Revolución predictiva

—Buenos días. El servicio de atención al paciente del Hospital Clínico Pura Vida desea concertar una cita con usted para una consulta de prevención en ictus —anunciaba una voz femenina y metálica al otro lado de su Smartphone. —Si desea acudir a esta consulta el próximo martes a las once treinta horas, por favor pulse uno. Si, por el contrario, desea cambiar la cita o desestima la posibilidad de acudir a esta consulta pulse dos —la voz se quedó callada, cortando la comunicación y sin dejar posibilidad a réplica alguna. Yvanna se quedó mirando su móvil, sin parpadear, marcando en shock el número uno en la pantalla de su móvil.

Todavía le quedaba una semana para a cita que acababa de programar. Había escuchado en las noticias que el servicio de prevención a través del Big Data y la Inteligencia Artificial, desarrollado por el Ministerio de Salud y Medio Ambiente se había puesto en marcha en su ciudad, y en otras dos más, para realizar un test piloto del funcionamiento de los servicios sanitarios públicos y de la respuesta de la ciudadanía ante aquel desafío de conocimiento. La idea era probarlo durante cinco años para recoger un número suficiente de datos y contrastarlo con las estadísticas actuales de defunción a causa de las enfermedades más comunes, como ictus, cáncer o cirrosis.

Yvanna nunca pensó que le llegaría la llamada de dicho servicio. Cuando escuchó hablar de estos planes del Gobierno en el telediario pensó que eran eso: ideas, nuevas búsquedas de los señores que ‘cortaban el bacalao’ para que quienes movían el país y producían el PIB vivieran más años y con mejor salud para poder seguir trabajando hasta los setenta u ochenta años, ya que el envejecimiento de la sociedad se había convertido, junto con el calentamiento global, en los problemas estrella de los años veinte del siglo veintiuno. Definitivamente, no estaba preparada para aquella llamada. Siempre había estado sana. Tan sólo pisó un hospital cuando con catorce años se rompió la muñeca en una caída jugando al tenis. No entendía por qué la habían llamado. Tampoco recordaba nadie en su familia que hubiese sufrido un ictus. Se estaba poniendo muy nerviosa. No podía esperar una semana entera a saber qué y por qué ella.

—¡Primo! ¿Qué tal estás? ¿Y los nenes?

—Hombre Yvi, ¿qué tal? Yo bien. Justo me pillaste desayunando. Y los nenes… uno ya en la universidad. Y la otra enorme. Ya es una mujercita.

—Estarán irreconocibles…

—¿Y tú cómo estás? Cuánto tiempo…

—Sí, cuatro o cinco años…¿Cuándo se casó la hija de la prima Eva? En el diecinueve, ¿no?

—Sí, creo…

—En fin, que yo te llamaba porque necesito consultarte un tema —le soltó Yvanna a su primo, una vez dio por concluidos los saludos de rigor.

—Ahá.

—Me han llamado del servicio de prevención de ictus. Es por el tema ese del test de ciudades en prevención sanitaria a través del nuevo programa de cruce de datos. Eso de la inteligencia artificial.

—¿Y qué te han dicho?

—Ay, yo que sé! No entiendo nada. Era sólo un contestador. Una voz robótica —dijo Yvanna con su voz temblorosa al borde del llanto— ¿Tú sabes algo?

—No. Que voy a saber yo…

—¿Qué hago?

—Pues ir. No tengas miedo. Es prevención. Se supone que te han llamado para eso. Porque si resulta que tú tienes probabilidades de tener alguna enfermedad, ataque o algo, ellos te dirán cómo prevenirlo.

—Estoy muy nerviosa. No entiendo por qué me tiene que tocar a mí hacer de conejillo de indias con estas cosas del Gobierno.

—Pero Yvi, no es una cosa del Gobierno. Es un gran avance en la tecnología sanitaria. Yo, la verdad, poco más puedo decirte. Soy un simple médico de cabecera de ambulatorio de pueblo. Se supone que si el test da sus frutos y las estadísticas salen favorables a una mejora en la salud de los ciudadanos, lo acabarán implantando en los hospitales en un plazo de menos de diez años.

—O sea, que tengo que ir, ¿no?

—Pues claro. Si te paras a pensarlo, has tenido mucha suerte de vivir en el sitio adecuado en el momento preciso. Piensa la cantidad de gente que podría haberse ahorrado disgustos, o incluso la muerte, si algo así hubiese existido desde muchos años atrás.

—Ya. Pero tengo miedo.

—Tranquila. Ve. Ellos te informarán y te indicarán todos los pasos a seguir. Luego si quieres me vuelves a llamar y lo comentamos. Pero tranquila. Estás bien, no te va a pasar nada. Con suerte evitarás que te pase.

—Vale, muchas gracias primo. Te diré algo cuando sepa —colgó, miró el reloj y vio que ya era hora de arreglarse para ir a trabajar. Se puso la música de su lista de reproducción más escuchada a todo volumen y dejó de pensar en todo aquello.

4.-Big+Data+is+Watching+You-

—E397. Consultorio número 64 —pronunció a todo volumen una voz metalizada por los altavoces de la sala de espera, mientras el número parpadeaba de blanco a rojo, de blanco a rojo, de blanco a rojo…Se levantó y buscó en el pasillo la puerta con el número 64.

