La fotógrafa de balcones

Su especialidad era colarse de noche por los balcones de todo tipo de edificios. Se colaba con su mirada, a través del objetivo de su cámara, llegando hasta la intimidad del interior, y siempre por la noche, aprovechando la oscuridad del resto de la fachada y la iluminación de la estancia. Dándole al zoom de su cámara se metía lo más adentro que podía y le permitía su posición desde la calle, convirtiendo así su hobby en un apasionado juego, rozando el toque fetichista. Conforme fue fotografiando escenas cotidianas de las veladas nocturnas de familias, parejas o pisos compartidos, se volvió más y más adicta. Salía a fotografiar veladas nocturnas a través de ventanas y balcones, aunque lloviese. Y deambulaba hasta altas horas de la madrugada por todo tipo de barrios, desde los más adinerados, hasta los más pobres o peligrosos. A veces se acercaba también a los barrios dormitorio que colindaban con la gran ciudad.

Esta manera de fotografiar a sus vecinos le estaba dando una visión de cómo eran sus conciudadanos, ya fuesen oriundos del lugar o extranjeros, en la intimidad de sus casas. Ahí, y sin saberse fotografiados, había podido retratar todo tipo de personajes y personalidades. Gente comiendo, fumando, bebiendo, esnifando, leyendo, viendo televisión. Padres jugando con niños. Amas de casa sirviendo los platos. Hombres pegando a mujeres y niños. Madres pegando a sus hijos. Niños forcejeando entre ellos. Lágrimas. Parejas haciendo el amor, tríos, complicidad de compañeros de piso en un sofá. Gente jugando con sus mascotas, normalmente perros y gatos, pero también captó en alguna ocasión a individuos con su iguana, su conejo o su serpiente.

img_7495Lo cotidiano, lo humano, observado a través de un objetivo y sacado de su contexto usual, se puede convertir en arte. Sin duda, ella estaba creando una obra particular y transgresora que a muchos molestaba por inmiscuirse en el derecho a la intimidad de las personas. Más si se le añadía que ella se metía dentro de sus salones o habitaciones a través del objetivo de su cámara.

Se despertaba entre las diez y la once de la mañana. Trabajaba en una lavandería, poniendo lavadoras industriales y planchando camisas de ejecutivos. Era un trabajo gris, nada creativo y siempre la hacía estar sudorosa. Para distraerse ponía la radio a toda caña, pues con el ruido de las lavadoras era imposible escucharla a un volumen menos atronador. Y cada día bajaba la vieja del entresuelo a quejarse de que no oía bien la tele porque le llegaba el sonido de la radio. Suerte que a su jefa, la dueña de la lavandería, le gustaba tanto la música como a ella. Apagában la radio un rato y en cuanto una de las dos se ponía a cantar, volvían a encenderla para seguir con su dura jornada de lavados de la manera más llevadera que podían. Acababa reventada, ganaba lo justo para pagarse un mini-estudio de veinticinco metros cuadrados, la comida y ahorrar un poquito cada mes para, al menos una vez al año, comprarse un nuevo complemento u objetivo para su cámara.

Prácticamente todas las noches, a eso de las once, cogía su mochila con las herramientas necesarias para pasar unas horas fuera disparando a balcones iluminados que dejasen ver algo de lo que dentro de esas habitaciones estaba ocurriendo en aquel momento. Sin duda, era mejor el verano que el invierno para fotografiar mediante su técnica, pues infinidad de balcones y ventanas se abrían al mundo sin la interposición de estores o cortinas. Cuando llegaba a casa, sobre las dos o las tres de la madrugada, seleccionaba una foto buena que hubiese tomado aquella misma noche, la retocaba, sobre todo para oscurecer y emborronar la cara de los protagonistas, y la subía a su blog fotográfico. Poco a poco se fue haciendo con una manada de seguidores, que ya pasaban de un millar. Nada exagerado si hablamos de este mundo de likes y followers, pero los suficientes como para que un día un curioso periodista, nacido en las esferas de la alta sociedad de la ciudad y vividor de la prensa rosa y los cotilleos latentes dentro de esta misma esfera, diese con su trabajo y distinguiese en una de las fotografías a su amiga de la juventud, actualmente casada con el recién elegido presidente del club de fútbol de la ciudad. La foto mostraba a la mujer, con los pechos al descubierto y una braguita de encaje negro, lamiendo el pezón de un hombre, unos quince centímetros más alto que ella, completamente desnudo y con una media melena rubia. La reconoció por el tatuaje de una violeta en el lateral de su cadera, rozando el borde de su cullotte, pues ambos personajes salían retratados de perfil, y el detalle de sus rostros había sido emborronado.

El periodista, antes de hacer ningún movimiento, decidió hacer una captura de pantalla y enviarle la foto a su amiga, para que fuese ella misma quien confirmase que la de la foto era ella y que, efectivamente, le había sido infiel a su marido.

