La Feria de las Maravillas

–No hay nada que me dé más miedo que los payasos. Siempre tratando de hacer reír, pero en el fondo tienen todos un lado de lo más oscuro.

–Ven. Te enseñaré algo mucho más terrorífico –cogió a la nueva taquillera de la mano y la llevó al almacén.

Aquel almacén albergaba desde vieja maquinaria de cine hasta gigantes bolsas con kilos y kilos de granos de maíz para hacer las palomitas. Helena había entrado hacía tan sólo un par de semanas a trabajar como taquillera de aquel antiguo cine, que antes fue un popular teatro de la ciudad, y que actualmente ejercía de ambas cosas, de cine y de teatro. Fue el primero que abrieron, databa de finales del siglo diecinueve. La mala gestión del nieto del primer propietario le llevó a malvenderlo en los años ochenta del siglo veinte a un grupo de ocio, que lo convirtió en un cine, pero que acabó sacándole mucho más partido revendiéndoselo a mitad de los noventa a un romántico historiador, quien ahora elige cuidadosamente todas las funciones y pases de cine para que la programación del mítico teatro sea un referente distinguido dentro de la enorme programación de ocio que a día de hoy ofrece la ciudad.

Helena se levantó de su banqueta del tirón de mano que su nuevo compañero le acababa de pegar y lo siguió, con sus pies apenas rozando el suelo, pues quedaban sólo diez minutos para que abriesen la taquilla y el hombre se apresuraba para que le diese tiempo a mostrarle lo que se escondía en las profundidades de aquel almacén. Detrás de la última estantería se escondía una vieja y raída puerta, encajada, pero sin ningún tipo de cerradura o candado. El compañero de Helena la desencajó con una patada.

–Hay una luz, pero está bajando las escaleras. Agárrate a la barandilla –cogió la mano de Helena y la puso en la barandilla.

–Que no. Que me quiero ir.

–Espera, déjame que te enseñe lo que hay aquí abajo –justo en ese momento se encendió una enorme lámpara colgada del techo. Helena estaba todavía en el segundo escalón. Le quedaban unos doce más para llegar al piso de abajo.

–Jajaja, venga baja –rio su compañero.

–¿Qué es todo esto? –los ojos de Helena ya se habían acostumbrado al hilo de luz que salía de la única bombilla que funcionaba de la lámpara.

Entre las penumbras se podían distinguir tres caballitos preciosos completamente cubiertos de polvo y separados del carrusel, que se encontraba hacia el otro lado de la inmensidad del sótano, tan largo y ancho como la totalidad del recinto del teatro. Su compañero tiró de una enorme tela blanca y aparecieron cuatro coches de choque. Estos sí tenían el lacado brillante y limpio. Eran preciosos, unos cochecitos muy vintage. Helena se quedó boquiabierta mirándolos y acarició la carrocería de uno de ellos.

–Eran ocho coches de choque en la pista. Los otros cuatro ardieron en menos de cinco minutos, calcinando a seis niños y dos adultos.

–¿Qué dices? No quiero saber nada más. Vámonos de aquí.

–Fue en la posguerra cuando empezó a instalarse la Feria de las Maravillas junto al teatro. Y cuentan que una templada tarde se giró una repentina tormenta, con tan mala suerte que un rayo fue a caer en el cuadro de mandos eléctricos de la feria, provocando un cortocircuito que apagó todo el recinto ferial y desató un incendio en los coches de choque, del que no pudieron salvar a ocho personas dada la oscuridad y el pánico que se generó entre los visitantes. Hay trabajadores que aseguran haber escuchado a niños riendo y pidiendo terminar su tiempo de juego en los coches de choque.

–Vale, tenemos que irnos. Tengo que abrir la taquilla –dijo Helena mientras se giraba para volver hacia las escaleras.

–No tan rápido –la cogió él por la camisa– Si los escuchas nunca se lo digas a tu jefe. Los otros trabajadores fueron directos del teatro al sanatorio, y no salieron con vida de allí –sonrió él, abriendo la boca tanto que su sombra en la penumbra le pareció a Helena la viva imagen del demonio. Se soltó de él y salió corriendo escaleras arriba.

Cuando se levantó a la mañana siguiente, Helena puso en el buscador de su ordenador “Feria de las Maravillas Barcelona” y rápidamente obtuvo información sobre la feria, pero ningún diario mencionaba nada acerca del suceso del incendio. Creyó entonces que había sido una broma de mal gusto de su compañero de trabajo y no volvió a pensar en el sótano ni en el incendio hasta que unos días más tarde encontró junto al teclado de su ordenador de la taquilla un recorte de periódico, amarillento por el paso del tiempo, cuyo titular rezaba: “Pesadilla en La Maravillas”. El resto del artículo relataba el suceso y detallaba las vidas de las personas muertas en el incendio, pero lo que más le extrañó es cómo había llegado ese artículo hasta su taquilla. Probablemente habría sido su compañero. Apartó el recorte de periódico y se puso con sus tareas.

