Café & Co

—Hola, ¿me pones un café solo? Cuando puedas, por favor. Largo —le pidió a la camarera, mirándola a los ojos.

Llevaba tres meses viéndola todos los viernes. Tras observarla distantemente todo el tiempo que pudo, por fin se decidió a hablarle, aunque sólo fuese para pedirle un café. Normalmente pedía en la barra y se sentaba directamente en la mesa más discreta que encontraba, esperando a que el camarero le sirviese lo demandado. Y al entrar y salir del bar, cuando pasaba cerca de donde ella estaba, siempre la miraba tratando de que sus ojos se encontrasen por un par de segundos. Lo tenía hipnotizado, con su largo pelo anaranjado, las pecas de chocolate con leche adornando su nariz, sus sonrosados pómulos y unos ojos verde manzana, que brillaban cuando sonreía.

Al actor le gustaba bajar a ese enorme bar, que tenía dos barras para pedir y que quedaba a tan sólo dos calles de su apartamento. Allí pocas veces le molestaban con peticiones de autógrafos, fotos o miradas indiscretas. Así que los viernes y sábados que no tenía rodaje, se sentaba solo en una mesa a disfrutar de un desayuno energético, con zumo vitamínico, café y yogur con muesli y se entretenía hojeando diarios y mirando lo que pasaba en la calle a través de la cristalera .

—¿No querrás el energético hoy? —se le escapó a la camarera. Ella sabía perfectamente quién era ese chico, aunque él se esforzase por parecer un tipo corriente, ocultando siempre su media melena bajo una gorra.

—Eh, sí, sí, claro —se había quedado sin saber qué decir pensando que ella sí lo reconocía. Las semanas anteriores, al no devolverle la camarera sus insistentes miradas, si no más bien esquivarlas, creyó que no sabía quién era.

—Enseguida te lo llevo a la mesa —le dijo ella, mientras empezaba a preparar una bandeja rectangular con el café y el resto del desayuno.

—Muchas gracias —contestó él, separándose de la barra para buscar una mesa de dos comensales donde no estorbar ni ser estorbado.

En menos de cinco minutos Gisella estaba sirviéndole el desayuno en la mesa. Por último, dejó un platito con la cuenta y se atrevió con un “Que lo disfrutes” antes de girarse para volver hacia la barra.

—Un momento. Siéntate un minuto, ¿puedes?

—Bueno, un minuto supongo que sí.

—Aunque te veo todos los fines de semana, creo que tú sabes más de mí que yo de ti. Es injusto ¿no?

—Jajaja —los mofletes pecosos de la camarera se sonrojaron. Hablar con aquel actor la intimidaba mucho.

—Dime al menos cuál es tu nombre y qué te gusta desayunar —le sonrió, alcanzando a rozarle la mano, tratando de que pareciese algo casual, pero intentando cortar con la absurda distancia de atracción entre sus cuerpos.

—Mi nombre es Gisella. Me llaman Gis ­—contestó ella levantándose de la silla para volver a su puesto de trabajo—. Mi desayuno preferido es café con leche de soja y buena compañía —disparó ella su primera flecha, a modo de despedida. Cogió el plato con el dinero que el actor acababa de depositar y se giró, caminando rápidamente hacia la barra.

—Quédate el cambio, Gis —le gritó el chico, a lo que ella respondió con un gesto de “ok” hecho con el dedo gordo de su mano, pero sin darse la vuelta.

Desayunó tranquilamente y se marchó, pero antes volvió a buscarla con la mirada cuando pasó por la barra. Esta vez sus ojos sí hicieron contacto. Estaba convencido de que había saltado la chispa entre ellos.

Dos fines de semana después volvió al bar, pero ya había desayunado. Eran las doce del mediodía y se plantó en la acera de enfrente a esperarla. Dos horas de espera hasta que ella salió. Iba con la melena recogida en una cola y llevaba una chaqueta de cuadros verdes, leggings y zapatillas negras.

—Gis, hola, ¿qué tal? —la abordó unos metros más adelante— Perdona que te moleste, pero quería verte fuera del bar, si me lo permites.

