Segunda vida

Javier vivía con sus padres, su perro y su gata en un chalet de una urbanización a las afueras de una pequeña ciudad. Le encantaba salir los domingos con su padre en bicicleta hasta llegar a las frondosas y verdes montañas situadas a muy poquitos kilómetros de su casa. Allí podía ver águilas, ovejas, vacas, jabalíes y liebres. Vivían todos libremente en un paraje natural único, cuidado y protegido.

Javier estaba a punto de cumplir los nueve años y desde que tenía cuatro sabía lo que significaban los colores de los tres cubos de basura que su madre tenía puestos en la galería. Verde: orgánico; azul: papel y cartón; amarillo: plástico y latas.

En su casa se reciclaba todo. Cualquier cosa que necesitaba la madre de Javier intentaba fabricársela ella misma antes que ir a ninguna tienda a comprarla. De una lata de tomate hacía un lapicero o una lamparita. Siempre que su hijo le preguntaba por qué se debía reciclar todo, ella contestaba “Reciclar es respetar el planeta”. Vista la inquietud de Javier con el tema del reciclaje le prometió que cuando cumpliese nueve años le llevaría a ver el la importancia del reciclaje con sus propios ojos.

Por fin ese día había llegado. Javier cumplía nueve años y al día siguiente empezaría un viaje con sus padres hacia algunos países donde ya se podían observar los efectos de la acumulación de desechos sin reciclar. Sin embargo, la primera parada fue la planta de tratamiento de basuras y residuos de su ciudad. Allí, el encargado acompañó a Javier y sus padres por todo el circuito de la planta mostrándoles cómo se hace la separación de residuos en tres: reciclables, desechos no recuperables que pasarán a convertirse en un material combustible para grandes hornos industriales y, por último, la materia que pasará a convertirse en abono orgánico para la tierra.

—Javier, reciclar es alargar la vida. Cualquier cosa creada en el mundo es potencialmente muchas otras cosas en el futuro ­—le informó el jefe de la planta de tratamiento de residuos a modo de despedida.

Salió Javier de aquel maloliente lugar con una sonrisa de oreja a oreja. Por fin tenía una imagen completa del significado de la palabra reciclaje. Ahora entendía que nada de lo que se depositaba en la basura era en realidad basura, si no que se le daría un nuevo uso, al menos una vez más. Por eso era tan importante la separación de basuras en diferentes cubos ya desde casa.

Javier y sus padres siguieron su viaje hacia el continente americano. Llegaron a Hawaii y cruzaron en lancha el archipiélago hasta llegar a Kamilo Beach, donde las partículas de plástico ya se mezclan con la arena y donde el océano Pacífico vomita cada año toneladas de plástico que arrastran hacia afuera sus olas. Comenzaron a caminar hacia la orilla abriéndose paso entre restos amontonados de plástico. Había tantos desechos no reciclados que Javier pudo distinguir botellas de agua y de detergente, latas de refrescos y conservas, bandejas de plástico y hasta la cabeza de unOcean-Plastica muñeca o un camión cementero de juguete. Toda esta basura se apilaba alrededor de rocas y palmeras, dando de la playa una imagen de cementerio de objetos desperdiciados, olvidados. Pero Javier ahora sabía que todo aquello podría haberse convertido en otras cosas útiles, si en lugar de haberse lanzado al mar se hubiesen llevado a la planta de recuperación y tratamiento de basuras.

—Señor cangrejo, señor cangrejo —gritó la madre de Javier a un viejito y blanquecino cangrejo que corría velozmente hacia la orilla—. No corra tanto, por favor. Mire, he venido desde muy lejos con mi hijo Javier para que entienda lo que es la contaminación de la naturaleza por el uso indiscriminado de los plásticos.

—Está usted en el lugar adecuado, señora —le contestó muy amable el cangrejo.

—Gracias por detenerse a hablar con nosotros. ¿Sería tan amable de explicarle a mi hijo cómo se vive en una de las llamadas playas de plástico?

—Esto ya no es vida. La arena antes era fina y dorada. Ahora me voy pinchando con los microplásticos que se extienden tanto fuera como dentro del mar.

—Pero, señor cangrejo, yo pensaba que las olas expulsaban hacia fuera todas las basuras y plásticos.

—No señora, limpiando las playas una vez al año no se elimina todo el plástico. Los residuos plásticos que llevan danzando años y años a lo largo y ancho de todo el océano van dejando su rastro, soltando microgránulos de plástico de los que se alimentan las partículas que componen el plancton que finalmente yo y otras miles de especies de animales marinos nos acabamos comiendo.

—¿Y vosotros coméis plástico por no haberlo reciclado nosotros? —preguntó Javier sorprendido al señor cangrejo.

—Eso es. Los de vuestra especie no sois tan inteligentes si creéis que desperdiciando todo lo que tenéis porque podéis volver a comprarlo estáis haciendo bien la labor de vuestro paso por La Tierra.

