La Pagoda

Hoy trabajaba desde casa, con su cara pálida y ojerosa, rellenando informes y evaluando a las diferentes compañías y establecimientos que confiaban en la empresa de mystery shopping que la empleaba. Ser mystery shopper se trataba de vestirse, comportarse y divertirse como una rica tres días a la semana y vivir como una pobre el resto del mes, pues todo se pagaba por horas. Tres horas por ir a este evento, una hora para visitar dicha tienda y hora y media para comer en tal restaurante. Más una hora por cada informe, que era el cálculo estimado que hacía la empresa para que ella rellenase y evaluase las más de doscientas preguntas sobre el local, el servicio, el equipo de trabajadores, la calidad de los productos, la atención al resto del público, la reacción ante sus exigencias y todo aquello que pudiese ver y escuchar mientras se encontraba en el establecimiento o en la celebración del evento al que hubiese sido destinada. Unas veinte o veinticinco horas semanales a ocho euros la hora, no le daba para acceder al olimpo de los mileuristas. Así que completaba sus semanas pinchando los viernes y sábados por la noche en las sesiones tecno de una conocida sala de fiestas. Le gustaba ver a la multitud sacudiéndose y sudando allí abajo, mientras ella apenas se despeinaba, moviendo arriba y abajo los volúmenes y los tonos, y cogiendo y soltando los cascos de aquella peculiar manera en que los agarran todos los disc jockeys, sujetando uno de los auriculares con el hombro aupado y casi pegado a la oreja, quedando el otro auricular en la nuca, sin llegar nunca a tocar la otra oreja.

Utilizaba el escenario para lanzar mensajes reivindicativos a través de su vestimenta. Se ponía camisetas y tops con mensajes como “Si tocan a una nos tocan a todas”, “No más IVA cultural”, “Tauromaquia abolición”, “Mi comida no grita”, etc. Pretendía dejar el mystery shopping y poder vivir de la música algún día, sólo pinchando y produciendo. Por ello, a sus recién cumplidos veintisiete años, había perdido ya la cuenta de los gerentes de salas, promotores de fiestas, directores de festivales, productores y periodistas con los que se había acostado o a los que, cuando se lo pidieron, les hizo un favorcito en un rincón. Y su momento no llegaba.

—¿Si? —dijo el chico de producción de la sala al descolgar el teléfono.

—Hola, ¿cómo estás? —comenzó ella la conversación, en pijama, desde el salón de su casa, cuando debía estar ya en el metro camino de la sala.

—Bien, dime.

—No voy a ir esta noche, ni la semana que viene, ni probablemente nunca más.

—Pero ¡¿qué dices?!

—Ya me has oído.

—¿Qué dices? ¡Tú estás loca! Maldita mujer…¿sabes cuánto falta para abrir la sala, no? ¡Menos de dos horas!

—Lo siento. Acabo de darme cuenta de muchas cosas.

—Yo sí que me doy cuenta de que eres una grandísima hija de perra!! —le contestó el producer, ahora a voz en grito.

—Muy bien. Seguro que encuentras a alguien que os pueda salvar la noche. Adiós y gracias —se despidió ella sin dejar lugar a más réplica.

Era sábado y se había levantado asqueada de todo. Había estado la mayor parte del día pensando en cómo pasaban sus días, uno tras otro, sin dejar mayor rastro que el del paso del tiempo. Y ella balanceándose en ese reloj, que cuando eres joven pareciera que está parado. Intentando hacer carrera en un sector dominado por los hombres y las drogas. Pero mirando hoy en su interior se había dado cuenta de que quizá sólo le interesaba vivir de la música si con ello podía obtener dinero y fama, ni siquiera  reconocimiento, y por eso había fracasado. Sin ponerle pasión y tan sólo a base de favores, lo que había conseguido era el hartazgo en el circuito de la música electrónica. Una vez se hubo percatado de todos sus errores y desdichas, decidió que necesitaba buscarle un qué y un porqué a su vida. Creyó que para empezar de cero lo mejor sería embarcarse en un largo viaje de catarsis. Un viaje sin billete de vuelta, tan sólo sujeta a la cantidad de días que pudiese estirar sus ahorros.

Tres semanas más tarde se encontraba embarcando rumbo al aeropuerto internacional de Tan Son Nhat, dispuesta a recorrer Vietnam y vivir otro tipo de vida, aunque solo fuese por una temporada.

