Salir a ‘novelear’

Viajaba hasta Gran Canaria en su primer destino de un viaje que duraría siete meses y la pasearía por dieciséis países diferentes. Se había comprado un bloc de notas en el que, con un boli y a la antigua usanza, iría anotando lugares, personas, personajes, conversaciones, sensaciones, olores, sentimientos… Todo lo que viviera durante ese tiempo y, sobre todo, aquello que pudiera serle útil para hacerle recordar cualquier momento, cuando llegase la hora de plasmarlo en su proyecto final. Rocío se sonreía mientras caminaba hacia la puerta de embarque, pensando en aquella aventura que por fin empezaba.

A su regreso quería escribir una novela negra. Lo que había sido su sueño durante mucho tiempo, era por fin su meta. Tenía una excedencia de su plaza de profesora de periodismo interactivo en la universidad y había llegado el momento de ponerse en marcha para alcanzar su objetivo.

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Parque de San Telmo (Gran Canaria)

—Último aviso para el vuelo 1349 con destino Las Palmas de Gran Canaria —sonó por la megafonía del aeropuerto.

Ella estaba ya en las nubes y no se había dado cuenta que había pasado demasiado tiempo entreteniéndose en las tiendas del aeropuerto. Tenía que acelerar el paso si no quería empezar con mal pie aquel viaje.

—Buenos días —saludó a sus compañeras de fila al llegar a su sitio.

Ellas le contestaron con un simple murmullo. Rocío tomó asiento y media hora más tarde del despegue decidió que ya era hora de comenzar con el trabajo de campo. A partir de ahora hablaría con toda persona con la que tuviese oportunidad de hacerlo. Y tener a su lado durante la próxima hora y media de viaje a dos locales nacidas en la isla era, sin duda, su primera ocasión para indagar y conocer los sitios menos turísticos y donde más isleños podría encontrar para seguir entablando conversaciones y empezar a dibujar los perfiles de personajes que luego le sirviesen para desarrollar su novela.

—Son ustedes de la isla, ¿verdad?

—Sí. Dehde que nacimoh —informó irónicamente la madre, con su acento canario y su “h” aspirada. La hija adolescente ni siquiera despegó su cara de la ventanilla.

—Es que es la primera vez que visito la isla. Y tampoco conozco a nadie allí. ¿Le importaría recomendarme un par de rincones donde comer bien o disfrutar de unas buenas vistas?

—Doh son mu pocoh. Lah ihlah ehtán llenah de lugares maravillosoh —le brillaron los ojos a la señora al pensar en los rincones bonitos y recomendables de Gran Canaria.

—Me hospedaré en Telde, así que dígame un par de los que conozca por allí y luego ya me iré informando de otros.

—Pueh…hoy vaya usté a almorzar al barrio de San Gregorio. En cualquiera de lah tahcah encontrará buen ambiente y mejor comida. Y para ehta tarde o mañana anteh de que salga el Sol dese un paseíto por el Bufadero de la Garita. Puede que dehpuéh ya no quiera volver a Barcelona —le advirtió la señora.

—Jajaja, qué ganas tengo…Muchas gracias por los consejos.

Tres horas después, a eso de la una y media de la tarde, recorriendo las calles de Telde, justo al lado de la Plaza de San Gregorio dio con Ca’Mario. Le pareció un buen lugar para saborear algún plato típico. Entró y tan sólo encontró una mesa ocupada por una familia de ingleses. Le dieron la bienvenida desde la barra el propio Mario y otro camarero más joven, de unos treinta años, pelo y piel oscura y unos ojos azules bonitos, pero apagados, tirando a grisáceo. Rocío tomó asiento en uno de los taburetes de la barra y pidió una caña, acompañada de unas trompetillas de langostinos. Disfrutaba de aquella cerveza espumosa y bien tirada por el propio Mario, mientras observaba al chico tras la barra.

—¿Qué otro plato o tapa me recomendarías tú? —lo increpó Rocío.

—La pluma ibérica.

—Pues ponme una de esas y luego ya veré —le contestó mientras Mario le tendía ya las trompetillas delante de sus narices.

