La Kelly

FullSizeRender (2)Las 20:13 horas y ese graffiti que la atormentaba cada tarde, cada día al salir del curro. Por las mañanas se lo ahorraba porque bajaban por la derecha y miraba hacia la otra acera. Pero cuando el cansancio se convertía en dolor e insoportables pinchazos en la ciática, se cruzaba siempre con aquella pieza de arte urbano en cuyo gesto se veía totalmente reconocida a esas horas. Los ojos inyectados en sufrimientos y las manos que se echaba a la cabeza de tanta preocupación como la invadía.

Conchi Romero Cuéllar era camarera de piso, una de esas ‘kellys’ a las que la sociedad privilegiada comenzó a denominar despectivamente ‘la que limpia’, término que acabó acortándose en ‘la que li’ y finalmente los medios de comunicación convirtieron dicho término en palabra al uso común, denominándolas ‘las kellys’, al abandono del derecho a poseer un nombre y un apellido tras la figura de limpiadora de hoteles y hogares. Y lo peor era que ahora ‘Las kellys’ era el nombre que utilizaba la única asociación que luchaba por sus derechos y por mejorar sus condiciones de trabajo. “¿Cómo iban a respetar los demás la profesión de una trabajadora que se denominaba a sí misma con el término más despectivo hacia su labor?”, pensó Conchi en su casa el día que el presidente del Gobierno recibió a una comitiva de esta asociación. Y Conchi estaba en lo cierto, es como si el Colegio de Médicos se llamase ‘Colegio de Matasanos’ o si la Asociación Española de Banca se hubiese puesto el nombre de ‘Asociación Española de Vendepeines’. Por supuesto que Conchi quería mejorar sus condiciones de trabajo y de vida, pero luchando de verdad, con huelgas y paros indefinidos como los trabajadores de Amazón o los mineros de León. La Historia había demostrado que sólo ejerciendo presión y pérdidas económicas en casa del patrón se conseguían mejoras reales y adquisición de derechos laborales. Todo lo demás le parecían pantomimas de cara a la galería para satisfacer el circo mediáticos.

La expresión de aquella mujer pintada en la pared. Dolor y preocupación. Estaban a día 13 y no sabía cómo iba a hacer la compra par la semana siguiente. Tras el pago del alquiler, el agua, la luz, el gas, el internet y los móviles, la cuota mensual de la escuela de fútbol del niño y del bono de transporte y la compra de las dos semanas anteriores, tan sólo le quedaban once euros en la cuenta corriente. El niño ya comía todos los días en casa de su madre, pero ella a veces tenía que ir a por pasta, arroz, tomate y huevos para hacerse el tupper del almuerzo a la parroquia del barrio o, si allí andaban escasos de provisiones, acercarse a la sede de Cáritas que tenía a dos paradas de metro. Dos trabajos de mierda y pobre. De 07h a 15h seis días a la semana era camarera de piso y de 16h a 20h cinco días era etiquetadora en una fábrica. No llegaba a los mil euros, pero ya no le quedaban más fuerzas para limpiar más habitaciones en el mismo tiempo. Su cuerpo estaba agotado y roto, lleno de contracturas y lesiones musculares en manos, muñecas, tobillos y espalda. En el bus y en el metro prefería ir de pie que tener que sentarse y levantarse con aquel dolor lumbar que sentía al hacer aquel simple movimiento. El niño tenía catorce años y ella contaba los días que le quedaban para cumplir los dieciocho y poder ponerlo a trabajar. De esta manera ella podría dejarse uno de aquellos dos curros que le habían robado la vida. Cuando era un poco más joven y se estresaba por limpiar cada día más habitaciones, el niño no gastaba tanto y no le hacía falta el trabajo de etiquetadora. Algunas tardes salía con amigas y tenía citas de vez en cuando. No era una vida ideal, pero su juventud todavía la aguantaba, esperanzada siempre de que las cosas irían a mejor. Y no. No lo fueron. Pasó lo peor de la crisis y nada. Creció el niño y los gastos domésticos y Conchi se vio soprepasada de gastos y al borde del desahucio, por lo que una vecina pudo meterla con ella a etiquetar en una fábrica. Hacía ya tres años de esto y Conchi, que todavía no había cumplido los cuarenta, había dejado de vivir. Sobrevivía y se levantaba cada día por pura inercia, sintiéndose la peor de las madres por desear que su hijo cumpliese ya la mayoría de edad para poder descargarla de trabajo y ayudarla a recuperar las fuerzas que había ido perdiendo en los últimos años. Algún día le contaría al niño que esa de la pared era ella.

 

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