Comprobó que no podía dejar de observarlo todo con ojos de mystery shopper. En el mostrador de check in y en la puerta de embarque comprobaba si el personal que la atendía llevaba el uniforme limpio y bien planchado; si la saludaban y despedían con una sonrisa; si mantenían la calma ante un incidente, y todas aquellas casillas que ella tenía grabadas en su memoria y que durante mucho tiempo tuvo que rellenar en su fact-check list. Una vez subida al avión observó si estaban limpias, bien colocadas y sin arrugas las telas con el logo que cubrían los reposacabezas de los asientos; si la aeronave estaba completamente limpia y ordenada; si el maquillaje, limpieza y uniforme de la tripulación de cabina era adecuado. En su cabeza todo era hacer comprobaciones a todo lo que tenía a su alrededor, incapaz de relajarse, y hojear la revista que se había comprado en el quiosco de la terminal o el libro sin empezar que cogió para matar los ratos del largo viaje. Quizá la mirada escaner de mystery shopper no la abandonase jamás en su vida. “Qué ascazo”, pensó.

Dos vodkas más tarde pudo empezar a relajarse, olvidando los detalles del servicio de la aerolínea. Se echó la mantita por encima, se acomodó en su asiento todo lo que pudo, cogió su novela y se perdió en la lectura durante horas. Dos aviones, un autobús y un taxi le costó llegar al discreto, pero cómodo hotel. Lo último que tenía reservado en su viaje. A partir de entonces ya se iría encontrando con las cosas, e improvisando soluciones.

—Ahora ya sé que eres libre y que te gusta viajar —aquel chico, español, estaba interpretando el mensaje de su camiseta “Ninguna mujer tiene dueño” y tanteando el motivo de su estancia en aquel pequeño hotel.

Ella levantó la cabeza de su té y se arrepintió de la mala decisión de ponerse sus camisetas con mensajes en español, dando así lugar a este tipo de cosas que, por el momento, nada le apetecían. Sentía la necesidad de estar sola, de no hablar con nadie, de asistir a su propio y continuo monólogo interior. Quería empaparse de aquel exótico país, contemplarlo todo al detalle, conocer la forma de vida de los vietnamitas, y planificar sus rutas según la fuesen guiando sus sensaciones, día a día.

—¿Y? —le contestó ella de mala gana.

—Nada. Sólo pensaba en tomar un té contigo mientras espero.

—Sólo he venido hasta aquí para tomar té conmigo misma y disfrutar de ello. Gracias.

—Ok. Soy el guía de un par de tours que ofrece en Minh Chau —así se llamaba el hotel en el que se hospedaba— Escríbeme un mail o un whatsapp y te explico los mejores sitios de Ho Chi Minh para estar contigo misma.

—Gracias —contestó ella mientras observaba la tarjeta con los tours por la ciudad y el contacto, que él le acaba de dejar sobre la mesa.

Quizá no fuese mala idea, pensó. Hoy quería perderse ella sola, con su mochila y su mapa, por las calle del centro de la ciudad, pero en un par de días puede que le pareciese más divertido que alguien que vivía allí, le mostrase esos lugares mágicos e invisibles a ojos de los turistas.

Setenta y dos horas después de su primer encuentro, le pareció el momento de reservar un tour de media jornada visitando el mercado flotante (comida incluida).

“Hola Pete,

en primer lugar disculpa mi comportamiento y mi brusquedad del otro día. Me apetecía mucho, mucho, estar sola, pero ahora creo que me gustaría reservar contigo un tour de visita al mercado flotante, tienes algún hueco para mañana o pasado?

Estoy en el hotel con conexión a internet. Espero tu respuesta.

Muchas gracias.”

Bajó a la piscina y a su vuelta, una hora después, ya tenía una respuesta del guía.

“Hola,

olvidemos nuestro encuentro del otro día. Tampoco yo debí abordarte. Es una técnica comercial demasiado intrusiva para algunas personas, jajaja.

Lo cierto es que mañana, pasado y al otro ya tengo reservas confirmadas. Pero mañana el tour que tengo es sólo de medio día, por lo que a las 3 podría recogerte para hacer el tour del mercado por la tarde. Invito yo! Y, por favor, llamémoslo paseo.

¿Me confirmas?

Saludos!!”

A las tres en punto ella lo esperaba en el hall del hotel, tras una taza de té. Su camiseta decía “Las pieles para las zorras”.

—Buenas tardes. Ja, ja, ja, la voz de tus camisetas.

—Hola —sonrió también ella.

—Vamos, a las tres y media nos esperan para alquilar la canoa en el río Mekong —dijo mientras salían del hotel, él un paso por delante ella, apresurándola— ¿Preparada para una buena dosis de alimentos y olores exóticos?

