El terremoto

Salvó su vida agarrándose al marco de la puerta de su habitación, cuando se dirigía hacia el dormitorio de sus padres, aún con la casa y el suelo temblando. No consiguió llegar. Tras el terremoto, sólo quedó en pie ese marco y ella debajo, agarrada a la madera, cubierta de polvo, con una brecha en la ceja y un pie sepultado bajo los escombros de su casa. Tenía veintidós años. Estudiaba veterinaria en la ciudad y pasaba los veranos en el pueblo con sus padres y el resto de su familia: sus animales. A todos los había rescatado ella misma, algunas veces con la ayuda de su padre, que la acompañaba con el camión a por los animales de mayor volumen. Estaban Lala y Pooh, dos cerdos que sobrevivieron al accidente del tráiler que los llevaba hacia el matadero y que volcó en una curva. Selma era una vieja vaca de diez años, que primero explotó un gran empresario de la industria láctea, y después un pequeño empresario de producto biológico, que tenía su explotación lechera a diez kilómetros del pueblo. Cuando Vera se enteró de que iba a matarla a porque ya no era capaz de dar una gota más de leche la recogió para darle una jubilación digna y un poco de bienestar para lo que le quedase de vida. Tenía las ubres tan usadas que le arrastraban hasta el suelo, por lo que Vera le construyó una especie de cesta con ruedecitas y así podía salir del establo a pastar y tomar un poco de sol y aire fresco. La viejita necesitaba muchos cuidados, pero también era de lo más agradecido. A veces, cuando Vera la sacaba a pasear, veía como sus grandes ojos negros y su pelaje brillaban al sol y era como si la vaca le estuviese sonriendo. Estaba muy desmejorada, pero Vera sabía que cuando le llegase la hora allí moriría plácidamente. También tenían ocho gallos, salvados por su padre de la trituradora por el mero hecho de nacer machos e incapaces de poner huevos, y dos gallinas, liberadas de una granja de gallinas ponedoras a las afueras de la ciudad donde estudiaba. Además, con ellos en casa vivían dos perritos, que sus padres adoptaron cuando Vera cumplió los catorce años, y un gato, que Vera adoptó cuando cumplió los dieciocho. A ella le gustaba celebrar sus cumpleaños así, dando segundas oportunidades a los animales.

–Ni uno más. Os lo pido por favor. No nos llega el dinero para más gastos veterinarios –les suplicó su madre, a ella y a su padre, el día que Vera volvió de la ciudad con las gallinas. Por eso estudiaba veterinaria. Dentro de poco podría curar a los animales y liberar a sus padres de esta carga extra.

–Pero mamá, fue una acción de liberación y concienciación. Ha sido un éxito. Hemos salido en todos los medios –contaba excitada Vera a sus padres con las gallinas sueltas por el recibidor de la casa. –Éramos ocho activistas y cada uno debía coger dos gallinas. Las que nos cabían en la caja de cartón.

–No somos la perrera municipal. Y llevo tres años ya cuidando yo sola de todos los animales.

Minutos después del terremoto, desplomada sobre los restos de su casa sólo podía pensar en sus padres y en sus animales. Empezó a llorar, llamándoles uno por uno a todos, interiormente.

–Señorita, ¿está bien? –oía una voz a lo lejos, sin poder distinguir entre sueño o realidad. Habrían pasado ya un par de horas desde el azote del seísmo. “¿Estaré muerta? No, me duele el pie. Mamaaa, papaaa”, ahora los pensamientos de Vera comenzaban a sucederse cada vez más rápido. –¿Me escucha? Oiga… –continuaba la voz ­­–Vale, voy a cogerla de los brazos, levantarla y sacarla de aquí. Pero tiene que colaborar, ¿me oye?

Entre dos vecinos del pueblo, supervivientes pero magullados, llevaron a Vera a una enfermería improvisada en una tienda de campaña, a la espera de su traslado al hospital en la ambulancia. Allí pasó horas y horas, pues las ambulancias iban llevándose a la gente por orden de prioridad, según la gravedad de las heridas. Le pusieron cuatro puntos en la ceja y una vía para administrarle calmantes y rebajar el dolor de la rotura de huesos en su tobillo, pero no consiguieron que hablase.

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Gatito asustado tras salvarse del terremoto. Autor desconocido

De madrugada un gato se coló por un lateral de la tienda de campaña y subió a su camilla. Era su pequeño Buda, pero la enfermera lo echó corriendo, antes de que el minino pudiese despertar a Vera de la somnolencia causada por los calmantes. Un rato después, Buda lo volvió a intentar sin éxito. Volvieron a sacarlo de allí. La esperó a las puertas de la tienda, hasta que al mediodía vio cómo la sacaban en la camilla y la metían en la ambulancia, cerrando las puertas delante de la atenta mirada del gato.

Tuvieron que operarla del tobillo, y Vera no volvió al pueblo hasta pasados seis días del terremoto, Buda la esperaba a la entrada de la villa.

–¡Buda! Pequeñín. Ayyy, ¿cómo estás? –una semana llevaba Vera sin pronunciar palabra, hasta que Buda le devolvió el habla.

Los operarios de rescate le contaron que el gato había estado día y noche esperándola en el mismo sitio, salvo los ratos en que iba a buscar comida entre los escombros o las sobras que los vecinos le traían. También le contaron que en un establo en ruinas encontraron con vida a una vaca y un cerdo, pero que como no eran prioridad, los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado les pegaron unos tiros, sin más, y acabaron con ellos.

A excepción de Buda, Vera lo perdió todo aquel verano. Tres años después del terremoto, fundó un santuario para seguir rescatando a los animales de las personas y enseñar a los más pequeños el valor de cualquier vida animal, humana y no humana.

 

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