Selångersån

Los bosques se iban cubriendo con un manto de pura y brillante nieve conforme el tren recorría kilómetros hacia el norte del país. Eran casi cuatro horas de trayecto desde la Estación Central de Estocolmo hasta Sundsvall, que podría haberme ahorrado cogiendo un avión, pero quise hacer este recorrido como lo hice la mayoría de las veces mientras estuve viviendo en esta bonita ciudad sueca. La entrada en Sundsvall por la estación fue el primer paso de mi enfrentamiento al recuerdo. Un nostálgico recuerdo que siempre llevaremos con nosotros los que vivimos juntos aquel curso.

A pesar de que era noviembre y en Barcelona empezábamos a ponernos la chupa, como aquel que dice, allí había ya dos palmos de nieve. Bajé del vagón y mantuve mis pies hundidos en la nieve durante varios segundos, recuperando sensaciones mientras inspiraba el helado aire de la ciudad. Eran más de las ocho de la tarde y la oscuridad y el silencio lo envolvían todo. Sin darme cuenta, los pasajeros que bajaron conmigo del tren se esfumaron rápidamente. Todos. No quedaba nadie en el andén, ni en la pequeña estación donde están las taquillas y la sala de espera. Salí afuera. Había dos taxis. Pensé en coger uno que me llevase hasta el hotel, pues la sensación de soledad en aquel momento me estaba encogiendo el estómago, pero el Quality Hotel no estaría a más de veinte minutos andando. Había reservado habitación en el mismo hotel en el que me quedé con mi madre ese mes de agosto, hace ya más de nueve años, cuando vine a cumplimentar mi matrícula en la Mittuniversitetet. La verdad es que sentí lo mismo entonces. Soledad, nervios. Desde luego, Sundsvall no es buena en las bienvenidas. Tanto la primera vez que la pisé como en esta última parecía una ciudad fantasma. Por suerte ahora ya sabía que no era así.

Me quité los guantes para sacar y preparar la cámara. Mis manos no tenían la misma soltura manipulando cosas con los guantes que cuando vivía allí. Comencé a caminar. Bajo la anaranjada y tímida luz de las farolas, empecé a reconocer algunas calles. La primera fue Köpman227807_6339370687_6946_ngatan, en cuyo edificio rojo y de líneas rectas había un apartamento al que fui a morir decenas de noches al calor de un frío amor holandés. Podía ver sus intensos ojos azules, sin siquiera cerrar los míos. Estar plantada delante de la puerta de estos apartamentos me devolvió hasta su olor. Crucé la calle para tomar una foto con un poco más de apertura.
Continué caminando absorta en mis pensamientos. Se me amontonaban los recuerdos. Sonreí cuando vi el río, ya helado, al menos en su capa más superficial. Siempre me han gustado las ciudades con río. Me encantaba cruzarlo casi a diario. Aunque el hotel quedaba del lado de la ciudad en que me encontraba, me apeteció cruzar el puente, como en aquel año, simplemente para disfrutar de tan linda sensación. Intenté contener las lágrimas. Era el momento de encontrar el hotel.

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