En Clave de Soul

Cogió un bajo por primera vez a los cinco años. Un viejo bajo eléctrico jazz bass Suzuki made in Japón de su padre.  Él le enseñó las notas básicas, pues lo cierto es que nunca fue un súper dotado en la música. Tenía aquel bajo todavía de cuando lo aporreaba con su banda de colegas del instituto. Pero Judit, a pesar de aprender a tocarlo con sus pequeñas y delgadas manitas, llevaba el flow dentro y escuchaba música a todas horas, siempre fijándose en las profundidades rítmicas del bajo. Así pues, durante su infancia aprendió a tocar de oído. Tocaba con maestría temas de Marcus Miller, Stanley Clarke, John Paul Jones, Victor Wooten, Peter Hook o Cliff Burton. Jazz, funk, soul, punk, post punk o hard rock. Tocaba canciones cuya sonoridad y letras le calentaban la sangre y le erizaban la piel, fuesen del estilo musical que fuesen.

Cuando Judit se graduó del instituto su padre la puso a despachar en la panadería, herencia familiar, con la que él se ganaba la vida y gracias a la que había podido sacar adelante a su hija. Como a ella no le interesaba nada el tema de la panadería, cada día al cerrar a las ocho de la noche, Judit iba con su bajo a tocar al metro hasta que cerraban. Lo hacía siempre en tres únicas estaciones. Una muy céntrica y las otras dos eran las que le pillaban más cerca de su casa. Allí deleitaba a los transeúntes a golpe de bajo y dulzura de voz, y se ganaba un dinerillo extra que guardaba para comprarse un bajo Les Paul de Gibson que anhelaba desde hacía tiempo. Completos desconocidos, cuya rutina diaria los paseaba por alguna de aquellas estaciones, se fueron convirtiendo, con el tiempo y la repetición, en caras reconocibles para Judit. Muchos ya la saludaban. Otros la aplaudían. Y la mayoría colaboraba echando alguna moneda a la hucha de cerdito que decía: “Al pan, pan; y a la música apoyo económico”.

Una noche, María, que normalmente no cogía el metro porque solía moverse en moto por la ciudad, tuvo que desplazarse a una cita familiar en la línea lila para que el azar la llevase a dar con la talentosa Judit. Tocaba She’s lost control, de Joy Division. Se paró a contemplarla, boquiabierta. Cuando Judit terminó y abrió los ojos, se encontró con la sonrisa engatusada de María, que la aplaudía lentamente. En seguida María se buscó alguna moneda en los bolsillos y la depositó en el cerdito. María tenía la carrera de piano y un grado profesional de música. Había estudiado más de diez años en el Conservatorio Municipal de Música de la ciudad y su vida había estado plenamente dedicada a la música desde pequeña. Su padre era director de orquesta y había dirigido a lo largo de su carrera a importantes orquestas internacionales. Su madre, Rosa, era profesora de canto y ahora ayudaba a María en las tareas administrativas de la empresa. Sin duda, María lo había tenido fácil para dedicarse a su pasión y hacer de esta su profesión. Hacía dos años que había puesto en marcha su propia escuela de artes musicales, En Clave de Soul. Y toda su vida rodeada de música y músicos, le había enseñado, al menos, a detectar el talento musical de aquellas personas que lo poseían como un don innato.

—Bravo. Bravísimo —felicitó María a Judit.

—Muchas gracias.

—Si no te importa me quedaré aquí sentada escuchando otra canción.

—Claro, ponte cómoda —la invitó Judit, señalándole a María una esquina del suelo para que se acomodase—. ¿Te gusta Metallica?

—Sí

—Pues allá voy. Va por ti —preparó el tema en el amplificador y comenzó a tocar Ride the Lighting, a la vez que meneaba su cabeza, enredando su cabello moreno al son de las notas bajas.

