A glimpse of happiness

“¿Por qué? ¿Por qué? ¡Joder, por qué!”, pensaba envuelta en un llanto tan desgarrador como las rampas que sufría en sus pies y en sus gemelos durante aquellos ataques de rabia y ansiedad. Había superado cuatro crisis mortales en doce años y con menos de treinta y cinco de vida a sus espaldas.

Lo suyo no era un cáncer, ni una meningitis, ni un VIH, ni nada conocido. Era una enfermedad rara. Crónica. Daba igual con quien hablase, la gente no sabía qué era, ni que existía. Sólo los equipos médicos que la trataban entendían sus síntomas o lo que ella podía estar sintiendo antes, durante o después de sufrir un episodio crítico en su salud. Tenía una cirrosis criptogénica, agravada con hipertensión portal. Una enfermedad en continuo estudio y cuyos efectos, ni a corto ni a largo plazo, podían determinarse al cien por cien. Los médicos sólo tenían la certeza de que su hígado iba a deteriorarse.

Llevaba un tratamiento a base de pastillas, tres por la mañana y cuatro por la noche, que le dejaban K.O., limitando su capacidad de resistencia y aguante. Las mañanas las llevaba bien, pero cuando llegaba la tarde era como si de repente alguien le diese al botón off de su vitalidad. Solo podía arrastrarse. Le dolía mucho la parte baja de la espalda. Los brazos, las piernas…hasta los párpados le pesaban toneladas y le picaban los ojos, pues al cansancio provocado por los fármacos, se le sumaba el insomnio causado por un trastorno de ansiedad.

glimpseA pesar de todo, trataba de hacer una vida normal. Distraerse, ver a amigos, buscar un trabajo, hacer la compra. Pero cuando estaba sola mil y un pensamientos se agolpaban en su cabeza y todos acababan haciéndole sentir la angustia de aquellos minutos de nervios y sumisión en el quirófano, tumbada y rodeada de cables y monitores, previos a la operación de trasplante de su hígado, ya muerto. Imaginaba que recibiría el de otra persona, muerta también. Toda una aventura gore, luchando contra el ‘demogorgon’ que la arrastraba hacia la victoria fácil de la muerte.  Entró en una etapa muy negra, en la que los fantasmas y los miedos la visitaban casi a diario por la noche, aprovechando la debilidad que ella presentaba en la oscuridad, para llenar su cuerpo y su alma de ansiedad y ahogo. “¡Basta! No quiero vivir más así. O me rindo o pido ayuda para seguir luchando”, se dijo un día. No estaba dispuesta a que sus propios pensamientos la atormentasen el resto de sus días. De la mano de una psicóloga, con la que se puso a tratar sus ansiedades y sus miedos, acabó creando su propia terapia personalizada: A glimpse of happiness* la llamaron. Un cuaderno donde empezó a anotar aquella palabra, aquella mirada, aquel detalle…aquello que a diario le provocaba una sonrisa o una sensación de bienestar. Aquel mini trocito de felicidad. Eso que le devolvía el brillo a su mirada. Eso era la vida.

Treinta y siete cuadernos sobre pequeñas cosas y detalles bonitos escritos a lo largo de un año para terminar dándose cuenta de que muchas de las sensaciones, momentos y cosas descritas se repetían. Y fue disfrutando de estos pequeños destellos de felicidad como consiguió librarse de las tinieblas en las que estaba instalado su ‘demogorgon’. Él seguiría allí siempre, en duelo latente contra su hígado. Pero ella había conseguido iluminarlo a base de destellos, mirarlo a los ojos y no asustarse.

*Un destello de felicidad

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