Charas, una vida más

“Buenos días, es hora de pesarse”, era la frase que cada mañana sacaba a las jóvenes de su paseo por Charas y las introducía de nuevo en la gris realidad hospitalaria.

Salían las dos de la habitación, con los ojos legañosos y ojerosos, cabizbajas y mareadas, pues la mitad de los días los pasaban en ayunas. Primero Vero, ya que su cama era la que estaba más cerca de la puerta, en aquella habitación de siete por cinco metros cuadrados. Seguidamente salía Lucía, que se agarraba a las barandillas del pasillo para no perder el equilibrio, ni sucumbir a la flojera de sus rodillas. Entonces se cruzaban en la habitación de la báscula y sus miradas, perdidas y sin brillo, se encontraban para reconocerse en la profunda tristeza que invadía sus días de cautiverio en aquella prisión sin rejas, candados ni esposas.

Eran dos jóvenes pacientes con enfermedades complejas y raras y ninguna de las dos podía suponer que la otra vivía la intensidad de la noche de la misma manera y en el mismo mundo de magia, luz y súper poderes. Aquel mundo nocturno era único y cada paciente lo vivía en función de su imaginación, su fuerza y sus ganas de recuperación. Muchos pacientes ni siquiera llegaban a entrar en él, pues carecían de la valentía necesaria para formar parte del mundo de los sueños a color. Por el contrario, soñaban en blanco y negro y se encontraban cada noche con los mismos médicos y enfermeras, opacos y difuminados, que únicamente se acercaban a ellos para transmitirles noticias de tumores, operaciones, amputaciones, sondas, gritos y dolor. Sin embargo, la juventud de Vero y Lucía y sus ganas seguir viviendo experiencias de todos los colores, olores y sabores, eran la gasolina que noche tras noche las transportaba hasta Charas.

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Ilustración en acuarela de Olga Roca @olga_waterhell

Charas era un lugar pintado a imagen y semejanza de fantasías, sueños y anhelos. Lucía llegaba cada noche a Charas montada a lomos de un unicornio salpicado de colores malva y añil, que volaba y surcaba un cielo completamente iluminado por cientos de miles de estrellas. Y Lucía veía en cada una de esas estrellas una persona que sanaba a cada instante. Si se paraba a contemplarlas podía observar cómo le daban el alta a una persona, que salía del hospital luciendo una enorme y contagiosa sonrisa. Lucía también sonreía con todas esas personas que habitaban las estrellas, y les regalaba un micro relato que escribía ella misma sobre la vida que imaginaba les esperaba a partir de ahora. El unicornio y ella paraban siempre a darse un baño en la playa. Nunca era la misma playa, pero siempre podían disfrutarla los dos solos, sin nada ni nadie a su alrededor. Solo arena, vegetación, rocas y el mar. En Charas también se encontraba a su abuela, que la abrazaba bien fuerte y le enseñaba un nuevo plato para cocinar. Lucía apuntaba todos los ingredientes y los pasos a seguir en la palma de su mano, pero antes de que el guiso estuviera listo para comer su abuela ya había desaparecido. Subida de nuevo en el unicornio Lucía llegaba hasta un gran festival, donde la música unía con hilos invisibles a negros y árabes con fascistas, a lesbianas, maricas y transexuales con practicantes del Opus Dei, a los dirigentes del FMI con los niños hambrientos de Sudán del Sur, a los mandamases de la ONU con los refugiados sirios, a judíos con palestinos y a los estadounidenses con los rusos. Todos bailaban, reían y celebraban la vida juntos, aunque a veces Lucía no distinguía ni la música que impregnaba aquel macro festival de la humanidad en paz. Nada le dolía a Lucía mientras estaba en Charas, así que se dedicaba a disfrutar de aquellos momentos que el sueño le ofrecía y que siempre acababan repentinamente, pero que la llenaban de una energía mágica para continuar luchando por la vida. Nunca recordaba nada de los sucedido en Charas, pero sí podía notar por dentro una poderosa fuerza que impregnaba todo su cuerpo y la empujaba a seguir luchando por sus sueños, a pesar de la delgadez, la fiebre, los pinchazos y las interminables horas, teñidas de lágrimas y dolores.

Vero alcanzaba Charas cuando caía rendida, boca a bajo, en la camilla del hospital, cuando creía que ya no le quedaban fuerzas para aguantar más nauseas. Su cuerpo estaba rendido, sin embargo su mente se relajaba y Vero cada noche entraba en Charas bajo una cálida luz del sol que la acariciaba, tumbada en la proa de un blanco velero, mientras navegaba hacia una isla en la que todos sus habitantes eran artistas. En aquella isla también habitaban sus colegas directores de cine Roman Polanski, Ingmar Bergam, Hitchcock, Woody, Buñuel y Darren Aronofsky. Vero descendía del velero y se unía a las tertulias que los maestros del séptimo arte celebraban en el chiringo, a la sombra de las palmeras, con sus menudos pies hundidos en la blanca y suave arena y saboreando una piña colada, dulce y espesa como sólo allí la sabían preparar. Hablaban de planos, de guiones, de secuencias, de construcción de personajes. Se dedicaban a desmenuzar películas y a crear otras nuevas, dirigidas por Vero. Después ella, cámara en mano, se dedicaba a recorrer la isla buscando y fotografiando localizaciones para la nueva historia que acababa de crear junto a sus colegas. Y paseando, paseando llegaba a otros países, algunos reales, otros imaginarios. Muchos de estos nuevos rincones descubiertos la inspiraban a componer canciones que luego cantaba en el Saint Vitus Bar de Brooklyn, agarrada al micro con su pose trash y su pelo rapado y teñido de platino. Entrar en Charas y hacer realidad sus sueños llenaba a Vero de una energía pura que la curaba por dentro y la animaba por fuera, de manera que cuando despertaba era capaz de batirse con un alien si hacía falta, pues aunque no recordaba que hubiese estado en Charas, sí sentía el poder de la vida que todavía le esperaba allá fuera, tras la monotonía del hospital y la luz artificial del quirófano.

Vero y Lucía nunca pudieron viajar juntas a Charas, pues Charas era la fuerza de cada una de ellas proyectada en sus ganas de superación y supervivencia, pero siempre estuvieron unidas por el milagro de poder disfrutar de muchas más vidas que cualquier persona sana, vidas imaginarias y vidas reales.

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