Un monstruo viene a mirarme

Eran las ocho y cuarenta y tres de la mañana cuando Esther llegó a las puertas de la gran superficie de alimentación en la que estaba a punto de empezar su primera jornada de trabajo como encargada de la frutería. A Esther lo que le gustaba era pintar. La pintura y el dibujo siempre le habían apasionado como forma íntima de expresión, pero nunca se había tomado en serio su talento artístico, hasta que le propusieron una exposición en una pequeña galería del centro de la ciudad. Una fecha de inauguración y siete obras todavía por acabar, que se sumarían a las diez que ya tenía preparadas. Fue cuando firmó ese acuerdo de exposición que decidió buscar un trabajo a tiempo parcial que le permitiese tener el dinero necesario para sus gastos y el tiempo suficiente para trabajar sus obras pictóricas.

El mismo día que entró a trabajar intentó saludar y presentarse al mayor número de compañeros posible. Entre todos estos compañeros, también se presentó ante uno de los ‘seguratas’ del establecimiento. Un hombre latino, de rasgos indígenas, piel oscura, bajito y muy cuadrado. Desde aquel día, siempre que coincidían en turno él pasaba a pedirle una pieza de fruta, saludarla, mirarla, entretenerla y decirle que era “su favorita”, como si aquello significase un halago para ella. Los primeros días Esther no le mostró su rechazo, a pesar de que aquel hombre le provocó incomodidad desde el minuto uno. Probablemente por el halo de lascivia que se desprendía de su mirada.

Tras varias semanas de verse comprometida en tener que darle conversación y sonreírle a un tipo que nunca le cayó en gracia y que ya le resultaba pesado, Esther decidió cortar con la situación y comenzar a ignorarlo. Dejó de saludarlo e intentaba esquivarlo siempre que fuera posible.

Él empezó a preguntar por Esther a todos sus compañeros. Se obsesionó con ella y acudía al supermercado hasta cuando no estaba de turno, por si Esther estaba trabajando, y si la encontraba se quedaba mirándola desde una esquina. Ella se daba cuanta de todo, pero lo soportaba. Se sentía intimidada, blanco de todas las miradas de un hombre cuyos pensamientos impuros, con total certeza, le provocarían una inmediata huída de aquel lugar, si no fuese porque necesitaba el dinero que le proporcionaba aquel trabajo. Cuando sus compañeros le comentaron a Esther que el ‘segurata’ les había preguntado por ella, por qué había dejado de hablarle, por su vida personal y hasta les había pedido su número de teléfono, ella comenzó a preocuparse y a pensar si aquel comportamiento, más típico de un psicópata que de un hombre ‘encoñado’, no respondería a un cuadro de acoso personal hacia ella. Había intentado agregar como amigas suyas de Facebook a todas las otras chicas y chicos que trabajaban con Esther para llegar hasta ella a través de todos a través de los lazos virtuales creados a base de cruce de datos y algoritmos con estos falsos amigos comunes. Luego le había hablado a través del chat interno de la red social. Mensajes a los que Esther nunca respondió.

A pesar de empezar a reconocer los hechos que se estaban sucediendo dentro de su trabajo como acoso, Esther le restaba importancia, riéndose junto a sus compañeros del comportamiento anormal del encargado de seguridad. “No te preocupes, jajaja, con la hermana de Rosa y, en general, con todas las jovencitas siempre se comporta como un baboso”, le explicó una tarde su compañero el reponedor. Este comentario, en lugar de tranquilizar a Esther, le dio todavía más más razones para pensar en que el ‘segurata’ era un trastornado, posiblemente obsesivo-compulsivo, probablemente machista.

Esther siguió aguantando las distantes pero sátiras miradas de su compañero hasta el día en que se enteró que le había pedido dos o tres veces fotos suyas trabajando a otro compañero con el que ella se llevaba bien. Obviamente, éste le contó a Esther lo de las fotos porque a él ya le parecía bastante grave que el ‘segurata’ le hubiese pedido este favor. Arcadas le entraron a Esther al imaginar lo que este hombre querría haber hecho con las fotos de haberlas conseguido. Con el estómago encogido y una pelota de golf en su garganta, taponando la salida de su histeria, su disgusto y sus lagrimones, y con todo el valor que pudo acopiar, salió del supermercado y fue al encuentro del tipo. Sola, cara a cara con él, aunque sabía que dentro del supermercado todavía quedaban otros compañeros.

