Cuidado con el perro

El día era gris. Gris oscuro. Amenazante de lluvia, pero que normalmente allí en Alicante quedaba en eso, simple amenaza y un día menos de aquellos sesenta días feos que tenían al año. A pesar del frío y la humedad, aquella mañana también salió al parque con la cría de veinte meses que cuidaba a diario por nueve euros la hora. (Y menos mal que lo hizo, pues nunca se sabe cómo te puede llegar a cambiar la vida un día nublado cualquiera).

En esos días tristes casi nadie salía de aquellos adosados de urbanización acomodada de provincia. Ella siempre recorría el mismo camino, empujando el carrito de la nena hasta que llegaban al parque. Paseando por los insulsos chalets de Mutxamel, siempre le llamaba la atención aquella casa, con una puerta de alrededor de dos metros de alta, de verja de hierro pintada en verde botella, en cuyo ángulo superior derecho colgaba un vistoso cartel amarillo que rezaba: “¡Atención! Cuidado con el perro”. Sin embargo, nunca veía ningún perro en aquel jardín. Lo que sí vio alguna vez fue a grupos más o menos grandes de personas que celebraban reuniones o eventos de prensa, con gente cargando cámaras de televisión, micrófonos y grabadoras dentro de aquel jardín. “¿De qué institución o empresa se trataría?”, se preguntaba mientras pasaba por la acera de enfrente, delante de aquel misterioso chalet sin perro. Cruzó y se quedó observando la misteriosa casa, aquel día con las persianas bajadas, cuando de repente escuchó el motor de un coche, que paraba justo delante de la enorme puerta de hierro. Instintivamente, giró la cabeza y vio a un señor, unos quince años mayor que ella, que bajaba del coche y lo cerraba sin mirar, a golpe de mando automático y pitidito de turno.

—¿Desea algo, señorita?

—Eh, no, no. Es que buscaba al perro. Paseo todas las mañanas por aquí, pero nunca he visto al peligroso perro.

—Rey no era peligroso.

—¿Y el cartel?

—Bueno, la junta de vecinos de la urbanización obliga a ponerlo, por los niños más que nada. Me lo dio la presidenta, para que lo pusiéramos. Pero a Rey se lo llevó mi ex mujer, igual que a los niños. ¿Es suyo éste?

—Es una nena. Ainara. La cuido todas las mañanas hasta que su madre vuelve de trabajar a las dos y media. Y siempre hacemos el mismo camino hasta el parque a la entrada del pueblo.

—Pues señorita canguro, no está bien merodear y meter las narices en las casas y asuntos ajenos.

—Perdón, sólo tenía curiosidad. A veces he visto reuniones y movimiento allí dentro y mi imaginación de escritora me ha llevado a imaginar diferentes tesituras de lo que se podría estar cociendo ahí dentro. Desde un piso franco, hasta un laboratorio de fabricación de estupefacientes o una clínica ilegal de estética.

—¿Escritora?

—Sí. De momento sólo escribo relatos, pero siempre he tenido en mente dedicarme a la novela.

—Lo siento, tengo un poco de prisa. Esta no es mi casa. Ni tampoco un cuartel ilegal de nada— se disculpó, mientras le tendía su tarjeta de visita. —Le deseo suerte en su andadura como escritora —se despidió pensando que, si en realidad era buena y quería dedicarse a escribir, pronto volvería a tener noticias suyas.

Ella miró la tarjeta y leyó:

“Leandro Pérez

Director de Zenda

Autores, libros y compañía”

No podía ser verdad. ¿Un golpe de suerte a ella? ¿Se había cruzado con un director de editorial? ¿Qué era Zenda? No veía el momento de llegar a casa y ponerse a investigar. Y en el móvil no le quedaban datos para conectarse a internet sin wifi y averiguar algo más de aquel señor, aquella casa y el significado de Zenda.

cartelperroSe pasó toda la tarde buscando en Google información sobre la web literaria y todo lo que se encontraba sobre zendalibros.com. Cuando tuvo claro a lo que se enfrentaba preparó material para entregarle a la mañana siguiente cuando saliese a pasear con Ainara. Releyó y editó sus cinco mejores relatos y los encuadernó para entregárselos a Leandro y que pudiese tener una ágil lectura, encima de su escritorio, sin tener siquiera que dirigirse a su web. Pero al día siguiente el chalet estaba vacío. Y al otro. Y al otro…Y volvió a perder la esperanza de aquella oportunidad que había rozado con los dedos. A los diez días sin rastro de vida por el chalet, decidió pegar la pegatina con la que hacía propaganda de su blog justo al lado de la cabeza del perro del cartel “¡Atención! Cuidado con el perro”. Saltaba a la vista, pues la señal era amarilla y negra y contrastaba mucho con su pegatina azul y rosa. Estaba segura que cuando Leandro volviese por la casa, no podría no fijarse en ella. Lo que ya no sabía era si se metería en la web a leer sus historias. Sólo le quedaba confiar en su buen hacer y seguir su vida, escribiendo y disfrutando de la escritura.

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