El drogadicto

Con dieciocho años se metió su primera raya. Estaba en casa de un amigo, que le estaba enseñando cómo funcionaba aquello de los chats online en los que, a través de internet, podías hablar con cualquier persona conectada alrededor del mundo. Este súper avance tecnológico que le enseñaba su amigo era cojonudo y bien se merecía una celebración por todo lo alto con unos ‘tiritos’. Aquel tipo friki, que había conseguido engancharse a una red de internet del gobierno para no pagar por ella, era su vecino y amigo. Había conseguido hacerse con un teclado viejo de la sala de ordenadores de la universidad, pues el friki tenía dos años más que él y estudiaba Historia del Arte. Enganchó aquel teclado a su CPU para que él también pudiera chatear. Se pasaban las tardes, hasta bien entrada la madrugada, en la habitación del friki chateando y esnifando. Así fue como se enganchó por primera vez, aunque no sabría decir si primero se enganchó al chat y después a la cocaína o viceversa. Dentro de aquel espacio virtual era capaz de engatusar a las chicas únicamente con su conversación. Una vez convenció a una portorriqueña afincada en Miami para que le enviase por correo postal una foto en topless. La chica creyó que era un cazatalentos en busca de rasgos exóticos. Era muy bueno escribiendo las palabras correctas en el momento adecuado. Aun así, en tres años tan sólo quedó con una de las más de cien chicas que pidieron conocerle. Y la cita fue tan desastrosa como ya intuía que sería. Él iba puesto de coca y solo pensaba en ir al baño a meterse más. Cada diez minutos una raya. No controlaba su ansiedad y estaba seguro que estaba decepcionando a la chica, pues él mismo se veía como una persona totalmente diferente a la que mostraba ser tras la pantalla del ordenador, cuando no se ponía nervioso si necesitaba meterse una, y otra, y otra raya más. La ‘farlopa’ le daba autoestima y seguridad en sí mismo, pero era tan sólo una sensación, algo irreal. Cuando no estaba colocado ni escondido al otro lado del ordenador, carecía de todo tipo de carisma y esnifar cocaína le hacía subir al cielo al precio de sentir congelarse hasta el infierno en los momentos de resaca y abstinencia. Una sensación insoportable, de intensos dolores de cabeza y tiritonas de frío que le duraban horas y horas. Entonces salía de casa con toda la ropa puesta encima que podía y corría hasta El Bar. Allí siempre encontraba a alguno de los chicos del barrio que pasaban coca o que podían darle el teléfono de algún camello más gordo.

Nueve años de adicción diaria le llevaron a trabajar como relaciones públicas en varios locales y discotecas de moda de la ciudad. Así se ganaba un dinerito y era fácil ‘ponerse’ y beber toda la noche sin gastar un ‘duro’. Las comisiones que le daban por llevar clientes a los locales no eran casi nada, pero al menos le alcanzaba para pillarse un gramito de coca antes de dar por terminada la jornada y retirarse a casa con las gafas de sol puestas y el ‘Lorenzo’ persiguiéndole por la espalda.

Cuando se cansó de la noche y de los gilipollas y macarras que la habitan, volvió caer en las redes de la conectividad. Por aquel entonces internet ya era más accesible y sus padres habían contratado un router y disponían de un ordenador de mesa que su padre había aprendido a utilizar para la creación y envío de sus facturas como fontanero autónomo. Y ahora él se pasaba las noches sentado frente a la mesa escritorio que sus padres habían colocado en una esquina del salón. Desde allí jugaba timbas de póker con desconocidos que no sabía ni si eran jugadores amateur como él o profesionales del juego. Su adicción al póker estuvo a punto de dejar a sus padres sin casa. Se podía meter en el cuerpo hasta tres gramos de ‘farlopa’ por noche y llegó a jugar en partidas con apuestas de hasta diez mil euros. Ganaba mucho dinero con el póker, hasta que tuvo una mala noche y perdió lo que ni siquiera tenía. Aunque era ilegal, en una partida le aceptaron la casa de sus padres como aval de una apuesta. Perdió 56.000 euros y, si no quería perder también las piernas, debía desalojar y entregar la casa de sus padres a aquella mafia del póker online en un plazo máximo de dos semanas. Tuvo que explicarles a sus viejos el lío en el que se había metido para que le ayudaran. Ellos rehipotecaron su casa para poder extenderle diez cheques con la cantidad total que había perdido en la apuesta y salvarle el culo. Se lo dieron a cambio de que ingresara en una clínica de desintoxicación y se apuntara a una terapia grupal de ludopatía. Consiguió limpiarse de todas sus adicciones y dependencias y después encontró un trabajo.