—Que sea la última vez que le vas pidiendo fotos mías a ningún compañero —le soltó Esther a bocajarro.

—Pero ven, Esther, vamos a hablar —la cogió el segurata del brazo mientras intentaba alejarla de la puerta del supermercado. Ella rehuyó y consiguió soltarse de aquella manaza tan áspera y dura como la piel del coco que vendían en la frutería.

—No tengo nada que hablar contigo. O me dejas en paz y dejas de preguntar por mí o tendré que tomar medidas y hablar con tu jefe —sentenció Esther la conversación.

Se alejó hacia la boca del metro pensando que había actuado de manera correcta y que así lo disuaría de su comportamiento de adolescente despechado, más teniendo en cuenta que estaba casado y que nada había ocurrido entre ellos, ni llegaría jamás a ocurrir pues estaban muy lejos de converger en algún punto en común, más allá de compartir centro de trabajo. Para Esther el tema estaba finiquitado. Sin embargo, a los pocos días, su compañero le contó que el tipo le había preguntado que a quién le había contado lo de las fotos, que si se lo había dicho a ella y a quién más, y que lo había cogido fuerte del brazo, zarandeándolo y diciéndole que lo había malinterpretado todo.

—Es que me ha agarrado fuerte del brazo, pero rollo violento. Así que yo he ido a dirección y les he contado lo que yo sé y lo que me ha pasado a mí con él y lo que sé que te está pasando a ti…Supongo que te llamarán para pedirte tu versión, pero vamos que es que yo lo he contado ya porque en realidad me da pena por ti. Que tengas que estar aguantando esto, y aguantándolo a él…por qué…

Tanto la encargada de personal como el jefe de seguridad escucharon la historia que Esther llevaba tiempo aguantando estoicamente.

—Vale. Es que teníamos que oír también tu parte de los hechos. Hablamos primero con tu compañero el reponedor, luego con él y ahora necesitábamos saber tu versión para tomar las medidas que consideremos oportunas —la tranquilizó el jefe de seguridad.

—Yo, como mujer, no habría aguantado tanto como tú, Esther. Y me habría dado miedo un comportamiento así, que no tienes porqué aguantar en ningún momento por parte de nadie, y mucho menos en tu lugar de trabajo —afirmó la encargada de personal con la cara agriada de tener que estar tratando un tema como aquel.

Esther asentía, sin mediar palabra, vacía y con sentimiento de culpabilidad tras contarlo todo.

—Esther, estamos contigo. Estamos para ayudarte, pase lo que pase. Y este tío, que ya nos tiene hartos, va a ir a la calle, porque ya es la gota que colma el vaso. Le hemos dado muchas oportunidades por otras veces que ha metido la pata, pero esto es muy grave. Y nos sabe fatal que lo hayas tenido que soportar durante meses.

—Bueno, esos son los hechos. De los cuales tengo pruebas. Ahora, yo no sé si eso es suficientemente grave para un despido, así que la decisión final, con todas las cartas sobre la mesa, la tenéis vosotros. Yo he intentado pasar bastante del tema, y fui a darle un toque de atención yo misma —intentó terminar la conversación Esther tratando de quitar hierro al asunto.

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Una vez hubo hablado en el trabajo, decidió también contar lo que estaba sucediendo en su casa. La valentía, la independencia y la libertad de la que siempre había gozado y disfrutaba Esther, convertidas ahora en culpabilidad, vergüenza y arrepentimiento, le impedían ver el peligro al que podía verse sometida si despedían a aquel tipo, pues cumplía con casi todos los rasgos del perfil de un posible psicópata machista. A pesar de que Esther se resistía a ir con miedo al trabajo, lo cierto es que hasta que no pasaron meses sin ver que no la espiaba, ni la esperaba a la puerta del trabajo o del metro, ni la culpaba por haber perdido su trabajo, Esther no volvió a recuperar la confianza de sentirse libre y segura andando por la calle. El hecho de saber que cada año cientos de mujeres mueren a manos de hombres obsesionados y posesivos y que a pesar de ser una chica independiente y valiente esta vez le podría haber tocado a ella, se llevó por delante toda la fuerza mental de Esther, que acabó renunciando a su trabajo pocos meses después, al conocer la noticia de otra mujer asesinada por un compañero de trabajo obsesionado con ella.

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