Mesa para nueve

Era domingo, pero no un domingo cualquiera. Estaba soleado y los domingos de Sol otoñal la ciudad se veía especialmente vacía. Lo que a él le habría gustado habría sido hacerse un buen desayuno y salir con la bici a recorrer las calles y el río de la ciudad. Sin embargo, hoy era el día. Tras más de quince años de noviazgo, él y su novia se casarían en menos de seis meses, pero sus familias todavía no se conocían. Y hoy iban a reunirlas alrededor de una mesa para aquella presentación oficial de padres a padres, a la que también estaban invitados los hermanos. Dos por parte de él y una por parte de ella. La presencia de hermanos daría algo de aire para relajar la tensión de aquella forzosa comida.

—Buenos días, reina— saludó a su novia al verla entrar en el salón con su pelo negro revuelto, los ojos medio cerrados y la marca de las sábanas en su moflete izquierdo.

—Mmmm…—gruño ella, dejándose caer encima suyo, que estaba en el sofá, haciendo zapping.

—Vamos, amor, pégate una ducha. Yo mientras me voy haciendo un porrito de buenos días, para que lo veamos todo color de rosa.

Cuando ella salió de la ducha, medio mojada, le dio un par de caladas al porro que su novio le había dejado en el cenicero, esperándola, y se metió en la cocina a preparar café, zumo de naranja y tostadas, que se le quemaron y tuvo que volver a hacer.

—¿Has desayunado?— preguntó ella a gritos desde la cocina.

—Sí

—¿Quieres café?

—Sí, por favor. Café con leche.

—¿Algo más?— seguía ella pegando gritos desde la cocina, sin percatarse de que él acaba de entrar por la puerta.

—Sí, quiero hacerte el amor. Y que sean las seis de la tarde, esta maldita comida haya terminado y volver a hacerte el amor— le susurró al oído, mientras dejaba caer la toalla y se la metía lentamente por detrás, al tiempo que ella se agarraba a la encimera de la cocina y empezaba a gemir.

A las dos de la tarde estaban todos citados en un buen restaurante de arroces frente a la playa. Cuando él y su novia llegaron los padres de él y su hermano más pequeño ya esperaban en la puerta del restaurante. Se saludaron cordialmente. “Menos mal que la mujer esta se ha vestido decentemente hoy, si no, no sé cómo se pondrá para ir a la boda”, fue lo primero que pensó su novia al verlos. La relación entre ambas nunca había sido fluida, pues como todas las madres, ella no le parecía lo suficientemente buena para su hijo. Pero su novia sabía que ella era todavía más buena de lo que ni sus padres ni él podrían haber imaginado jamás.

Se suponía que hoy todos intentarían dejar todo rencor a un lado para pasar una buena velada y continuar con la ilusión y los preparativos de la boda. Él respiró al ver la cara de aprobación y sonrisa de su novia al saludar a sus padres. Los de ella estaban llegando ya por el paseo. Cuando estuvieron todos reunidos se hicieron las presentaciones oficiales. Sólo faltaba la hermana pequeña de ella. Pero ya la conocían, tardaría todavía diez o quince minutos, así que decidieron entrar en el restaurante y tomaron asiento en la mesa circular que les habían reservado, con vistas al mar.

La conversación fluía, sobre todo gracias a él. Ella estaba bloqueada, como que sólo conseguía hablar con sus padres, como si los demás no existieran.

—Una cerveza para mí, ¿tú también quieres?— le preguntó a él.

—Sí. Y para mi padre también. ¿Y tú?— dijo, dirigiéndose a su hermano.

—Sí, por favor— contestó el hermano de él.

El resto pidieron agua y el hermano pequeño una coca-cola. La conversación entre ambas madres, sentadas una junto a la otra, giraba todavía en torno al tráfico que los padres de ella habían encontrado para llegar a aquella playa, a pesar de que era ya casi noviembre.

—Si es que no es normal este calor. Uf! La gente bañándose y todo. Yo quería ponerme un abrigo nuevo que me compré el jueves, pero al salir al balcón y ver la temperatura que hacía…pues nada…vestido y rebequita por si acaso— comentaba la madre de la novia, con la madre de él.

Mientras, él y uno de sus hermanos hablaban con su padre de un arreglo del motor del coche, así que al padre de ella sólo le quedaba meter bola de vez en cuando en la conversación sobre el cambio climático que estaban manteniendo ellas. “Muy bien, que no salga de lo superficial la conversación”, pensaba la novia mientras levantaba la mano para pedir al camarero una segunda cerveza.

En seguida llegó su hermana. Sonriendo y contando una surrealista historia de un evento de moda que se había encontrado en un parque de la ciudad, y en el que había tenido que parar porque encontró a no sé qué amigo, que la invitó a una copa de cava. “Bien. Su hermana era imprescindible y realmente buena animando veladas con su manera de contar las anécdotas de su vida”, sonreía la novia mientras miraba a su hermana pequeña con admiración. Se presentó ante todos los que no conocía, besó a sus padres y abrazó a su hermana antes de pedir una copa de vino blanco.

