Un día pasa

—¡Chupito!

—No, gracias. Hipertensión Portal No Cirrótica. Idiopática. ¡Salud!

Todos brindan. Y yo observo el ritual, divertida. Tres segundos. Uno para levantar el vasito, otro para tragar el licor y el último para dejar el vasito sobre la barra.

—¿Hipertensión mortal de qué? —me pregunta ella, todavía con la cara desencajada por el efecto del alcohol que acaba de tragarse.

—Jajaja, mortal de nada. Es una enfermedad catalogada como rara, porque afecta a menos de una persona de cada dos mil.

—Ah, ¿y por eso no bebes?

—Claro, yo ya tengo todas las taras de un borracho cirrótico, menos el hígado destrozado, así que no voy a beber para terminar destrozándomelo.

—¿Y qué haces cuando sales?

—Pues beber tónica —sonrío. Es lo único que le preocupa a la gente. Acojonante.

—Tía, yo no sé si podría —sonríe ahora ella.

—Claro que podrías. Si hubieses visto tu vida pendiente de un hilo de sangre hasta desearías que todos los de tu alrededor dejasen de beber, para no acabar cirróticos y pagando las consecuencias de sus excesos.

—Ya… es verdad.

—Chica, no pongas esa cara de pena. A todo te acostumbras. El ser humano fue creado con una gran capacidad de adaptación al cambio. ¿Y sabes qué pasa? Pasa que cuando te vas a dar cuenta ya llevas más de diez años arrastrando una enfermedad rara. Pasa que ya conoces al personal del hospital, y te gusta que te reconozcan y te traten con más familiaridad, porque eso te da confianza y seguridad cuando tienes que entrar en quirófano y te sientes sola y malherida —ahora pongo yo la cara de lástima— Pasa que a cada revisión conoces un rincón nuevo de la planta de especialidad dedicada a tu trastorno o reconoces uno por el que ya pasaste una, dos, tres, demasiadas veces para tu joven vida. Pasa que cada vez que tienes consulta con tu médico deseas con toda tu alma que te diga que ya existe un tratamiento que te curará y que no tendrás que seguir sufriendo pinchazos, tubos, pruebas y más pruebas. Y mientras pasa todo esto, también va pasando tu vida. Y como no quieres que pase tu vida esperando a que pase otra cosa, decides dar carpetazo a la espera y tirar p’alante con todo.

—Sí. Es que no me lo puedo imaginar. Pero supongo que eso debe pasarte.

—Lo que más jode de todo es que una enfermedad rara es invisible. Con un porcentaje tan bajito de afectados, al Estado no le merece la pena gastar demasiados fondos en la investigación para las curas y tratamientos de estas enfermedades. No vende, así que los departamentos de investigación reciben lo justito y luego tienen que andar tirando de fondos europeos y echándole horas de su tiempo gratis en favor de la medicina y la ciencia.

—Qué injusto, ¿no?

dia-mundial-de-las-er—Las minorías nunca le interesaron a nadie a lo largo de toda la Historia.

Finiquito la conversación entrando en el almacén para coger unas cajas de refrescos y cargar la nevera. Me preparo para pasar la noche sirviendo, legalmente, veneno que seguro a algunos de los clientes afectará de manera agresiva, transportándolos desde la discoteca hasta el hospital, copa a copa, ciego a ciego, resaca a resaca. Sirvo el primer cubata de la noche suspirando. Pienso en lo contradictoria y poco ética que puede llegar a convertirse la vida cuando se trata de supervivencia.

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