—¿Eh su primera véh en la isla? —le preguntó Mario, de pelo acaracolado y más canoso ya que su color negro original—. Ehtá uhté en el mejor sitio para empezar la ruta —le sonrió Mario a Rocío. Sin embargo, ella se sentía más inquietada por la mirada del chico tímido de lánguida mirada. —Él es Israel, mi sobrino— le comentó al ver que no ella no dejaba de mirarlo. —Eh un pibe ‘malimpiado’, pero parece que está volviendo a encontrar su camino. ¿Podrías llevar a la señorita a ‘novelear’ un poco a la noche, ¿no? —dijo Mario, dirigiéndose a su sobrino.

A Rocío le hizo mucha gracia el término “novelear”. Por el contexto entendió que significaba dar una vuelta, pero era muy divertido que la llevase a ‘novelear’ cuando ella estaba allí precisamente para eso: ‘novelear’.

Israel pasó a buscarla a las ocho de la tarde por el hostal donde se alojaba. Normalmente mandaba a su tío al carajo cuando intentaba que ligase con chicas o que conociese a gente con quien divertirse. Hacía cuatro meses ya que estaba de vuelta en la isla, de la que salió con ocho años para instalarse en Bilbao con la hermana mayor de su madre, fallecida en el punto negro de la carretera de La Laguna a La Punta. Ahora tenía veintinueve y toda su vida en Euskadi. Desde que había llegado a la isla no había hecho más que surfear y servir mesas con Mario, marido de la hermana menor de su madre. No necesitaba forzar la situación al límite para encontrar a alguien con quien quedar. Él iba solo a todos lados. Y no le importaba. Pero al parecer eso se veía en aquella isla como algo anormal y empezaban a tratarlo como el vasco raro. A él se la sudaba todo, menos las olas. Había accedido a salir con Rocío porque ella era de fuera. Sería pasear con ella, hablar con alguien que no estuviese contaminado por aquel incesante rumor isleño, hacerse unas birras y quién sabe si terminar la noche follándosela en el hostal. La ‘neska’* no estaba mal. Se la veía que no era una jovenzuela ya y que le sobraban unos kilos, pero eso a él no le importaba en absoluto. Siempre le gustaron los pechos grandes, donde poder hundir su cara para respirarlos, besarlos y gozarlos y ninguna tía ‘de portada’ tenía las tetas grandes y así de acogedoras.

“Hola. Estoy abajo”, se encendió la pantalla del Smartphone de Rocío al recibir el mensaje de Israel.

“Ok, tardo 5 min”, le escribió Rocío en un whatsapp de vuelta.

Al verla salir del hostal, Israel se levantó del banco en el que se había quedado sentado esperando, mirando y jugueteando con el móvil, y fue a su encuentro.

—¿Qué tal? ¿Qué te apetece hacer? —rompió Israel el hielo, sin ningún tipo de entusiasmo.

—Vamos a ‘novelear’, ¿no?

—No sé ni qué es eso.

—Mmm…ya…o sea que tú no eres de aquí.

—Sí, pero mi madre murió cuando yo era niño y me enviaron a Bilbao, donde vivía mi tía. Regresé hace cuatro meses. Y sólo había venido a la isla de visita en tres o cuatro ocasiones durante todos estos años, así que todavía estoy descubriéndola.

—Y… ¿bien?

—Tiene su punto. Aquí también hay algunas playas y olitas guapas como en Euskadi.

—Pues llévame a alguna playa que tenga un bonito atardecer —le pidió Rocío, mientras se acomodaba en el asiento del copiloto de un desgastado y sucio Peugeot 206. Por fuera llevaba incrustada una capa de blanquecino polvo de circular por las carreteras secundarias. Y por dentro estaba todo lleno de arena. Los asientos, la arrugada alfombrilla de los pies, debajo de la alfombrilla de los pies, la guantera, el salpicadero…Todo.

—No. A una playa no. Mejor vamos al Puerto de Mogán. Los colores del atardecer son lindos allí también. Y luego podemos tomar algo —sentenció el improvisado guía.

