Las sombras del limonero

—¿Por qué ladra tanto Tofu? —se preguntó Julia. Ella y su novio, Sebas, habían salido temprano a pasear al perro y disfrutar del levantamiento del sol, ya otoñal, sobre la isla. “Barf-barf-barf-barf”, el pequeño, despeluchado y viejo perrito estaba parado frente a un montón de algas secas que habían quedado fuera del agua, vomitadas por el Mediterráneo. Tofu no cesaba en sus ladridos “Barf-barf” acercando su hocico para oler la montaña de algas y separándose de él a pequeños saltitos con los que pretendía demostrar su incomodidad frente a aquello que estaba viendo y oliendo. Les miraba y otra vez “barf-barf-barf”, llamando continuamente su atención. Julia y Sebas, que iban por el sendero interior, vigilando a Tofu desde arriba, buscaron en la roca un hueco de fácil acceso a la cala y bajaron a ver qué quería el perro, tal era su insistencia en que vieran aquellas algas.

­—Ya va, Tofu, petardo, ¿qué es eso que se esconde tras las algas, ¿eh? —le preguntaba Julia a su mascota, mientras se acercaba a su posición. El sabio can acercó su pequeño hocico y levantó unas cuantas algas, todavía húmedas, hasta descubrir una manita de niño.

­—¡Ah! —gritó Julia sobresaltada por el hallazgo de Tofu, a la vez que giraba la cabeza hacia otro lado, instintivamente. —¿Qué es eso? ¡Dios! Mira a ver…Sebas —le espetó, incrédula, Julia a su novio. “Barf-barf-barf” —Y tú, Tofu, para. Calla ya. Sienta —le ordenó Julia a su nerviosa mascota, ya al borde de la histeria.

—Apártate, Juls, mira para otro lado. ¡Aléjate! —por dentro Sebas sentía el mismo horror que Julia, pero prefería ser él quien mirase entre el revoltijo de algas salitrosas y malolientes, y descubrir lo que se escondía entre ellas.

Sebas inspiró profundamente, aguantó la respiración y con sus propias manos comenzó a quitar las algas de encima de lo que parecía ser un cadáver. Las cogía con cuidado de no tocar el cadáver. Su propia intuición le estaba previniendo de no dejar huellas sobre el cuerpo inerte para no dar lugar a futuras conclusiones. Le daba mucho asco. Olía a descomposición marina.

—Es un niño, yo no sé quién es, pero tu igual sí. Aunque prefiero que no lo mires. Llama rápido al 112 o a la policía —le dijo Sebas a su novia mientras se sacudía la arena que se le había quedado pegada a las manos y entre los dedos. ­—Creo que está muerto, así que una ambulancia no servirá de mucho. Llama a la policía.

A pesar de que la isla de Tabarca no mide ni dos kilómetros de longitud, la policía tardó veinte minutos en llegar. Era domingo y de guardia sólo había un agente de los dos residentes en la isla, por lo que uno tuvo que despertar y esperar al otro, pues un tema como el que iban a tener que tratar durante las próximas horas requeriría de todo el control mental y el esfuerzo posible por parte de las fuerzas de seguridad.

—¡Coño!, el nieto de ‘La limonera’ —exclamó el inspector Sirvent al observar el cuerpecito sin vida del niño de nueve años.— Hemos de avisar a los servicios de la policía científica de Santa Pola para que vengan con el juez a hacer el levantamiento del cadáver. Encárguese usted, agente Muñoz. Rápido —le ordenó a su subordinado.

Cuando la policía científica llegó a la isla y el inspector Sirvent les puso al corriente de lo que hasta ahora conocía sobre los hechos, marchó junto a Julia y Sebas a la comisaría para que el agente Muñoz les tomase declaración de todo lo que hubiesen visto y hecho tanto esa mañana como durante la noche anterior. Cuando los dejaron marchar eran más de las dos de la tarde. Ya se habían llevado el cadáver hacia Santa Pola para su autopsia pero todo indicaba que el niño no se había ahogado si no que fue estrangulado y arrojado al mar.

limonero ‘La limonera’ rondaba los ochenta años. Nacida en Tabarca. Hija de un pescador y de la lavandera de la isla. Si ahora la población de la isla no llegaba ni a los sesenta habitantes en temporada baja, cuando ella nació no contaban ni la mitad. Eran como una gran familia. En aquellos años llegaba poca gente forastera, y los que allí vivían tampoco se prodigaban en acercarse hasta la península. Apenas los pescadores llegaban con sus barquitas hasta Santa Pola para la subasta de su pescado. ‘La limonera’ no conocía más allá de la provincia de Alicante. Apenas Santa Pola, Elche, El Altet y Alicante capital. Y a casi todos estos sitios había ido ya de mayor, con su hija.