Sin decir palabra, ella cogió el casco que él le tendía y subieron a la moto. Era temerario conduciendo. Así lo requería el tráfico de la ciudad. A pesar de que a ella le daba miedo subirse a una moto, cogida de su cintura, notando el aire entrando por cada uno de sus poros, tuvo una sensación de libertad calmada que nunca antes había experimentado en España. Sentía que podía levitar, que si cerraba los ojos se alzaba hacia el cielo y contemplaba lo que hacía en Ho Chi Minh en aquel momento y todo lo que había hecho hasta ahora en su ciudad. Una extraña sensación paranormal que se convirtió en la clave de su vida, pues estaba segura de que aquello era fruto de la esencia que se respiraba en aquel lugar

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Gran Buda Blanco de la Pagoda de Giac Lam

Pasaron aquella tarde juntos en el mercado de Cai Be, probando todo tipo de verduras y frutas, conociendo la historia de sus vidas, entre arrozales, bocado a bocado. Llegaron a besarse, reconociéndose el uno en el otro.

Al día siguiente ella se dirigió a visitar el templo budista más famoso de la ciudad, la gigantesca pagoda de Giac Lam. Pasó cinco horas allí dentro, paseando por los jardines y salas de ceremonias. Respirando el ambiente, llenándose de paz interior, reflexionando sobre sus veintisiete años de vida. Tenía claro que la levitación del día anterior había sido provocada por aquel bienestar que despedía el budismo. A la salida del templo compró dos libros en inglés. Uno sobre la historia de la pagoda y otro sobre el budismo, sus principios y corrientes. Pasó tres días enteros leyendo sobre budismo en su diminuta habitación de hotel, saliendo únicamente una vez al día para comer en el mercado y comprar algo para la cena. Una de las noches la pasó en compañía de Pete, hablando sobre lo que ella estaba aprendiendo de budismo con su lectura y sobre lo que él, que ya llevaba siete años viviendo allí, había conocido y experimentado hasta el momento.

Al cuarto día volvió a visitar la pagoda. A pesar del exceso de turistas, pudo sentarse en los jardines y pasar allí cerca de dos horas, meditando. Sintió que volvía a levitar, una sensación placentera la invadía desde la punta del dedo gordo de su pie hasta la punta más elevada de su cráneo. Empezó a ir cada tarde, y un día se fijó que en cada uno de los pilares del templo había tallada una frase budista relevante. Noventa y ocho pilares, noventa y ocho frases. Todas estaban escritas en vietnamita, así que no entendió una palabra de lo que decían. Las próximas semanas, sin dejar de visitar el templo ni una sola tarde, indagó, descubrió y tradujo todas y cada una de las frases budistas. Eligió cincuenta y nueve, pues al resto, según su parecer, no les encontró sentido dada la cultura occidental en la que había sido educada y la evolución de la sociedad y del ser humano desde que habrían sido concebidos aquellos pensamientos.

Cuanto más conocía sobre el budismo, más segura estaba de que aquel era su sitio. También se rapó la cabeza. No es que fuese a renunciar de todo lo material y dedicar su vida al rezo y la búsqueda de ofrendas, como hacían los monjes, simplemente le pareció un gesto bonito como rechazo a la preocupación de las apariencias, del qué dirán por el que siempre se sintió tan insegura.

Se trasladó al apartamento de Pete y en su terraza comenzó a pintar a mano las frases budistas en camisetas que luego vendía, generalmente a los turistas. No volvió a pisar España hasta pasados trece años desde que fuera a parar a  aquel país. Aterrizar en Vietnam había supuesto la pérdida de su pasado, de sus raíces, para encontrar un presente que le despertaba las ganas de ser y sentir cada día. Ella y Pete vivían con poco. La comida y la ropa eran baratas y el alquiler también, así que con lo que conseguían ahorrar hacían un largo viaje de tres o cuatro semanas una  vez al año. Jamás se comprometieron como pareja, pues sobre todo Pete pasaba temporadas viendo a otras mujeres. Pero ellos nunca entendieron el compromiso del amor como una jaula  cerrada, si no como una balcón abierto por el que se entraba y se salía sin pedir permiso. Vivieron siempre en paz y tuvieron tres hijos, que cuando crecieron emprendieron su viaje hacia la felicidad, instalándose en países occidentales de los que sus padres huyeron hace ya muchos años tratando, como ellos, de llenar el vacío existencial de sus preguntas sin respuesta.

3 comentarios sobre “La Pagoda

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