Despidieron al Sol sentados en el espigón de hormigón frente a las terrazas y los amarres y cuando ya estaba completamente de noche, dieron un paseo por las callecitas alrededor del puerto antes de sentarse a beber una primera cerveza fría. Israel le contó que había sido surfista profesional hasta que hace poco más de un año tuvo un desamor tan grande que se le quitaron las ganas de todo repentinamente. De surfear, de comer, de ver el sol y de vivir. Siguió adelante como pudo, pero dejó la competición porque no soportaba verla si no podía estar de verdad con ella. Perdió la temporada pasada y también la de este año. Y cuando ya no pudo más y se le caían las paredes de su apartamento de Bilbao encima, decidió bajarse a las Canarias. No era Mundaka ni estaban sus amigos, pero al menos podía volver a surfear sin sentir aquel enorme y rabioso nudo en el estómago. Ahora se preparaba, física y mentalmente, para la próxima temporada.

—¿Podría verte surfear en algún momento? —preguntó Rocío.

—Mañana es mi día libre, así que a partir de las seis de la mañana estaré en El Confital. Si quieres te recojo a las cinco y media —dijo en tono seco e irónico.

—¡Coño! —se le escapó a Rocío—. Quizá puedo ir yo un poco más tarde, ¿no?

—Claro. Estaba de broma. Un taxi no te costará más de doce euros. —La sonrisa en su cara brilló por su ausencia casi toda la velada—.

—Vale. Vayámonos a descansar entonces —sentenció Rocío, que no veía que aquello diera mucho más de sí.

A la mañana siguiente no fue a verlo surfear. Al chico de ojos azul triste le sobraba autoestima si quería recuperar algo más que olas y trofeos en su vida. Pero ella no había venido para ponerlo a él en su sitio, así que estuvo visitando Las Palmas todo el día. Hablando con locales y turistas y anotando sitios para visitar durante su estancia en la isla. Pero lo cierto es que ni los lugares que estaba visitando, ni las personas con las que se iba encontrando, la intrigaban como lo hizo Israel la noche anterior. A pesar de su manera despectiva e introspectiva de hablar, le atraían su voz, sus pausas para pensar antes de hablar y su mirada perdida. Se notaba que se concentraba en él mismo. Y aunque esta manera de ser no le agradaba a ella personalmente, pues prefería a las personas abiertas y más transparentes, sí que le encajaban todos sus rasgos como perfil para alguno de los personajes de su thriller. Estaría en la isla cinco días más y debía absorber todos los conocimientos acerca de Israel que pudiesen servirle para perfilar al personaje que estaba buscando. O al menos a uno de los personajes de su novela.

Volvió a Ca’Mario por la noche para ver a Israel e intentar volver a quedar con él fuera del bar para salir a ‘novelear’ o a surfear. No le importaba, ella sólo quería pasar tiempo con él, fijarse y fotografiar todos los detalles con su mente, como hacía ahora mismo mientras lo veía trabajar en el bar. El resto de días en la isla se los pasó estudiándole. No le importaban los sitios que le quedaban por visitar. Rocío iba a donde estaba Israel. A veces porque quedaban directamente y otras veces hacía como que su encuentro con él era casualidad. Le vio surfear, nadar, servir mesas, limpiar el bar, hacer la compra, hacer el desayuno en un amplio y viejo apartamento de playa heredado, vestirse y desvestirse. Se acostaron juntos dos de las cuatro noches. No le gustaba Israel. Tampoco le disgustaba. Se acostó con él para observarlo desde todos los ángulos posibles. Él tampoco parecía que se estuviese pillando con ella, de manera que Rocío lo vivió como un mero trámite, un trueque de sexo a cambio de información sobre él mismo.

La última noche que pasó en Gran Canaria lo hizo describiendo y dando forma al primer personaje de su novela. Sólo le quedaba elegir si quería que fuese protagonista, o mejor secundario. Bueno o malo. La historia ya había comenzado y todavía quedaban tantos kilómetros por recorrer como palabras por escribir.

*neska = chica en euskera

2 comentarios sobre “Salir a ‘novelear’

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