Tsunami

“Su manera de andar. Esa forma tan suya de moverse; el rastro de su reciente adolescencia que se va emborronando con el paso del tiempo. El tacto de su mano, la tersura de su abdomen. El color carnoso de sus labios. Su sabor dulce al besarme. Su barba de cuatro días. El desaliño de su personalidad. Todo desaparece. Repentinamente. Desaparece como de pronto un día llegó, cual tsunami inesperado que se traga todo a su paso. Vaciándome de sensaciones, de sentimientos, de inspiración. Todo arrastrado mar adentro con su partida.

Me gustó que estuviese y que fuese. Agradezco que se mantuviese firme en sus cuestiones. Haber conocido la agilidad de su mente y su sistema nervioso hiperactivo. Agradezco aquel primer mensaje. Y cuando me pidió un abrazo. Agradezco haberlo vivido como si fuese para siempre, sabiendo ya que siempre sólo dura un rato”, pensaba Mía asomada al balcón de su piso, observando el jaleo de los coches y autobuses circulando ahí abajo, un día cualquiera, que conducían sin percatarse del drama número mil veintisiete que Mía vivía en ese momento, como si con aquel hombre se fuera a acabar el mundo.

Lo cierto es que Mía siempre vio el cartel de salida colgando al fondo de la historia. Pero decidió vivirla, experimentar el deseo de lo prohibido. Se encontró por el camino con obsesión, decepción, celos, remordimiento, mentiras y lágrimas. Luz y tinieblas al mismo tiempo.

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Él, sin embargo, nunca sintió nada así. Nada más allá de cachondeo y ciertos momentos de excitación. Para él era otra. Nunca habría hecho nada que lo hubiese desviado del camino por pasar un rato con ella. La de al lado le parecía igual de buena para todo que Mía, o incluso más. No se daba cuenta de lo que para Mía significaban sus interminables silencios y sus hambrientas miradas de depredador de féminas hacia otras tías. Mía sabía que había llegado la hora de desintoxicarse. Apagar la luz verde de disponible para él. Fumarse un porro, dos, cuatro o ciento cuarenta. Los necesarios para devolverle la asertividad a su mente, que marchó de vacaciones la noche que pasaron juntos. Esperar a que la gran ola volviese a ser mar en calma. Nada que no le hubiese pasado otras veces. El gran error de dejar ver sus cartas, sabiendo que cuando las hayan visto perderán todo el interés.

Mía debía volver a recuperar la monótona armonía de su vida, diciéndose a sí misma que había que echar el ancla, dejar de navegar en mares picados o, mejor aún, acoplarse en un rascacielos de la meseta, lejos del alcance del próximo tsunami. Apagó el porro, saboreando aún el humo de la última calada, cerró los ojos y…

—Buenos días, señora de Bruguera, te he pedido un té con tostadas y un plato de frutas al servicio de habitaciones —la despierta su reciente esposo, retirándole el pelo de la cara para darle un beso en los labios.

—Mmmm…—gime Mía— ¡Madre mía ayer! Qué bonito, pero qué resaca… —se lamenta, deshaciéndose de las sábanas de aquella enorme cama de suite nupcial del hotel.

—Jajajaja. Uf! Hay tantas cosas que comentar jajaja…pero primero pégate una ducha, desayunemos y al aeropuerto. ¡La Polinesia nos espera!

­—Voy, voy, no me atabales. Uy, mi cabeza… —se queja Mía al levantarse demasiado rápido de la cama— He tenido un sueño, bueno una pesadilla.

—¿Y qué soñaste?

—Que me arrastraba un tsunami, alejándome de ti mientras me ahogaba entre sus aguas —al pronunciar estas últimas palabras Mía se da cuenta que quizá hubiese preferido morir ahogada en el mar revuelto que morir de vieja en la tranquilidad de una hamaca en la Polinesia francesa.

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