—Y, además de reciclar todas las basuras, ¿podría hacer algo más para mejorar vuestra vida en el océano contaminado? —le volvió a preguntar Javier al cangrejo.

—Diles a todos que viste una playa de plásticos y que si nos sigue llegando tanto plástico al océano, desapareceremos todas las especies marinas más pronto de lo que los humanos imagináis.

—Gracias, señor cangrejo. Así lo haré —levantó la voz Javier para que el anciano cangrejo, ya alejado de la familia, le escuchase.

—Y vuelve dentro de diez años! Te sorprenderá comprobar por ti mismo los efectos de la contaminación en los océanos.

Javier se quedó muy pensativo tras esta última invitación del señor cangrejo. Reciclar era muy fácil y estaba al alcance de todos, sin embargo Javier sabía que la mayoría de sus amigos no reciclaban en sus casas. Darse cuenta de lo fácil que era reciclar y cuidar el planeta y a todos los que lo habitan y ver que no lo estaban haciendo bien le dolía mucho. Era el sentimiento más doloroso y profundo que había sentido en su corta vida.

La siguiente parada de este viaje sobre la importancia del reciclaje fue Manila, en las Filipinas. Una ciudad en la que había crecido tanto la población, y con ella la generación de desechos, en los últimos años que encontraron un río cubierto de basuras y gente, también niños, escarbando y nadando entre todos estos desperdicios. Era como contemplar un lago cubierto por nenúfares, pero en lugar de hojas, las barcas se abrían paso entre todo un manto de desechos ordinarios del día a día del ser humano. Un fétido olor se desprendía por toda la orilla y alrededores del río, algo que los habitantes de allí parecían no percibir. Se acercaron Javier y sus padres hacia un embarcadero en el que acababan de llegar de recolectar desechos reciclables un padre y su hijo.

—Mamá, ¿por qué está toda la basura en el río?

—Pues porque aquí no tienen plantas de reciclaje y tratamiento de basuras como las que hay en nuestra ciudad.

—Entonces, ¿nada de todo esto que se amontona aquí en el río tiene una segunda vida?

—Me temo que no, Javier, pero mejor preguntémosles a ellos.

—Señor filipino, ¿a dónde lleváis toda esa basura que acabáis de sacar del río? —le preguntó Javier al hombre bajito y de ojos almendrados. Tenía toda la piel de la cara cuarteada y la de brazos y piernas escamada y con pequeñas heridas, unas ya casi curadas y otras muy recientes. Todas las heridas estaban al descubierto y, viendo por dónde se movía aquel tipo, entendías por qué tenían esos extraños y violáceos tonos, señal de infección. No llegaría ni a los cuarenta y cinco años, pero se le notaba ya en el ocaso de la vida, pues vivir en un sitio tan altamente contaminado de basuras tenía sus efectos a largo plazo.

—Algunas cosas son para mi casa, para mi familia. Pero casi todo lo vendemos y con lo que sacamos compramos comida y a veces ropa.

—Gracias señor filipino. ¡Suerte!

Javier y sus padres se alejaron rápidamente de aquel putrefacto lugar, pues a pesar de que llevaban mascarillas para evitar respirar los gases desprendidos del deterioro de la basura, la madre de Javier no quería que su hijo corriese los riesgos de la insalubridad de aquel río convertido en vertedero.

—¿Si vives entre las basuras te mueres antes? —preguntó Javier a su madre.

—Claro. En Filipinas el gobierno no se ha preocupado en los últimos años de tomar medidas para el tratamiento de residuos y desechos y, como ha crecido tanto la población, la basura cada vez les come más espacio.

—¿Y es la gente la que recoge los desechos que pueden reciclarse?

—Sí. Muchos son tan pobres aquí que viven de la basura de otros.

—¿Y se morirán por eso?

—Pueden coger muchas enfermedades que acaben matándolos antes de tiempo.

—¿Pasa lo mismo con los peces del río?

—Sí. Probablemente muchas especies pertenecientes al ecosistema del río hayan desaparecido ya. Y los animales terrestres cada vez tienen menos hierbas y frutas que comer del campo, pues la contaminación ha mermado la capacidad de producción de las tierras.

—No me gusta pensar que todos los animales desaparecerán por culpa de la contaminación de las basuras.

No es por culpa de las basuras, es por culpa del ser humano, que no recicla nada, como si todos los recursos, naturales y artificiales, fuesen infinitos.

Javier y sus padres volvieron a casa tras el largo viaje con el conocimiento de saber que si seguimos sin reciclar y despilfarrando materiales y materias primas acabaremos destrozando el planeta y a todos los que en él habitan.

En su siguiente cumpleaños Javier pidió un deseo: “De mayor quiero tener una empresa de reciclaje”.

Con veinticuatro años fundó su primera empresa de máquinas de reciclaje y con treinta dirige Second life on the Earth, un programa internacional de asesoramiento en reciclaje de desechos para los ministerios de medioambiente de los países más pobres.

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