioteca a mano sí que es una suerte, ¿no crees, viejo? —le decía Roger a Paco siempre que entraban juntos en aquella habitación para escoger un nuevo libro que leer.

Por las mañanas bien temprano Roger se encargaba junto otro de sus compañeros, que además era cocinero, de la siembra, recogida y arreglos del huerto de la casa comunitaria. Y un par de días a la semana guisaban juntos para todos y en abundancia, de manera que sobrase y pudiesen repetir al día siguiente. Por las tardes, bajaba desde el monte donde estaba situada la casa a la ciudad. Y en los semáforos y cruces que más le gustaban se ponía a hacer malabares con pelotas y bolos. Ataviado con su sombrero, sin el cual ya no salía de casa, y su nariz de payaso. Le encantaba observar las reacciones que provocaba en su efímero público. Había conocido a cientos de personas en aquellos cruces. Aquello era para él la libertad: hacer algo ilegal y hacerlo sonriéndoles a todos. Raro era el día que a Roger no le pasaba algo. Desde atropellos y arrestos hasta entrevistas para medios de comunicación, historias de amor o contrataciones para espectáculos en fiestas privadas o festas majores.

—¡Hola! Soy amigo de las personas. Y de los animales. Por las mañanas horticultor. Y por

2500545094_3c5dd2c26e_o
Una pieza de Mimi The Clown

las tardes el showman del semáforo. Un espectáculo para todos los públicos: el señor del Mercedes Clase A, que no me oye porque tiene las ventanillas subidas y probablemente el aire acondicionado a toda caña, a diecisiete grados, soltando por su abrillantado tubo de escape el CO2 suficiente para fabricarle una boina al Camp Nou; y la señora con el Seat León y los tres críos. También para la joven del Micra y el chico de la Yamaha. Para el señor taxista y su cliente. Pasen y vean. Es gratis ­—argumentaba siempre al comienzo de su espectáculo clown de dos minutos y medio de duración. Y no dejaba de extrañarle ver a algunas personas haciendo fotos al cartel de “Pasen y vean. Es gratis” que, a modo de reclamo, Roger colocaba en medio de la calzada—. Y si creen que lo más valioso de mi espectáculo es que sea gratuito. Es que no han entendido nada. Porque recuerden: lo básico y lo mejor de esta vida es siempre gratis. El resto son necesidades que el buen marketing nos hace creer que tenemos, ¿no creen? ¡Hasta la próxima! —se despedía de su público, recogiendo el cartel de la calzada y corriendo hacia la acera.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s