A por Lamela-Mela

—Prisión incondicional. Lo mandan a la cárcel. Ya. Y nosotros aquí, sin poder despedirnos. Ay…— sollozaba su madre al otro lado del teléfono.

No podía creerlo. Él iba de camino a casa, en el metro, como cada jueves después del entrenamiento de rugby. No quiso ir con su madre a la sede del partido a analizarlo todo junto al resto de la cúpula y los abogados. Tanto él como su madre llevaban más de un mes durmiendo a fuerza de ansiolíticos, debido a la presión a la que estaban siendo sometidos su padre y el resto de miembros del Govern. A sus diecisiete años, LLuís no entendía por qué su padre se había empecinado en defender sus ideas y su beneficio político por encima de todo, incluso de su familia. No entendía de economía y mucho menos de derecho constitucional. Tampoco de patrias. Pero veía el odio que todo lo acontecido en los últimos días estaba creando a su alrededor. Periodistas, políticos, familiares, los padres de sus amigos, sus propios amigos. Todos discutiendo sobre el referéndum, la actuación de la policía y los mossos, la aplicación del artículo 155 de la Constitución. ¿Acaso alguien conocía la existencia de una cosa así hacía tan sólo un mes y medio? ¿Por qué ahora todos se llenaban la boca y la mente hablando de cosas que ni les competían ni harían del mundo un lugar mejor? Sin embargo, para Lluís la aplicación de dicho artículo sí que iba a cambiar su vida. La acababa de truncar para siempre. Aquel artículo y aquella juez columpiándose en él, habían dictado prisión provisional incondicional para su padre y algunos de sus colegas y ahora mismo Lluís no sabía cuándo volvería a ver a su padre. Odiaba aquel procés. Odiaba al Govern, al Gobierno y la absurda utopía política de una nueva república catalana en un reino post franquista, liderado por discípulos y familiares de los ministros del régimen. No aguantaba más. A parte de la rabia de ver a su padre en la cárcel, tenía que cargar con la presión de ser el “hijo de”, de sentirse bajo lupa por todo lo que hiciera o dijera. La venganza se cocinaba ya en su cabeza.

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Imagen de El eco republicano

Esa noche, en lugar de tomar ansiolíticos, pasó la noche investigando cómo moverse dentro de la deep web, cómo hacer para comprar aquello que necesitaba comprar para perpetrar su venganza final, sin caer en ninguna web de pornografía infantil. Ocho noches investigando. En la primera compró en metanfetamina, mucha, para aguantar días y noches sin apenas dormir, y un par de manuales sin copyright. En uno de estos se explicaban decenas de planes de espionaje y asesinato de la ETA en los años ochenta y noventa. El otro estaba dedicado a los métodos de dominación y tortura del ISIS. A sus ganas de deshacerse de todos añadió la imaginación sobre muerte y destrucción, creando en su cabeza un coctel molotov con diversas ideas sobre cómo hacer el mayor daño posible a aquella mujer. Siguió investigando, leyendo y leyendo páginas con todo tipo de contenidos, a cual más bizarro, de la darknet. Encontró grandes supermercados, como Evolution, donde comprar desde narcóticos hasta munición o documentación falsa. Sin embargo, le costó mucho encontrar lo que realmente buscaba hasta que dio con C’thulhu, donde se ofrecían sicarios desde 20.000 dólares. En su plan contemplaba la ayuda de tres de estos matones a sueldo, pero en su cuenta no había ni dos mil euros, y en la cuenta de su madre a la que podía acceder él falsificando la firma y la autorización tenía poco más de 35.000 euros. Empezó a llamar a la puerta de estos sicarios, hasta que convenció a uno de nacionalidad búlgara, para realizar en trabajo junto con dos colegas por ese dinero. Realizarían un ataque simultáneo a cuatro bandas. Él se encargaría de Lamela, uno de estos búlgaros iría a por Puigbert en Bruselas, por su traición al pueblo catalán; otro a por SoSo, la mano ejecutora del Gobierno español, que a esas horas estaría atendiendo una rueda de prensa; y el último iría a por Pedro Casanovas, la insultante promesa política, que de no acabar con él, podía terminar gobernando el país, más pronto que tarde.

Las armas las consiguieron también estos sicarios. Iban incluidas en el ‘pack de la muerte’. Le sorprendía la profesionalidad y discreción que a cada momento le mostraba el jefe de la banda. Sólo preguntaba y comentaba detalles técnicos de la operación. A los diez días del primer contacto con ellos, se reunieron los cinco en persona en Barcelona. Allí ultimaron detalles y se repartieron la documentación falsa, las armas y los billetes de avión y trenes. Lluís les realizó el pago completo al contado. No podía ser de otra forma, pues a él lo encarcelarían inmediatamente después del ataque, si no lo mataban en aquel mismo momento.

Su padre llevaba ya dieciocho días en la cárcel, cuando se despidió de su madre y salió rumbo a Madrid. Era viernes y se suponía que iba con dos amigos a celebrar el cumpleaños de uno de ellos.

A las siete y media, de camino a la Audiencia Nacional, LLuís llamó a su madre desde el taxi para despedirse.

—Mamá, no digas nada. Voy a hacer algo para salvar al país. Éste y el nuestro, Cataluña. Igual que el papá, que ya no puede seguir luchando. Seguro que estará muy orgulloso de mí. Te quiero. Os quiero mucho—, colgó y apagó el teléfono, dejando a su madre con mil preguntas en la punta de la lengua.

Cuando bajó del taxi tiró el teléfono a una papelera y cortó la tarjeta sim con unas pequeñas tijeras, antes de arrojar los pedazos a otra papelera. Se apoyó a un par de metros de la puerta de la Audiencia Nacional y acarició el revolver que llevaba escondido bajo la sudadera, mientras esperaba a que saliera la jueza. Estaba muy nervioso, solo quería terminar con ella cuanto antes. Cinco minutos después de este pensamiento, tres tiros acababan con la vida de Lamela, que cayó muerta formando un gran charco de sangre. A Lluís lo abatieron con dos tiros en las piernas, que también cayó desmayado de dolor al suelo.

Los sicarios, por el contrario, habían huido con el dinero. Ninguno de ellos cumplió su parte del plan. A esas horas estarían ya los tres en alguna isla fundiéndose los ahorros de aquel ingenuo chaval, víctima del sistema democrático español.

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