­–¿De dónde has sacado esto? ¿Qué tipo de paparazzis me están siguiendo?…–se notaba la respiración entrecortada de la esposa del nuevo presidente del club de fútbol al otro lado del teléfono.

–Tranquila, Amada, tranquila. No se te ve la cara –contestó reposadamente el periodista intentando que no cundiese el pánico.

–¿Tranquila? ¿Dónde va a salir esto? Aunque no se me vea la cara mi familia me reconocerá, como me has reconocido tu…¿Por qué?…–ella estalló en llanto al pronunciar el último qué.

–En serio, tanquilízate, déjalo en mis manos. Sólo necesitaba una confirmación de este hecho, que no voy a juzgar, y del que podemos sacar mucho partido si jugamos bien nuestras cartas.

–¿Jugar las cartas? ¿Con mi vida? ¡Tú eres imbécil! –se le cortó el llanto en seco.

–Escúchame, la foto es de un blog sin importancia. Por lo visto la ha tomado una tipa que juega a ser la luz de luna entrando por los balcones a través del alcance de su objetivo. Jajaja.

–Pues no le veo la gracia. Esa foto ya está colgada y circulando por la red. Para mi ha empezado la cuenta atrás.

–Créeme, si me dejas lidiar con ello conseguiremos eliminar la foto y puede que una buena cantidad de dinero a repartir.

–Ya sabía yo que sacarías tajada de mi nueva posición antes o después. Como amigo, vale, pero los periodistas como tú sois repugnantes.

Cuando colgaron el periodista llamó a su abogado de cabecera y colaborador habitual para consultar con él acerca de los derechos relacionados con internet y el derecho a la intimidad.

La fotógrafa de balcones se disponía a salir de su casa, una noche más, a la caza de la instantánea perfecta cuando decidió chequear antes los cinco nuevos mails recibidos a lo largo del día, como le indicaba una notificación en su Smartphone. Tres de propaganda, un etiquetado en Facebook y otro en cuyo asunto se leía: “Contacto urgente”. En él, el periodista le explicaba su hallazgo, las consecuencias del mismo y la anotación de su móvil para que lo contactara lo más rápido posible. Pero eran ya las once de la noche pasadas y pensó que sería mejor dejar la llamada para el día siguiente.

¡Hasta cuatro años de cárcel por robarle esa foto! No entendía nada. ¿La iban a demandar? ¿Quién sería ese personaje público? Ella no recordaba que nadie en sus fotos fuese una persona conocida. Si la podía demandar uno de los fotografiados, ¿la podrían demandar también los demás? Tenía que ser una broma…No pudo dormir en toda la noche, repasando las cerca de trescientas fotos publicadas en su blog.

–Estamos hablando de treinta mil euros para que no te demandemos ni el asunto trascienda a la prensa, además de otros quince mil para pagar una agencia de borrado de rastro en internet y que nos gestione el derecho al olvido en Google –sentenció el periodista sin inmutarse, cerrando la conversación que acababan de tener sobre si era un robado fotográfico de la intimidad o tan sólo una forma inocente de trasmitir la vida a través de una obra artística fuera de lo común.

Se quedó sin habla. Se asfixiaba, la tensión le impedía pronunciar palabra sin romper a llorar. Aguantó un par de minutos como pudo. No sabía si pedirle tiempo para intentar conseguir el dinero o mandarlo a la mierda con su amiga, su abogado y sus amanerados modales de periodista del corazón sabelotodo.

Finalmente se levantó de la mesa, sacó de su monedero un euro con cincuenta céntimos que dejó al lado de su caña, todavía por la mitad, y contestó al periodista:

–Mañana te diré algo –dijo a modo de despedida, sin mirarlo a los ojos.

Sin esperar respuesta alguna salió del bar en un estado de shock que le impedía oir nada más a su alrededor. Tan sólo escuchaba el eco de la voz del periodista pronunciando el montante de dinero. Una cantidad de dinero imposible de conseguir para la fotógrafa. Ni siquiera tirando de pequeños préstamos de amigos y familia. “Treinta mil euros para que no te demandemos, además de otros quince mil… Treinta mil…” La fotógrafa de balcones se lanzó a cruzar la avenida sin mirar, absorta en el lío que le acababa de caer encima, cuando yiiiiiiii, pum, crash! un Mercedes M-Class Gran Edition la arrolló a más de setenta kilómetros por hora, antes de subirse al bordillo del volantazo que pegó tratando de esquivarla y estamparse contra una farola. Murieron ambas. Una abrió titulares a la mañana siguiente:Muere en accidente de tráfico la esposa del presidente del club de fútbol”. La otra se convirtió en exposición permanente con sus fotografías colgando por las paredes de la lavandería. El interesado periodista decidió aprovechar la sustanciosa historia cruzada, alimentada por su propio veneno, y convertirla en la premiada novela “La fotógrafa de balcones”.

 

 

 

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