—Bienvenida Señora Holmes —la recibió la doctora de pie tras su escritorio, tendiéndole la mano.

—Hola, buenos días.

—Como sabrá la hemos citado porque según nos indica nuestro nuevo programa, y según sus antecedentes médicos, los de su familia, y las muestras genéticas de su ADN, tiene usted un 85% de posibilidades de padecer un ictus en los próximos veinte años.

—¿Y?…¿Pero…por qué?

—No se asuste. Estamos aquí para que eso no pase. ¿Sabe si alguno de sus abuelos murió a causa de esto?

—Creo que no.

—Bien, entonces puede que fuese algún hermano o hermana de alguno de sus abuelos. Los hospitales que estamos dentro de este test para el futuro servicio de prevención de enfermedades llevamos quince años tomando e introduciendo muestras genéticas de ADN, con el único fin del cruce, contraste y estudio de datos para llegar a una conclusión como la que estamos tratando nosotras ahora.

—Pues yo no sé de nadie en mi familia que haya sufrido un ictus y entonces no entiendo por qué tendría que tener yo tantas posibilidades de que me diese a mí —contestó Yvanna a la defensiva.

—¿Fuma? —le preguntó la doctora sin desviar la mirada de la computadora, tratando de distender el ambiente.

—Sí. Fumo tabaco. Y hierba a veces.

—Mire, es usted una afortunada. Es importante reconocer esta probabilidad a tiempo y tomar las medidas necesarias para controlar este ataque cerebral o evitar que se produzca.

—Ya —Yvanna miraba a la doctora con ojos de odio.

—El principal causante de la formación de un ictus es la fibrilación arterial, cosa que usted no sufre. Pero también existen otros factores que pueden desencadenar esta enfermedad, como en su caso son los antecedentes familiares. Es posible que ningún familiar suyo haya sufrido un ictus antes, pero quizá sí que hayan padecido alguna otra enfermedad cardíaca.

—Vale, no sé. Pero lo vamos a prevenir, ¿no doctora? —del odio y la negación Yvanna estaba pasando a la aceptación.

—Sí, se puede prevenir y disminuir las probabilidades. Todo depende de usted.

—¿Qué tengo que hacer?

—En su caso será fácil. Tiene suerte de contar con una salud de hierro. Aun así, deberá dejar de fumar y de tomar anticonceptivos orales. Y empezará a tomar un medicamento llamado estatina que ayuda a reducir el colesterol y, por consiguiente, el riesgo de ataques cerebrales como el ictus. Una dieta libre de grasas saturadas también sería recomendable.

—No entiendo nada. Si yo me encuentro bien. Estoy en mi peso ideal. La última analítica me salió perfecta de todo. Y soy joven. ¿Por qué me tengo que tratar algo que no tengo y ni siquiera se sabe si tendré algún día?

—Tiene usted razón, qué duda cabe…Son los grandes interrogantes que os hacéis todos los que pasáis por el servicio de prevención. Pero se trata de esto, de prevenir. Intentar y conseguir, en la medida de lo posible, que ciertas enfermedades predictibles y “fáciles de tratar”, terminen desapareciendo. Es complicado. Obviamente, esto no ocurrirá mañana, ni el mes que viene o de aquí a cinco años, si no que está previsto que los resultados de este servicio de prevención comiencen a ser visibles de aquí a cincuenta años. Pero es muy importante que todos seamos conscientes de que si no actuamos como debemos, nunca podremos extrapolar los resultados. Por eso yo trato de explicar todo el proceso a quienes venís a prevención. El Gobierno quiere que se sepa cuanto menos, mejor. Es absurdo. Si no nos concienciamos todos de que es un gran avance, pero que quizá los resultados sólo sean visibles para la siguiente generación, no funcionará. ¿Tiene usted alguna duda?

—Todas. ¿Tendré un ictus?

—Pues, desgraciadamente, nadie lo sabe. Pero ahora sí sabemos que tiene usted muchas probabilidades de sufrirlo. Y que si empieza a cuidarse y a seguir el tratamiento que le voy a recetar, sus probabilidades, sin duda, van a disminuir.

—Vaya —se lamentó Yvanna, bajando su mirada hacia el escritorio de la neuróloga.

—Tenga. Cuídese y hágame caso —finiquitó la doctora la visita, levantándose de su silla para despedir a Yvanna.

Yvanna salió triste de aquella consulta. Ella no sabía nada de sanidad, ni de medicina, ni de estrategias de Gobierno, aunque al final se dio cuenta de que prefería conocer que podía morir de un ictus, pero que también podía evitarlo, cosa que sus antepasados no tuvieron oportunidad. “Gracias a aquella tecnología sanitaria, aunque quizá sólo fuese una estrategia del Gobierno para ahorrar dinero a largo plazo y mantener el país a flote, ella tendría la oportunidad de vivir más años. Y la vida era algo que bien merecía el esfuerzo de prevención. Pues ojalá funcionase aquello para todos y para todo. No estaría mal otro servicio así para conocer los ‘pros’ y los ‘contras’ de una pareja, por ejemplo, o de un trabajo”, pensó Yvanna en su camino de vuelta al trabajo.

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