—Eres muy heavy, pero me encanta tu conexión con tu bajo —le comentó María al acabar el tema. Ahora estaban las dos completamente solas en el pasillo del hall de la estación al andén.

—Sí, la verdad es que me gusta mucho darle fuerte. Jajaja. Mi padre, que fue quien me enseñó, no tenía la sensibilidad suficiente para tocar baladas ‘poperas’. Y de tal palo… —contestó Judit mientras empezaba a desenchufar y recoger cables.

—Oye, ¿tú trabajas como música? ¿O en qué trabajas por el día? —la abordó María.

—Trabajo despachando pan, en la panadería de mi padre. Aquí al metro vengo sólo porque me apasiona tocar y ver la reacción de la gente y si me saco algunos ‘duros’ los ahorro para comprarme un Les Paul.

—¿Te gustaría dar clases de bajo?

Judit se paró a mirar a María.

—¿Qué quieres decir?

—Pues eso —sonrió María—. Te explico: yo tengo una academia de música. Sobre todo trabajamos con niños. Hay algunos que hacen solfeo, canto e instrumental. Piano, guitarra, trompeta, saxo, batería… Pero hay otros que no saben por qué instrumento decantarse y creo que viéndote a ti tocar el bajo a muchos les ‘picaría el gusanillo’ de probar este sonido, que hasta ahora no hemos ofrecido en la escuela. Mira, te dejo mi tarjeta. Pásate por allí mañana o cuando tengas un hueco y lo hablamos. Llámame antes de venir para que yo también pueda estar libre. De verdad, creo que si te gustan un poco los niños, allí podrías hacer grandes cosas con ellos y con nosotras. También tengo una socia.

Al día siguiente Judit le contó a su padre la conversación que había tenido con la chica de la academia de música. Él se mostró encantado de que su hija tuviera una oportunidad de dedicarse a aquello que la apasionaba tanto. Siempre había creído en ella y en que su talento la conduciría, antes o después, a realizar su sueño de dedicarse a la música. Lo cierto es que siempre la imaginó más subida a un escenario derrochando talento que como profesora enseñándole sus habilidades a otros, pero de una u otra manera, era una forma de que el mundo no se quedase sin aprovechar este don de la naturaleza.

A las dos semanas Judit estaba dando clases de bajo a un pequeño grupo de cuatro niños dos tardes a la semana. Y las otras tres tardes daba clases individuales a adultos que ya tenían algunas nociones de cómo tocar aquel instrumento que tanta gente mal llamaba ‘guitarra de cuatro cuerdas’. Ver tocar a aquellos niños, aunque ninguno destacaba por su destreza con las cuerdas, le daba la vida. Más que acordes y notas, Mireia les estaba transmitiendo su amor por la música y su sensibilidad para apreciar todos los instrumentos y arreglos musicales que sonaban en sus canciones preferidas. Esta capacidad suya de transmitir sentimientos a través del bajo pronto empezó a darse a conocer entre los padres de los alumnos. Al trimestre siguiente, en lugar de cuatro niños, a sus clases acudían ya siete niños y una niña. Al año siguiente era tal la fama de la profesora de bajo en el barrio que tuvieron que hacer un par de grupos por edades, y otro par de grupos por niveles.

image1 (1)Gracias a Judit el bajo se había convertido en el instrumento estrella de la academia, por encima del piano. Siguió tocando algunas noches en el metro. Ahora lo hacía con su Les Paul en la parada de metro cercana a la escuela de música, y en lugar de poner la hucha cerdito repartía tarjetas de la academia. Nunca dejó de ayudar a su padre por las mañanas, hasta que se jubiló y echaron el cierre definitivo a la panadería. Para entonces ella ya era la tercera socia de En Clave de Soul. Y junto a María, Anna y su pasión por la música multiplicada por tres, hicieron de la academia de artes musicales, un lugar de referencia en la ciudad donde enseñar a los niños a apreciar el valor cultural y sentimental de la música.

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