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Justo al acabar la jornada, apagó el ordenador y cuando se giró hacia la puerta, allí estaba él, apoyado en el marco, con una media sonrisa aflorando en su cara.

–¿Viste lo que te dejé en la mesa?

–Sí, claro.

–Supuse que te interesaría leerlo.

–Sí, lo que no entiendo es por qué en internet no encontré nada que hablase sobre el incendio.

–Probablemente porque el promotor de la feria era el vicealcalde de la ciudad y tanto él como su equipo se encargaron de amenazar a medios de comunicación y periodistas para que no se informase acerca del suceso ni del mal estado y la poca protección que tenía aquel cuadro de luces desde el que se controlaba todo el circuito eléctrico de la feria. De esta manera el consistorio se ahorró un dineral en indemnizaciones a víctimas y afectados. Sólo un periódico amateur universitario informó de la noticia.

–Mmm –asintió Helena cabeza arriba y cabeza abajo varias veces– ¿Y cómo ha llegado hasta ti ese recorte del periódico universitario? ­–preguntó Helena con apenas un hilillo de voz. Su compañero no le inspiraba ni un ápice de confianza. Parecía como si él mismo estuviese muy enfadado con todo lo ocurrido setenta años atrás. Le ponía muy nerviosa

–Procura no escuchar a los niños –la despidió.

Para llegar hasta su coche tenía que cruzar todo el teatro, por el pasillo del lateral, donde al final del todo se encontraba la puerta del almacén. Pasó por allí andando todo lo rápido que sus piernas alcanzaban y se puso las manos en las orejas, evitando escuchar cualquier cosa. Notaba los lentos pasos de su compañero al silencio de la lejanía del otro extremo del pasillo.

Aunque acababa de comenzar en este nuevo trabajo, Helena se planteó la posibilidad de dejarlo, pues siendo tan poca gente en la empresa, debía pasar demasiado tiempo con aquel tipo de tez oscura, ojos más oscuros todavía, casi se podría decir que eran negros como los cuerpos carbonizados en los coches de choque con los que estaba tan obsesionado. Su barba siempre estaba rasurada para que pareciera que hacía dos o tres días que no se afeitaba y las manos resecas y sucias del frío y de estar siempre en contacto con todo el polvo y la suciedad que le exigían las tareas de mantenimiento del teatro y todos sus aparatos.

Pasaron varias semanas y Helena se fijó en que sus otros dos compañeros de trabajo ignoraban al tipo de mantenimiento por completo, así que decidió investigar sobre él. A través de Google averiguó que era el bisnieto de uno de los dos adultos que murieron en los coches de choque. También leyó que había atacado a una compañera de trabajo hacía quince años, delito por el cual pagó con cárcel y psiquiatría. Cada día que pasaba, su mente se iba llenando más y más de paranoias sobre la feria y cada vez le daba más miedo incorporarse a su puesto de trabajo, sabiendo que en cualquier momento se podía cruzar con aquel esquizofrénico. En cuanto se topó con su compañera de la limpieza, la abordó para saber más sobre la verdad de aquel hombre.

–Hola, eh…aunque todavía no nos conocemos mucho, necesito preguntarte algo.

–Dime.

–¿Es verdad que Rubén, el de mantenimiento, está loco, y que atacó a una chica? Es decir, loco está seguro, con todo eso de las voces de los niños muertos y tal…

–Es él quien los escucha, y el que atacó fortuitamente a una trabajadora. También se ha intentado suicidar, en ese mismo sótano, porque dice que su bisabuelo se lo pide. Esta chiflado, pero se supone que se medica para mantenerse cuerdo y que ya pagó por todo aquello, así que en el teatro lo contratan porque desgrava.

–Gracias. No me dejas nada tranquila ¿Qué hago si es él el que viene a verme con la historia de los niños?

–Ignóralo. Que no te convenza de lo de las voces o te volverá loca a ti también.

–Vale, me tengo que meter en la taquilla ya –Helena se despidió. Tampoco aquella mujer de la limpieza le inspiraba tranquilidad, tan callada, con el pelo siempre revuelto o recogido en moños imposibles, y su ojo derecho estrábico, que nunca sabías cuándo te estaba mirando a la cara.

A su otro compañero y al jefe, propietario del teatro, nunca los veía, pues hacían horario de oficina y marchaban a casa a las cinco de la tarde, así que sólo le quedaba lidiar con aquellos dos personajes y con el oscuro silencio que se generaba dentro del teatro cuando apagaba la última luz y cerraba la puerta trasera, que daba al callejón del parking.

