Un regalo hecho a mano

Era su primera Navidad juntos. Como pareja.

Lo cierto es que se conocieron en muy mal momento. Él estaba recién salido de una relación, de la que todavía arrastraba demasiadas secuelas emocionales como para apostarlo todo a una carta de nuevo. Era receloso con ella. No es que no se fiase, es que no quería que nadie más que él mismo se adueñase de sus sentimientos. Aun así, ella había aceptado las reglas del juego y seguía sus pasos, manteniéndose siempre por detrás, dejándole espacio y esperando pacientemente su momento. Ella no se sentía poco amada. Sabía que, aunque él no lo proclamase a los cuatro vientos, la quería.

Les gustaba pasar tiempo juntos. Aprovechaban cualquier momento para verse, ya fuese solos o con amigos comunes. La suya era una relación comprometida, pero libre. Así pasaron casi todo el año que llevaban juntos, hasta que llegó el momento de celebrar su primera Navidad como pareja. En realidad, a ella no le hacía demasiada gracia la Navidad. Tanto consumismo para una currante no era lo que más le entusiasmaba. Otros años se había dejado todo el sueldo y la mitad de los próximos tres sueldos, todavía por cobrar, en comprar regalos para toda la familia, que muchas veces ni acertaba en gustos, e incluso acababa en algún que otro disgusto. Pero este año no iba al pueblo a ver a su familia. En cambio, había elegido pasar aquellos días festivos en compañía de él, su nueva familia. Habían decidido quedarse cuatro días juntos, sin horarios, sin obligaciones, sin compromisos. Al natural. Solos él y ella, conviviendo bajo el mismo techo y cocinando los platos típicos de las fechas.

—Nuestro regalo esta Navidad será tiempo. Tiempo para disfrutar de nuestra compañía. Tiempo para descansar. Tiempo para escapar de la realidad cotidiana que tanto nos asfixia —le propuso ella un mes antes.

—Me encanta la idea. Será algo muy especial —afirmó él, besándola en la cabeza antes de salir de la habitación.

Llegó el día veintitrés de diciembre y la mayoría de sus amigos salieron a celebrar las navidades fuera de la gran ciudad, a otros pueblos y ciudades más pequeñas donde vivían sus familias. Y mientras el mundo se volvía loco en desplazamientos por tierra, mar y aire y en compras de última hora, ellos se pasaron la tarde haciendo el amor en el sofá, frente a la chimenea, hasta quedarse dormidos abrazados.

Al día siguiente desayunaron Cheerios y café con leche en la terraza, al Sol. Luego él bajó a hacer la compra para preparar la cena y ella aprovechó para envolverle su regalo. Tenía para él una sorpresa de Navidad que no se compraba con dinero.

Por la tarde se pusieron a cocinar la cena. Con la música sonando de fondo, y entre broma y broma, iban picando, por lo que cuando llegó la hora de cenar ya no tenían hambre. Aun así, ella lo hizo sentarse a la mesa, frente al mantel rojo con motivos navideños en verde, blanco y dorado. Le cerró los ojos y puso su regalo apoyado en dos copas de champán de cristal.

—Ya. Abre los ojos.

—Ahí va, ¡un regalo! ¿Y eso? ¿No habíamos quedado en que nuestro regalo era este tiempo juntos?

—Venga, ábrelo. Es un detallito hecho a mano. Y, además, es para los dos —concluyó ella, guiñándole un ojo.

Muy lentamente y con cara de sorpresa él deshizo el lazo que cubría el papel de regalo y, por último, arrancó el papel dejando al descubierto una lámina semitransparente en cuyo centro se observaba perfectamente la sombra de un embrión, de poco más de dos centímetros de largo, creciendo en una barriga.

—¿Es tuyo? ¿Es nuestro? —preguntó él, de un, titubeante.

—Feliz Navidad cariño, ¿te gusta? —sonrió ella, emocionada, antes de besarle en los labios.

—Me encanta —él tenía los ojos vidriosos, casi a punto de estallar en lágrimas de alegría— Pero no puedo creer que sea cierto. Si me dijeron que tenía una carga de esperma totalmente vago e incompetente ¿cómo es posible? ¿Cómo lo has hecho?

—Querrás decir cómo lo hemos hecho, ¿no?

—¿Cómo? —le daba un beso en los labios, sin dejarle tiempo a contestar— ¿Cómo? —beso en los labios de ella— ¿Cómo?

Ella reía de verlo tan feliz.

—Tú lo deseabas. Yo también. Y en Navidad todo es posible. Disfrutemos de nuestro regalo —dijo antes de abrazarlo fuertemente.

IMG_7111Brindaron con cerveza sin alcohol y lloraron juntos de alegría. Aquellas fueron sin duda las navidades más mágicas que jamás vivieron ambos.

 

Consolidaron su relación sobre los cimientos de aquel embarazo. Y las siguientes navidades ya fueron tres. Sin tiempo para ellos, sin silencio, sin tranquilidad, pero envueltas en un triángulo de amor incondicional engrandecido gracias al milagro navideño otorgado por la Madre Naturaleza el año anterior.

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