La rumba del dinero

Mientras escuchaba de fondo el debate parlamentario de investidura, Rayito se preguntaba en qué cambiaría su vida mañana si elegían a aquel tipo presidente del país. Nada. Probablemente no cambiaría nada con éste o aquel presidente. No hacía zapping porque en todas las cadenas, públicas y privadas, estaban echando lo mismo. Le hastiaba el tema de las elecciones. Tras dos votaciones, con resultados bastante similares repartidos entre los cuatro partidos que actualmente aspiraban a pillar su parte del pastel, y los políticos de turno, corruptos, investigados o de nueva política, insultándose elegantemente unos a otros, sin siquiera debatir acerca de cualquiera de los principales problemas del país, que no eran pocos en estos momentos.

Su vida mañana consistiría en lo mismo. Levantarse, coger su guitarra, componer, buscar bolos, enviar decenas de correos electrónicos y realizar llamadas de seguimiento a los sitios a los que previamente había enviado su material. Por la tarde buscaría el mejor rincón de la ciudad, según el día de la semana era mejor ir a un barrio u otro, para cantar y ganarse un sueldo al día. Para él cada jornada era diferente. Unos días le iba bastante bien y podía volver a casa con más de sesenta euros. Otros días no llegaba ni a quince. O venía la guardia urbana y le invitaba a abandonar el lugar por las quejas vecinales. Vivir al día. Así era su vida. Él era músico, pero conocía a bailarines, dibujantes, actores, poetas, acróbatas. Todos ellos carecían cualquier tipo de ayuda estatal. Las administraciones locales o regionales tampoco les apoyaban en el desarrollo de su carrera artística, así que la mayoría malvivían de sus actuaciones en la calle. Si se subiese a la rueda del sistema y se hubiese convertido en un autómata más, escondido tras la carcasa de camarero, dependiente o teleoperador, entonces podría contar con un sueldo fijo, pero como decidió apostar por su talento, el sistema le daba de lado, lo estaba convirtiendo en un loco desgraciado sin oficio ni beneficio.

rumbaok

Ese mismo día de la cuarta investidura fallida de presidente, mientras Rayito componía una nueva canción, los noticiarios anunciaban que el gobierno en funciones proponía para un alto cargo del Banco Mundial a un ex ministro dimitido por mentiroso y por haberle pillado evadiendo impuestos con sociedades off shore. Doscientos cincuenta mil euros limpios al año se iba a embolsar el colega, decían los periodistas en la tele. Cómo sería vivir con todo ese dinero, se preguntaba Rayito en la oscura soledad de su habitación, con vistas a la galería de la lavadora. Ni él ni nadie de su familia habían contado jamás ni siquiera con un sueldo la décima parte por debajo. Escribió sobre el dolor que conocer esa noticia puede provocar a toda la gente que como él sólo contaban con una habitación de alquiler, y las cuatro cosas que en aquella habitación cabían, y a los padres y madres de familia, con críos a los que a veces han de negar la merienda porque han de elegir entre darles de merendar o de desayunar, y que, además, necesitan pluriemplearse para llegar a fin de mes y pagar las facturas. Qué sabría esa gente que veía en la tele lo que era aguantar…Con toda la rabia que le corría por la sangre en aquel momento compuso una rumba a la que tituló “La rumba del dinero”. En ella comparaba la diferencia entre las dos realidades,  la suya y la de aquel tipo, al ritmo del ventilador de su guitarra. Sin duda, ambos vivían en la misma ciudad pero en mundos diferentes.

Con un viejo coche que le regaló su padre, Rayito se recorría kilómetros y kilómetros de carretera, tocando en todo tipo de locales, bares y salas. Cualquier sitio era bueno, siempre que le pagasen y que no tuviese él que llenarles la sala y promocionarles su local. Llegaba, instalaba su mini equipo de sonido, probaba, cenaba, tocaba, desmontaba y vuelta para casa. Si estaba muy lejos y no le quedaba otra que dormir fuera de casa intentaba que las noches acabasen oliendo a alcohol, hachis y sexo. De esta manera se ahorraba el alquiler del hostal o la pensión de turno. Al día siguiente cafelito, un par de selfies, intercambio de teléfonos, pastillazo para la resaca y vuelta a la carretera. Casi siempre viajaba solo, pero si el presupuesto era elevado y pagaban bien, a veces le acompañaba un amigo suyo guitarrista. Entonces era mucho más divertido, pues el viaje de vuelta se lo pasaban comentando las jugadas de la noche anterior y, sobre todo, analizando a los distintos personajes con los que se cruzaban. Yonquis, pequeños empresarios, aspirantes a manager, músicos con egos más grandes que su sombra, periodistas locales con aires de Tony Wilson, aspirantes a grupies…Una vez hasta tocaron en una fiesta privada para unos ministros y altos cargos de un país del lejano oriente. Vivir de la música también tiene esa parte fea y necesaria, como en cualquier otro oficio, que es tocar para quien sea que te contrate. Ofrecerle lo mejor de tu música a aquel gilipollas que se te ha atravesado y hacerle pasar tan buen rato que quiera volver a verte en directo.

