La Cuca

Llevó cresta en los años noventa. Del noventa y dos al noventa y seis. Dos años verde y dos años roja. Ahora la Cuca lucía su color de pelo natural castaño claro, largo por un lado de la cabeza y rapado al tres, teñido de rubio oxigenado por el otro lado.

En los noventa se metió decenas de speed para bailar durante horas, o días seguidos, en raves escondidas en los lugares más variopintos, desde antiguas fábricas en polígonos industriales, hasta viejas casas de pueblo de difícil o nulo acceso en coche. A veces tenían que dejar el coche en descampados o estrechos caminos de arena y andar veinte o treinta minutos para llegar a aquellos templos de interminable sonido hard tecno. Se financiaba sus interminables fiestas vendiendo hierba a niños pijos con los que se encontraba los miércoles o jueves en la zona de bares cerca de la zona universitaria donde estaban todas las residencias de estudiantes más pudientes ya no de la ciudad, si no de todo el país.

Pero de las salvajes aventuras de “Cuca la punk” hacía ya veinte años. Un buen día del año 2001 se marchó reventada de una fiesta a las doce del mediodía y cuando amaneció en su cuarto, en casa de sus padres, a las ocho de la noche, se dio cuenta que ya no se lo pasaba bien en aquellos saraos interminables, en aquella búsqueda incansable de hedonismo, bañada en calimotxo y ron y absorbida en tripis, cocaína o speed. Estaba cansada de ver las mismas caras, reír las mismas bromas y bailar los mismos ritmos. Al día siguiente se apuntó a un grado de pedagogía. Siempre le había gustado analizar los procesos educativos y las faltas y mejoras del sistema educativo español, en comparación con el de otros países. Ya se había leído casi todos los libros sobre pedagogía y educación de la biblioteca municipal de su barrio. Así que decidió que quería aportar su granito de arena en este campo. Realizó dos meses de prácticas en un centro de educación especial para adultos al que llegaba tras más de una hora de autobús, transbordo incluido. De poco le sirvieron, pues además de cuidar a los alumnos en la hora de la merienda, poco más le enseñaron a la Cuca sobre el sistema educativo del centro. “Ya se sabe. En España las prácticas sirven para limpiar culos o cubrir vacaciones”, contestaba la Cuca a todo aquel que le preguntaba sobre ello. Ella nunca fue políticamente correcta con nada ni con nadie.

Al año siguiente cursó un grado de puericultura. Y esta vez sí, las prácticas que hizo en una guardería le enseñaron que con quién mejor entendía el mundo y sus porqués era al lado de los niños. Durante los dos meses que duraron las prácticas y que estuvo en contacto con niños de dos a cinco años sintió más adrenalina y bienestar que con ninguna droga que hubiese consumido antes. La espontaneidad de aquellos niños le sacaba sonrisas continuamente y la aceptación de su amor, tan sólo por el hecho de entregárselo tal y como lo sentían, conmovía toda su sensibilidad, llegando a ponerle el ‘vello de gallina’ algunos días. Aquellas personitas adoraban su pelo, que todo el mundo criticaba, y jugaban con sus piercings. La Cuca se dio cuenta de que los niños no la juzgaban más que por lo que ella les hacía sentir. IMG_5648Y la Cuca hacía todo lo que estuviera en sus manos por entenderlos y atenderlos de la mejor manera posible. Conforme más tiempo iba pasando con los niños, más se alejaba de los adultos. Cada día le interesaban menos las conversaciones vacías con los colegas que frecuentaba, y con los niños pijos de colegio mayor a los que vendía hierba ya no intercambiaba más allá de saludos y precios. Seguía vendiendo hierba porque le daba dinero fácil y suficiente para continuar estudiando. Y fumaba porros para abrir su mente y que el pensamiento de que la humanidad era absurda, intolerante y xenófoba no acabase con sus ganas de vivir. Así conseguía seguir adelante cada día. En el fondo estaba convencida de que los niños se merecían la oportunidad de una enseñanza abierta y respetuosa que de adultos les guiase para transformar el mundo en un lugar más habitable y justo para toda la humanidad.

6 comentarios sobre “La Cuca

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