El día de Nochevieja hubo función hasta las nueve de la noche, por lo que hasta las diez estuvieron los camiones de la producción y toda su gente recogiendo escenografía, atrezo y vestuarios. Cuando Helena hubo despedido al jefe de aquella producción y se apresuraba a recoger sus cosas para marcharse corriendo a donde la esperaban sus amigos para cenar y despedir el año, por el rabillo del ojo alcanzó a ver un trozo peluca azul rizada que se escondía rápidamente en el almacén. Se dirigió hacia allí a ver si todavía quedaba alguno de los artistas de la función, pues ninguno más de sus compañeros había trabajado aquella tarde. Entró en el almacén, que todavía tenía las luces encendidas y  en principio no vio a nadie.

–¿Hola? ¿Queda alguien por ahí? –dijo en un tono alto de voz.

Oyó moverse algo tras una gran estantería y quiso dirigirse hacia allí, pero estaba paralizada.

–Jajaja –rio alguien. Y volvió a hacerse el silencio– Jajaja.

–Quien seas, sal de ahí –le advirtió Helena, a punto de llorar del susto que llevaba encima.

De repente, un payaso con peluca azul, nariz redonda y roja, cara blanca y ojos pintados como dos estrellas negras, se abalanzó sobre ella, al tiempo que comenzaron a escucharse risas y voces de niños a lo lejos, provenientes del sótano. “Jajaja, eres un payaso malo, ¿verdad?” “Jajaja, jajaja”. Oía a los niños, y ellos estaban viendo el mismo payaso que ella.

–¿Los escuchas ahora? –le dijo el payaso al tiempo que le una botella de cava para que ella bebiera– A ellos tampoco les gustan los payasos. Vayamos con ellos, veamos que quieren… –Helena notó cómo aquel payaso la zarandeaba y sin darse cuenta de cómo ya estaban allí abajo, rodeados de niños, con sus cuerpos borrosos y desencajados a la vista de Helena. Todos reían y chillaban.

Helena sólo alcanzaba a lanzar pequeños grititos. El payaso le pasó la botella a Helena y se sentó en un coche de choque. Se le había corrido la pintura de la cara en el ojo izquierdo y en los labios, detalle que lo hacía parecer otro espectro borroso más en la penumbra del sótano.

–Ahora vas a tener que matarme. Tu solita. Los niños te lo están pidiendo. Si no te mataré yo a ti y luego me convertiré en la pesadilla de los niños de la Feria Maravillas para siempre.

Helena cogió la botella de cava, la rompió contra una pared y caminó con firmeza hacia el payaso. Estaba tan aterrorizada que notó de repente una sensación muy caliente bajo sus pantalones. Se estaba meando encima. Seguía escuchando el jaleo de los niños por todo su alrededor. Cada vez más fuerte. “Mira lo que has hecho. Qué payaso eres Javi! Jajajaj Déjala en paz” ¿Javi? No le sonaba que el tipo de mantenimiento se llamase Javi. Los niños la estaban defendiendo ahora. “Anda, cogedla, que da miedo, va hacia él con la botella esa apuntándole” Llevaron a Helena para afuera a que le diese el aire. Helena no soltaba la botella. Voces, gritos y risas continuaban por todos lados. Pasearon por la calle llena de bares y discotecas hasta que dos manzanas más abajo giraron a la derecha y Helena se paró frente a un caballito de esos para niños que había justo en la puerta de una churrería, que se preparaba para servir los desayunos de los más juerguistas o los más madrugadores del nuevo año. Se sentó en el caballito y su amiga le metió una moneda de euro para que Helena pudiese continuar su aventura. Fue empezar a sonar la música de aquel tiovivo individual en medio del silencio que les ofrecía esa calle y dejó de oír a los niños. Distinguió entonces a su amiga Carmen y a su amigo Rafa.

–¿No oíais a los niños?

–Jajaja, la fiesta estaba un poco llena de niñatos, pero a parte de eso y de que Javi ha venido disfrazado de payaso, tú has pillado un mal viaje de hongos alucinógenos y te has pasado la noche viviendo tu propia película –le contestó Carmen dando un último sorbo al ron aguado que todavía quedaba en su vaso de tubo de plástico.

–¿Javi se ha vestido de payaso? Hijo de puta.

–Sí, ya sabemos como es. Anda, volvamos a la fiesta, bebe un poco de agua, coge tus cosas y te acompañamos a casa. Mañana trabajas, ¿no?

 –Ni hablar, paso de ese curro. Mañana presentaré mi renuncia. Esta pesadilla es todo culpa de ese compañero tan loco que ya te conté.

–Igual te saldría más a cuenta dejar las setas que el curro, pero eso ya…tu verás…–rieron todos y volvieron a entrar en el local donde dejaron al resto de amigos y donde todavía se podía alargar un par de horas más la fiesta antes que los rayos del sol anunciasen la llegada del primer amanecer del año.

 

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