En una ocasión, Rayito se cruzó a un señor que tenía una agencia de management y producciones de espectáculos y se dedicaba a montar shows en bares y restaurantes de polígonos industriales. Allí, este tipo, que cuando montaba un espectáculo le gustaba vestirse con su traje de raso brillante, dos o tres tallas más grande de lo que necesitaría para su esmirriado cuerpo, llevaba a sus diez o veinte artistas, todos jóvenes con la ilusión de hacer realidad su sueño, les ponía unas tapitas y unos panchitos en platos de plástico, en un reservado del comedor, y les prometía que la próxima vez les recogería en limusina. Y no se cansaba de hacer esta afirmación. Luego los ponía a cantar o a bailar, según la especialidad de cada uno, y de cobrar ya hablarían otro día, porque esa noche el restaurante no se había llenado como esperaban. A pesar de que Rayito tocó en sus shows y para su gente un par de veces más, nunca consiguió que le recogiese en limusina. Todavía tuvo tiempo el manager de prometerle que también cantaría en alguno de los castillos en los que él y su agencia se encargaban de la programación.

Además de las mil anécdotas y gente diferente que conoció a través de la música, también se encontró con gente normal, humilde, currante de verdad, y que le ayudaron cuando estuvo listo para grabar su primer disco. No encontró ninguna subvención ni patrocinio, así que lo pagó todo de su bolsillo, en una apuesta por él mismo. El disco se lanzó con el título “Mi Universo” porque a través de sus canciones, Rayito contaba todo tipo de experiencias vividas en lo que para él era su particular universo vital. Una joven y corta vida, ligada desde los siete años al cante y a la guitarra, y todas las sensaciones que la música le había proporcionado hasta entonces. Era un disco bastante diferente a lo que se escuchaba en las grandes emisoras de radio comercial, sobre todo por el tipo de letras. No hablaban de amor, desamor, ni de estrellas, sino de su relación con las melodías que emitían los distintos instrumentos musicales, cómo la música era capaz de cambiar su estado de ánimo o cómo podía viajar a cualquier lugar en cualquier momento con tan sólo escuchar unas notas saliendo de su guitarra. Cuando lo veías cantar sus temas, Rayito era capaz de sumergirte en su movida gracias a la forma que tenía de expresarse encima de un escenario. Se podría decir que había nacido para estar ahí arriba, cantando sobre el escenario, sin nada más de lo que preocuparse.

El de arriba del escenario y el de abajo eran dos personas totalmente diferentes. Si no podía cantar era un joven deprimido, que se sentía desgraciado porque tenía que hacer las cosas que hacen todos los mortales para continuar en la carrera de la vida. Sin embargo, cuando se subía a un escenario tenía la capacidad de iluminar con su voz toda la oscuridad galáctica que se le viniera encima.

Mucha gente, incluidos amigos y familiares de Rayito, no eran capaces de asimilar esta bipolaridad del cantante. Como todo genio, de Rayito también podríamos decir que estaba loco, literalmente loco. Desaparecía y de repente te enterabas que estaba de gira por Alemania, Portugal…Todos sus bolos los conseguía él mismo. Bueno, su carisma. No era alto, ni guapo, pero tenía gracia y la suficiente humildad como para meterse a cualquiera en el bolsillo. A las mujeres las volvía locas su manera de ser y de moverse. Pero también era capaz de ‘meterse en el bote’ a los hombres. Este ‘ángel’ que Rayito poseía, acompañado de su potente voz y su talento para la música, fueron las cualidades que un día, al tercer disco grabado, encendieron la chispa de un ejecutivo que lo escuchó a través de una plataforma digital de música, hizo que su secretaria contactase con él y, tras localizarlo, decidió viajar hasta donde Rayito se encontraba para escuchar su directo. Como era un directo en acústico, el ejecutivo le propuso tocar con una banda al completo en un festival en el que su discográfica ya participaba con otras bandas. El trato era tocar gratis en este festival y si encontraba el espectáculo todo lo potente que él esperaba, firmar contrato al mes siguiente, grabar nuevo disco y marchar para lanzamiento, promoción y tour en Perú, Colombia y Méjico, mercados musicales al alza y hambrientos de jóvenes talentos.

Rayito tenía treinta y un años cuando todo esto sucedió. El primer disco grabado con aquella discográfica fue muy bien. Fue divertido, hicieron un tour gigantesco de catorce meses, tocando hasta en Puerto Rico y Miami. El segundo disco se lo tomó ya como un mercenario, que tenía un trabajo que era grabar y cantar ese disco, tocando en cuanto podía cosas totalmente diferentes en pequeños y oscuros antros. Ya era una estrella y tocaba gratis porque sólo quería poder ser él mismo. Tenía demasiada personalidad para que le escribieran lo que tenía que cantar. Tras cuatro años en Latinoamérica, un día desapareció. En principio su agente pensó que lo habían secuestrado, pues se negó a llevar escolta a pesar de su creciente fama, y que enseguida tendrían noticias de los secuestradores pidiéndoles dinero para su rescate. No fue así, siete años después de su desaparición se conoció a través de los medios de comunicación que vivía en Haití. Allí había repartido gran parte de su fortuna entre sus vecinos para que pudiesen realizar sus sueños y emprender sus propios negocios. Construyó una escuela de música y enseñaba a tocar la guitarra y cantar a todos los niños que se sentían atraídos por este arte. Cuando supieron de su paradero y volvió a estar localizable, intentaron tentarle con una vuelta a los escenarios, contando su nueva experiencia. No aceptó. Nunca más se subió a un gran escenario, pues se había dado cuenta que la música para él no era un negocio. Era un don que le permitía ser libre y feliz.

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