A través de un contacto de su tío le dieron la oportunidad de trabajar como comercial para una gran compañía de productos de droguería. Se pasaba el día coche arriba, coche abajo revisando los puntos de venta e intentando incrementar las ventas en las grandes superficies comerciales, ofreciéndoles la novedad del mercado que más encajase con su público. No es que fuera demasiado bueno en esto tampoco, pero siempre cumplía con los objetivos y poco a poco se fue consolidando dentro de la empresa. Cada vez le otorgaban clientes más importantes. Pero su crecimiento como comercial tardó poco en alcanzar el techo. En un par de años ya estaba todo lo arriba que puede llegar a estar un perfil como el suyo. Lo siguiente habría sido nombrarlo director de ventas, pero nadie allí dentro estaba por la labor. Y mucho menos él.

Soportaba la monotonía de la carretera y el paso de los años a base de buena música. Compraba muchísimos cds de jazz, blues, rock y de grandes artistas contemporáneos del piano y la guitarra y los escuchaba una y otra vez en el reproductor de su coche mientras conducía cientos de kilómetros cada día.

El día que se dio cuenta de que se estaba convirtiendo en aquel individuo estable, provechoso y gris con el que sus padres siempre habían soñado, le entró un ataque de pánico. Se miraba y no se reconocía. Abrió las ventanillas del coche. Le faltaba el aire. Echó la vista atrás y se dio cuenta que sólo se recordaba riendo con su amigo el friki o disfrutando de la noche en compañía de la Dama Blanca que le hacía vibrar con cualquier cosa que hiciese, y aunque la hiciera mal. Cogió entonces el primer cambio de sentido que encontró en la autovía y se dirigió hacia la zona e El Bar a ver si encontraba alguna cara conocida con la que tomarse una cerveza y que le invitase a un par de ‘rayitas’. Le apetecía muchísimo volver a sentir aquellas vibraciones de ‘puto amo’ antes de volver a la carretera camino de la visita a sus dos últimos clientes del día. Un par de horas más tarde volvía a encontrar en la cocaína la manera más rápida de evadirse de la ansiedad que le estaba produciendo verse convertido en aquello que tanto odió siendo más joven. Ahora tenía ya cuarenta y siete años. Llevaba catorce limpio de cocaína, hasta aquel día, y trece a las órdenes de la empresa para la que trabajaba, que sólo le aportaba dinero y cada día más malestar. El Bar seguía con lo mismo. Algunas caras habían cambiado y había muchos jóvenes reunidos bebiendo cerveza y colocándose. No conocía al camarero, pero sí a un par de parroquianos, que le saludaron con un gesto de la cabeza cuando se sentó en el único taburete libre que quedaba en la barra. Pidió una caña y le preguntó al camarero dónde o a quién podía pillarle. El chico de la barra negó con la cabeza, sin dirigirle palabra, pues bien podía tratarse de un ‘secreta’ y no quería echárselo encima a ninguno de sus clientes. Él se quedó observando y al final decidió salir a esperar a uno de los críos que entraba y salía del local, obviamente atendiendo a sus clientes. Al final lo abordó y le pidió medio gramo.
I-Was-Married-to-a-Cocaine-Addict-800x565

El polvo blanco volvió a ser su fiel compañero de viaje. Lo único que le preocupaba era colocarse lo suficiente para seguir visitando clientes, desinhibido y con la marcha automática puesta. La sensación de bienestar que le daba la coca lo evadía de la amargura que sentía al darse cuenta de que se había convertido en un robot más del sistema. Estropeó todos los cds, que ahora le saltaban en el reproductor por haberlos usado para partir y pintar rayas. Nada le importaba ahora que la monotonía de su trabajo se convertía en euforia aspirada por la nariz.

Un año más tarde se salió de su carril, cuneta y montaña abajo, mientras se metía un ‘tiro’ en un cd de Paco de Lucía a la vez que conducía.

Su epitafio rezaba:

Quien no encuentra en la vida un aliciente,

encuentra en las drogas un aliado

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s