La llamaban ‘La limonera’ porque cuando ella y su marido terminaron de construir su casita de recién casados, ella quería tener árboles frente a la casa para que le dieran sombra, poder sacar ahí su sillita y saber qué pasaba por aquí y por allí con el resto de vecinos. Recolectó durante varios meses huesos de naranjas, mandarinas y limones y un buen día los plantó todos a la vez. Sólo salió a flote uno. El limonero tardó unos siete años en darle una sombra suficiente en la que poder colocar su silla para hablar con quien por su puerta pasaba. Aquel limonero le daba tal cantidad de limones que se le ocurrió poner un puesto de limonada fresca para vender y ofrecer a los vecinos y curiosos que ya se empezaban a dejar caer por la isla. De vender limonada a vecinos pasó a hacer negocio también con la tortilla de patatas primero, y luego fue sumando otras especialidades como tortilla de calabacín, pimientos o atún. Y así se erigió en la primera restauradora de la isla. Sin embargo, su sueño no era el emprendimiento empresarial, si no crear una gran familia. Y cada dos por tres se le venía un nuevo aborto. Finalmente desistió y un buen día, casi a punto de cumplir los cuarenta años, volvió a quedarse embarazada y, esta vez sí, salió hacia delante.

—Señora Cano, venimos para hablarle de su nieto. ¿Sabe usted dónde está?

—En la playa. Por ahí…Ya sabe, en una isla tan pequeña ahora mismo puede estar en cualquier punta —‘La limonera’ actuaba como si le hubiese visto hacía un rato. Sin embargo, el agente Muñoz sabía que, como mínimo, la última vez que había visto a su nieto habría sido ayer, por la tarde o noche. Al agente le sorprendía que la señora no estuviese sobresaltada y preocupada por su nieto. Por cómo le contestaba le parecía que ella estaba viviendo en otra realidad.

—Señora Cano su nieto ha sido hallado muerto esta mañana temprano a orillas de la cala de los turistas —llamaban así a la cala más grande y con mayor afluencia de turistas durante la época estival.

—¿Mi nieto? ¿Está usted seguro, Muñoz? —le sonrió la vieja.

—Su hija está de camino hacia Santa Pola para la identificación del cadáver. Pero yo tengo que pasar ahora junto con estos otros agentes de la policía científica para registrar su casa y hacerle a usted unas preguntas, ¿nos permite?.

­—¡Pero bueno! ¿Qué han hecho con mi nieto? —gritaba ‘La limonera’ en la puerta de su casa, intentando impedir el paso de los agentes.

—Señora, hemos de entrar en su casa. Ábranos el paso o tendré que esposarla y detenerla.

–¡El xiquet mort! ¡Ay, dios mío! ¿Por quéee? —continuaba chillando la anciana, nerviosa, mientras se derrumbaba en brazos del agente Muñoz. La mayoría de vecinos se habían congregado alrededor de la puerta de ‘La limonera’, curiosos, preguntándose unos a otros qué pasaba.

Avisado por el agente Muñoz, el inspector Sirvent acudió rápido a la casa de ‘La limonera’ para despejarla de vecinos e intrusos e instó a la muchedumbre que le acompañase a comisaría para declarar. Aunque les tomaría declaración individual, todos debían permanecer en la sala de espera, en silencio, para evitar la elaboración de posibles coartadas, ahora que ya tenían confirmado desde Santa Pola que había sido un asesinato.

limonero2Por aquellas alturas de año, en Tabarca ya sólo quedaban los residentes en la propia isla, acompañados de tres turistas de fin de semana. Una pareja de jubilados alemanes, atraídos por las altas temperaturas y la calma de aquel lugar y un estudiante de ciencias marinas al que se le había antojado pasar un fin de semana alejado del bullicio de la ciudad y de la fiesta nocturna para disfrutar de unas aguas perfectas para la práctica del snorkle y un bello fondo marino para la captura de fotografías subacuáticas.

Había caído la noche cuando el inspector Sirvent terminó de tomar declaración a todas las personas que en aquel momento se encontraban en la isla, excepto a ‘La limonera’, quien había sido interrogada en su propia casa por el agente Muñoz. Releyendo y dando vueltas a todas las declaraciones, el inspector Sirvent no encontraba indicios de delito, ni contradicciones sospechosas en ninguna de ellas. Quizá era la cercanía para con todos los vecinos lo que le impedía pensar fríamente en que alguno de ellos podría ser el asesino del nieto de ‘La limonera’.

Necesitaba un descanso, comer y reponer algo de fuerzas para poder volver a pensar con claridad. Entonces apareció el agente Muñoz.

—Inspector, hemos detenido a ‘La limonera’.

—Respeto a la señora, agente Muñoz, que estamos de servicio —lo reprendió mientras se levantaba de su escritorio.— ¿Por qué está detenida la señora Cano? ¿Y por qué no la has traído hasta aquí?

—Primero nos impidió el paso a su casa, luego se quedó en shock. Ha sido un interrogatorio muy difícil.

