Media Navidad

Hay quien daría un riñón por un iPhone X; hay quien daría cualquier cosa por sus hijos; hay quien se dejaría su dignidad por el camino con tal de alcanzar el éxito y la fama. Él hubiese dado cualquier cosa por conseguir unos simples papeles. Un deseadísimo permiso de residencia o trabajo. “¿A quién he de pedirle yo permiso para vivir y ganarme la vida? ¿Quién, en nombre de un estado, se cree con derecho de otorgar permisos a otros seres humanos? ¿Acaso el azar de la vida les permite a unos más derechos que a otros?” En su cabeza siempre rondaron este tipo de inexplicables preguntas. Aunque algunos intentaron razonarle las respuestas, él no entendía por qué una buena persona era tratada como un bandido, sólo por encontrarse en un país diferente del que lo vio nacer. Tampoco entendía que la vida de una joven pudiese tener escrito un destino tan feo.

Quince años después, casado con una local y con un hijo de cuatro años, echaba la vista atrás y no podía más que sonreír al recordar todas las vicisitudes pasadas, sobre todo en sus primeros años de inmigrante ilegal. Llegó a dormir varios días a la intemperie, despertándose calado hasta los huesos por la fría humedad de la playa en primavera. También trabajó por un euro la hora, sacando lo justo para un par de bocatas, o quizá un menú compartido con algún compañero.

Ahora sus raíces estaban enterradas en el suelo español que un día tanto maldijo y detestó. Un veintidós de diciembre el Ministerio de Interior le entregó un boleto premiado de lotería donde ponía “Residencia de carácter permanente”. Por eso le gustaba hacer una gran fiesta por Navidad en su casa, a la que invitaba a familiares, amigos y, sobre todo, nunca se olvidaba de invitar a todo aquel que en sus peores días como ‘sinpapeles’ hizo algo por ayudarle. Desde conocidos que lo acogieron en su casa durante algunos días, hasta la cajera de un pequeñito supermercado que en ocasiones hacía la vista gorda y le pasaba sin cobrar una lata de atún o un brick de zumo. También a todo aquel que le dio trabajo, sin contrato, pero al menos pagándole un sueldo digno. Entre treinta y cuarenta personas solían reunirse en su casa porque, además, cada año se unía alguien nuevo al que recientemente había conocido y le había parecido que debía invitar, ya fuera porque de otra manera esa persona se habría encontrado pasando sola ese día, o porque por su manera de ser aquella persona le había inspirado confianza y buen rollo. A todos les abría las puertas de su Navidad feliz, pero les cerraba las de su corazón roto. Lo cierto es que utilizaba la fiesta para llenar el vacío de la ausencia de su hermana, fallecida la tarde del día de Navidad, cuatro años atrás.

Kati tenía veintiséis años y luchó contra la leucemia durante ocho larguísimos y extenuantes meses. Perdió más de veinte quilos y todo su pelo castaño se cayó a mechones debido a los efectos de una inútil quimioterapia. El cáncer engulló a su hermana pequeña mientras los médicos observaban el atracón sin prevenir lo que vendría después. A pesar de estar ingresada en uno de los mejores hospitales oncológicos del mundo, el Baptist Hospital de Miami, el consejo de expertos médicos siempre fue por detrás del bicho, prescribiendo para paliar y nunca para curar. El encendido de las luces de Navidad le iluminaba siempre el recuerdo más feliz que le quedaba de su hermana. Ella siempre le enviaba una foto delante de aquel abeto enorme, de cinco o seis metros de alto, que adornaban e iluminaban en el mall más cercano a su casa. Ella sonriendo, apuntando hacia el abeto con una mano y sosteniendo en la otra una fría piña colada. Recordaba que la última vez que la vio ella estaba triste, tendida en una cama de hospital, porque aquel año no había podido ir a ver el abeto gigante iluminado. Aún estando a las puertas de la muerte, él le prometió que el año siguiente, cuando estuviese recuperada, volvería a Miami para llevarla a ver el árbol adornado más grande de la ciudad.

La pérdida de su hermana no acabó IMG_6938.JPGcon la ilusión de seguir celebrando su particular fiesta de Navidad, que concluía siempre con él vestido de Papá Noel entregando regalos a todos los asistentes, dejando el último para cuando los visitantes se habían marchado y la familia se había acostado. Entonces, todavía con el traje de Papá Noel puesto, apagaba todas las luces, incluidas las del árbol de Navidad, colgaba en él las cinco fotos frente al abeto gigante que tenía de su hermana, más una nueva que él hacía para ella con photoshop recortándola de una imagen cualquiera y descargándose por internet el abeto gigante adornado más bonito que encontraba. Colgaba esta nueva foto-collage junto al resto y encendía las lucecitas, apagando sus sollozos con la intermitencia de su recuerdo iluminado.

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