—Sí, pero todo esto es un poco raro ¿no? —ella estaba extrañada de lo que estaba haciendo aquel chico. ¿No estaría loco? ¿no se le habría ido la cabeza con tanta fama? Lo más fácil hubiera sido que algún día le hubiese pedido su número de teléfono y luego enviarle unos cuantos mensajes para tantear el terreno antes de quedar con ella.

—Sí, sé que todo esto no es normal, pero no sabía cómo hacer para llegar hasta ti. Yo no hago estas cosas nunca porque normalmente me abordan a mí por la calle, y no me gusta nada. No pido números de teléfono, ni doy el mío personal a casi nadie por motivos de privacidad. Así que no se me ocurrió más que venir y esperarte a la salida del trabajo.

—Entiendo…

—Venga, ¿tienes algo que hacer? ¿Tenías planes ya?

—No…no. Bueno…no sé…—contestó Gisella, titubeante y confundida.

—Pues vamos, quería invitarte a un café…y a buena compañía. Aunque lo de buena ya lo decidirás tú luego —él se rió y a ella también le sacó una sonrisa el detalle de la compañía.

Lo cierto es que no tenía mucho más que hacer, o más bien lo tenía todo por hacer, pero cualquier cosa podía esperar, menos la muerte, y la vida. Así que apostó por irse con él, hacer caso a la excitación y expectación que aquel singular plan le planteaba y disfrutar de lo que estaba por venir aquella tarde.

Pasearon por los sitios más turísticos de la ciudad, pues por allí podían encontrar rincones, bares, plazas en las que el actor pudiera pasar totalmente desapercibido y disfrutar de la compañía mutuamente. Tomaron vermú y tapas sentados en una terraza mientras se descubrían el uno al otro. Reían. Conectaban. Se rozaban descuidadamente siempre que la situación se lo permitía. A Gis le ardía la sangre cada vez que el actor le tocaba delicadamente la mano, el brazo, el pelo. Él intentaba parecer cercano, que ella no sintiese que estaba con un desconocido al que todos conocían. Después siguieron caminando y entraron al museo naval. No les interesaba el lugar si no poder seguir juntos sin que nada ni nadie les molestase. Frente al primer submarino de la armada española, un gigantesco pedazo de hierros que Gis se paró a contemplar, él la cogió por detrás, poniendo las manos en su cintura y hundiendo su nariz en la nuca de la pelirroja, que ahora llevaba el cabello suelto.

—Qué bien hueles.

Sentir el calor de su respiración en el cuello le estaba poniendo a Gisella la piel de gallina. Cerró los ojos un segundo. Se giró, lo miró frontalmente, cara a cara, a tan sólo veinte centímetros de su boca. Tan de cerca le encantaron aquellos ojos azul grisáceo, que le transmitieron calma. Volvió a cerrar los suyos y lo besó en los labios. Dejándose arrastrar por la excitación, le pegó un bocadito a su labio inferior. Él respondió a su beso con otro, esta vez más largo y apasionado.

—Ahora estoy como en una nube, jajaja —le confesó el actor cuando separaron sus labios— ¿Y tú? ¿Quieres venir a mi casa? Quiero recorrer todo el cielo contigo, sin preocuparme de nada a nuestro alrededor.

—Me encantaría dar un paseo por las nubes —le susurró Gisella al oído— Vamos —y lo cogió de la mano encabezando el camino hacia la salida del museo.

Cuando llegaron al apartamento del actor, él sirvió dos zumos de piña y encendió el Spotify del ordenador con los altavoces del salón a un moderado volumen. Poco a poco y besando cada milímetro de su piel, el actor fue desnudando a Gisella. Después él mismo se quitó su ropa para empezar a besarla por dentro. Hicieron el amor dos veces seguidas, casi sin hablarse, guiándose por la interpretación de sus gemidos, rindiéndose a sus placeres apasionadamente, sintiéndose tanto que a ella se le saltaron las lágrimas al alcanzar el orgasmo la última vez.

Antes deIMG_1412 que anocheciese Gis ya estaba de camino a su casa, otra vez con los pies tocando tierra. Fue un romance de pocas horas. Un mágico viaje de ida y vuelta a las nubes. El actor siguió desayunando en el bar donde trabajaba Gisella, pero ambos aceptaron que aquello que ocurrió en el momento oportuno, probablemente no funcionaría en ningún otro momento.

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