—No son motivos suficientes para su detención, agente Muñoz. Nos abrirán expediente desde la central de Santa Pola. Joder, hemos de ponerla en libertad cuanto antes —el inspector se dirigía ya hacia la puerta de la comisaría, tirando del brazo del agente Muñoz. —¿Y por qué narices no la has traído aquí?

—Escúcheme, inspector, los de la científica creen que ella es la asesina por el rastro de magulladuras y hematomas visible en los dedos de sus manos. Un esfuerzo tal para una mujer tan mayor ha dejado huella. Hemos de llevarla detenida a Santa Pola para que un médico forense examine sus marcas a fondo.

—¡Dios Santo! Dime que esto no está pasando aquí —clamó, levantando la mirada hacia el cielo, el inspector.

—La señora Cano no recuerda nada. Creemos que, además de la demencia senil, ha podido sufrir enajenación mental transitoria. De todas formas, esto lo aclarará mejor el forense. Si los hematomas de sus manos se originaron a la misma hora que los del niño, probablemente sea culpable.

—Queda confirmado. Los hematomas de la señora Cano le salieron a la misma hora que los originados en el cuello del niño. Sé que es una tragedia, inspector, pero ahora debería conseguir una confesión en firme y acabar con el tema lo más rápido posible. La prensa va a empezar a llamar en breve. Lo mejor será ‘despejar la X’ cuanto antes —le recomendó el forense mientras salían del despacho del inspector jefe de Santa Pola.

—Yo la interrogaré, inspector Sirvent. Mejor será que se quede del otro lado del espejo. Su empatía con la señora Cano podría jugarnos una mala pasada —le indicó, con muy poca sensibilidad, el inspector jefe de la Comisaría Central de Santa Pola dirigiéndolo fuera de la sala de interrogatorios.

—Está bien. Lo maté yo, pero deje de decir que mi nieto está muerto. Pobre xiquet —se derrumbó finalmente ‘La limonera’, tras una hora dando vueltas a todos los pasos que había dado durante la tarde y la noche anterior. —El meu xiquet està en l’Amparo, a València. Y yo, como nunca le perdoné a mi marido que tuviese más hijos por ahí con la Reme que conmigo…Porque él no me ayudó a conseguir una familia grande, ¿sabe usted? Él prefería a la Reme. Vaya, toda la isla lo sabía. Cornuda y  ‘apaleá’ toda mi vida. Pero, oiga, la venganza se sirve fría y yo no quiero acabar mis días al lado de esta maldita persona, que me hizo sentir miserable y sola todos y cada uno de los días. Y ayer…cuando me dijo…el muy jeta…que salía con la Reme, que se iba con ella a buscar cangrejos…Buuuuh! Se me calentó demasiado la sangre de las venas y…primero ¡pam! un sartenazo con toda la fuerza que pude y cuando ya estaba en el suelo…lo cogí por el cuello y apreté y apreté hasta que dejó de respirar —relató fríamente los hechos  ‘La limonera’ con orgullo, como sintiéndose la protagonista de una novela negra que estuviese contando a sus vecinas.

El inspector jefe de Santa Pola y el resto de agentes tras el espejo espía de la sala estaban atónitos. Tenían una confesión total, con todos los detalles del cómo y porqué. Sólo que la asesina confesa había matado a otra víctima, sin ser consciente.

—Señora Cano, su marido murió el pasado veintisiete de febrero del año 2013. Cáncer de hígado. Su nieto Javier Carratalá Soler se encontraba con usted ayer sábado, pasando el fin de semana, cuando le dijo que iba coger cangrejos con Reme, la nieta de Remedios, con quien su marido, según usted, tuvo un affaire. Todo indica que usted, envuelta en un proceso de enajenación mental, confundió a su nieto, y lo que éste le decía, con su difunto marido, arrebatándole así la vida al pequeño —el inspector no podía creer la pasividad de ‘La limonera’, quien todavía no se había inmutado desde que terminó su relato. Con la mirada de la vieja perdida en el horizonte, el inspector jefe no podía saber si la señora estaba entendiendo la realidad e importancia de los hechos.

Por su edad, ‘La limonera’ jamás pisó una cárcel para cumplir condena, pero se pasó el resto de sus días en un sanatorio, atiborrada a pastillas y sola, pues su hija jamás pudo perdonárselo y no acudió nunca a verla. Ni siquiera fue a darle un último adiós. La incineraron por orden del director del psiquiátrico.

El peso de la culpabilidad cayó sobre el matrimonio de Amparo y su marido, haciéndolo añicos. Amparo vendió la casa del limonero a una pareja de alemanes que la convirtieron en un Bed & Breakfast y ella marchó a vivir a Estados Unidos. Nunca pudo volver a trabajar pero el yoga y el sexo la salvaron de acabar ella también en tragedia. Allí nadie sabe de su pasado y vive discretamente. Cuando le preguntan porqué no tiene una familia, ella siempre contesta: “La familia es una estructura social arcaica y obsoleta. Prefiero la poligamia. Sin hijos. Y acabar así extinguiendo al lobo humano”.

 

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