—Pues nada. ¿Habéis pedido ya?

—No. Te estábamos esperando— le contestó la novia a su hermana.

—Arroz con muchas gambas. Todas las gambas. Y de aperitivo gamba roja.

—Por favor. No le hagáis caso a esta loca— dijo la novia, dirigiéndose a los padres de él.

—Estas dos…toda la vida igual. Una se come el mundo y a la otra todo el mundo se la come. La noche y el día, tú. Pero siempre se han querido mucho, eso sí— le comentó la madre de la novia a la madre del novio.

La novia pidió ahora vino para todos. Más agua y otra coca-cola para el hermano pequeño de su novio. Ella empezaba ya a notar el efecto del alcohol y la risa tonta que le estaba empezando a entrar por casi todo lo que se comentaba en la mesa. Parecía que se le estaba pasando el pánico. Llevaba semanas pensando en aquel momento y se había puesto demasiado nerviosa al llegar el día en cuestión. Pero ahora veía que sus familias podían comportarse estando juntas, a pesar de que su futura suegra la odiase. Ahora, mirando aquella mesa cual espectador, entendía que quizá no era odio, si no envidia. Porque ella iba a estar junto a su hijo por el resto de su vida. Porque por irse a vivir con ella dejó el nido familiar. Y esto parecer ser que para algunas madres es difícil de superar, si no insuperable. Sus padres, en cambio, eran felices viendo a sus hijas felices haciendo su vida a su manera. “Debe ser una cuestión de educación, de valores”, pensó la novia, mientras buscaba por debajo del mantel la mano de su novio.

Dos copas de vino más tarde, cuando ya iban a pedir los postres, fue la novia la que empezó a decir tonterías, bajo la divertida y avergonzada mirada de su novio, y con la complicidad total de su hermana pequeña.

—¿Tú estás seguro que quieres aguantarla de por vida?— preguntaba la hermana de la novia al novio.

—Pues claro. Si lleva años diciéndome que quiere casarse conmigo. Que cuando éramos jóvenes era él el que llevaba las riendas de todo y me tenía loquita. Pero hace tiempo que mando yo, ¿verdad, cariño?— contestó la novia a su hermana, sonriéndole a su novio y a la madre de éste.

—Nene, tú sabrás dónde te metes…—añadió su futura suegra.

—Eso le digo yo siempre— dijo la madre de la novia, contestándole a su consuegra y a su futuro yerno.

“Mierda. No podía torcerse todo ahora. Si ya estaban a punto de terminar…”, pensaba el novio, poniéndose serio y pensando cómo hacer para controlar la situación.

—Es la mujer de mi vida. Siempre lo he tenido claro— contestó él a las recriminaciones, zanjando la situación con un beso bien estampado en los labios de su novia.

—Pues qué ganas— soltó entonces su hermano pequeño.

—Oye, enano, qué sabrás tú…si todavía no has terminado bachillerato— le contestó su novia.

“No entres al juego”, pensaba él. “Mierda, no. Un fast forward para el tiempo que queda para terminar la comida, por favor!”, rogaba él para sus adentros. Pero ella iba borracha…

—Ojalá os divorciéis pronto y te conviertas en una cuarentona, divorciada, sola y hablándole a tus gatos. Ah, no! Que no tienes ni gato. Te quedarías sola— se reía el hermano pequeño del novio.

—Vale ya , ¿eh?. No seas maleducado— intervino asombrosamente la madre del novio.

—¿Tu eres tonto o qué?— le soltó su hermano mayor.

—Claro que es tonto, cariño. Bueno,  más bien retrasado, pero eso ya lo sabíamos— dijo la novia dirigiéndose a su novio.

—Y tú para ya, ¿no?— la increpó él.

—Sí, sí, para— le dijo a la novia su hermana pequeña, al tiempo que le apartaba la copa con el culito de vino blanco que todavía le quedaba.

Los padres de la novia estaban sonrojados. Se habían quedado sin habla. Nunca antes habían visto a su hija borracha y mucho menos comportarse de aquella manera. Ella sola se estaba poniendo en ridículo. Todo el mundo lo veía. Como él la quería con toda su alma, la cogió, la levantó de la silla, se despidieron rápidamente de todo el mundo y dieron por concluida la comida de presentaciones. Se la llevó para casa. En todo el camino ella no abrió la boca.

IMG_5909
Street art de @me_lata

Una vez en casa, se volvieron a fumar un porro juntos antes de hacer el amor y mandar la boda a tomar por culo. Ella no tenía por qué aguantar a su familia, por mucho que lo quisiera, y él tampoco tenía que tragarse a los suyos. La amaba con todo su corazón. Y eso era solo suyo. Algo que nunca nadie podría arrebatarles, a no ser que se lo quitasen el uno al otro. No necesitaban que nadie les aprobase para disfrutarse y ser felices juntos. Al día siguiente cancelaron todo lo que ya tenían reservado para la boda, menos el viaje. Ese viaje lo harían, celebrando igualmente sus dieciocho años de vida compartida, de complicidad, de altibajos, de pareja…

 

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