Silencio

–Si te vas a poner así de triste y con esa cara de ‘revenía’, la próxima vez te quedas en casa, aprendiendo a no quemar la comida –le advirtió Pascual mientras metía la cuarta marcha de su lujoso y brillante coche MG y se incorporaba a la autovía de vuelta a casa.

–¿Por qué te gusta ridiculizarme de esa manera delante de todos? –se lamentaba Muriel, con los ojos vidriosos a punto de estallar en las lágrimas.

–Mujer, eso no es ridiculizarte, era sólo una broma entre amigos –intentó convencerla mientras le levantaba la barbilla para cerciorarse de que no se iba a poner a llorar.

–Pascual, por favor, mira a la carretera –dijo Muriel ya con dos enormes lágrimas surcándole las mejillas.

–Venga, por Dios, Muriel, otra vez la víctima. “Lloro porque me ridiculizas, lloro porque haces bromas conmigo, lloro porque siempre estás en el trabajo y no me haces caso, lloro porque te pones celoso…” –se burló él, afinando su voz para  que pareciese que era ella la que hablaba. –Si no te gusta como soy pues me dejas, y ya está. Anulamos la boda y se lo explicas a la gente –Muriel no podía parar de llorar, cada vez más intensamente, ante las amenazas y el tono violento de su voz –Mira, como no dejes de llorar estampo el coche y a tomar por culo, ¿es eso lo que quieres? Sí, seguro que sí. Tu lo quieres es que yo me mate y te deje en paz. ‘Jag Tup’ –se giró Pascual, otra vez desatendiendo la carretera, para escupir a los pies de Muriel.

superthumbLos cinco minutos restantes de trayecto a casa los pasaron completamente callados. Muriel tragándose el llanto, asustada por la conducción temeraria de su novio. Llegaron a casa y Muriel se metió en la ducha hasta que logró recomponerse. Cuando salió del baño, Pascual se había quedado dormido en el sofá, con el televisor encendido. Entonces respiró tranquila. Sabía que cuando se pasaba con el alcohol se ponía más agresivo en la cama. Cuando estaba bebido siempre le decía que la iba a “follar como a una puta”. La zarandeaba muy fuerte si ella intentaba zafarse de él, dejándole marcas en los brazos, los muslos y el trasero y la ponía a cuatro patas. A ella no le gustaba esta manera de hacer el amor, pero entendía que él en ese momento no iba a atender sus preferencias, y que el whisky se imponía sobre su persona, anulándole toda capacidad de razonamiento. Al día siguiente jamás se acordaba de nada, o no quería acordarse. “Menuda resaca nena, menos mal que estás tu aquí para cuidarme. ¡Cómo te quiero!”.

Hasta aquella noche Muriel había podido esconder las vejaciones en la intimidad de su casa, pero hoy Pascual la había humillado públicamente, despreciándola y reprochándole que en alguna ocasión se le había quemado un guiso o una camisa. “No sé si Muriel es digna de casarse conmigo. Todo lo que toca lo termina quemando. Y yo le tengo mucho cariño a mi ‘pura sangre’ como para que una mujer termine quemándomelo”, soltó mirando hacia su pene, convirtiéndose en el más gracioso entre todos los señores que en aquel momento desprendían un halo de ebriedad y condescendencia alrededor de la joven pareja. Muriel sonrió como pudo y dirigió hacia sus labios la copa de champán, que no pudo evitar beberse de un trago antes de disculparse para ir al baño. Allí, escondida y sentada en la taza del váter, se sintió débil, diminuta, indefensa, quería llamar a alguien para que la recogiera y no tener que volver a la fiesta. Imposible. Eso sería montar el número, tener que dar explicaciones, aguantar la furia de Pascual cuando se enterase. La mataría si se le ocurriese hacer algo así. Notaba como una pelota de tenis dentro de su garganta. Era la fuerza que tenía que hacer para no estallar en gritos y llanto. Volvió a la fiesta y se sentó en el jardín, sola, hasta que Pascual decidió que era hora de marcharse.

Pasó de puntillas por detrás del sofá en el que ahora estaba dormido. Tenía ese pelo castaño claro y su redonda y pequeña nariz salpicada con algunas pecas. Era muy joven, con gran talento para la abogacía y una meteórica carrera por delante. Encantador y educado cuando estaba sobrio, pero el alcohol sacaba lo peor de él, lo embrutecía. La semana pasada Muriel había intentado decirle que creía que tenía un problema con el alcohol. No por la cantidad de veces que se emborrachaba, que también y que cada vez eran más seguidas, si no por su comportamiento cuando iba bebido. Ella se prestó a ayudarle a superar este problema. “Cariño, lo superaremos los dos juntos, como todo. Yo te quiero, déjame ayudarte”.  La respuesta fue un tortazo con la mano abierta y una noche fuera de casa sin dar señales de vida ni explicación o disculpa alguna al día siguiente. Fue la primera y única vez que le pegó.

Pero esta noche Muriel había comprobado que a Pascual ya no le importaba llevar las humillaciones fuera del terreno privado. Y eso a ella le había dolido más que todas las agresiones sufridas hasta ahora juntas. Tener que aguantar y reír aquella humillación fuera de casa, delante de todos y sin poder llorar siquiera, había hecho que Muriel se diese cuenta de que Pascual ya no la respetaba ni la respetaría jamás. Fue entonces cuando llenó una maleta con mucho coraje y algo de ropa, cogió las llaves del coche y marchó sin rumbo y sin mirar atrás. Condujo hasta un hotel y se emborrachó hasta que no pudo tenerse en pie. Quizá al día siguiente no encontrase valor suficiente para enfrentarse a la realidad, sabiendo que él la encontraría fuese a donde fuese. Ante esta incertidumbre, le pareció más fácil subir a la habitación, encaramarse al balcón y despedirse para siempre.

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