Tacones lozanos

Era un martes a finales del mes de julio y un golpe de calor azotaba la ciudad por aquellos días. Andaba por la calle una señorita de mediana edad, todavía joven como para tener hijos, pero demasiado mayor para tratarse de una estudiante. Iba muy bien vestida, con su larga, castaña y reluciente melena; su *clutch brillante y recién adquirido para lucir esa temporada y sus finos, altos y elegantes tacones.  Pisaba fuerte y con la barbilla bien erguida, mientras caminaba a paso rápido y sin mirar hacia ningún punto en concreto, absorbida en sus pensamientos.  Dueña de su soliloquio interno, de repente su paso firme se tambalea, se dobla un tobillo y cae al suelo. Vuelve a la realidad de la calle, dolorida, avergonzada y mirando hacia todos lados, a ver quién ha podido ver su caída. Intenta disimular, pero él venía observándola y se había percatado de todo. Casualmente pasaba por allí con su bicicleta, cargada la cesta de panes para su reparto. Se detiene al verla desplomarse en plena calle como una masa de pan sin hornear de buena mañana. Desde que hace seis años aterrizó en la ciudad dejando a tras su anhelado Mar del Plata natal, se había fijado que en España las chicas usan demasiado los tacones para andar a diario a hacer los quehaceres de la rutina diaria. “¡Qué incómodo, por Dios! ¡Qué capacidad de equilibrio sobre aquellas agujas en unos adoquines tan difíciles para caminar con tacones como eran los de aquella ciudad” ­– pensaba siempre Matías. De profesión panadero, aquí le tocaba amasar pan cada mañana, para descansar después mientras se horneaba y hacer el reparto por todos los restaurantes clientes antes de las doce del mediodía. En Argentina se dedicaba más a la gloriosa elaboración y creación de bollos y pastas rellenos de dulce de leche, algo que aquí había dejado para las celebraciones con amigos.

– ¿Está bien, señorita? ¿Se lastimó? –le pregunta Matías una vez ha parado la bicicleta y ha subido a la acera donde la señorita se encuentra sentada con las piernas cruzas y estiradas, revisando el tacón para descartar que se haya roto del todo y le toque ir de urgencias a comprar unos zapatos a la primera zapatería que se cruce en su camino. “Uf! Como me toque ir a por unos zapatos, no llego a la reunión porque con este tipo de vestido tampoco puedo ponerme cualquier cosa en los pies” – piensa la señorita al tiempo que intuye una bicicleta acercarse y parase a su lado.

– Sí, sí, sí, sí. No, no, no, no –no acierta qué contestarle a aquel tipo, pero preferiría no tener que contestarle nada, levantarse y seguir su camino.

– ¿Querés que te lleve a algún sitio? –Matías observa que la chica parece como ida de este mundo, inconsciente de lo que le ha pasado y de su presencia.

– ¿Cómo? ¿En tu bicicleta? –le contesta de mala gana, medio burlona.

“Vaya, parece que ya volvió en sí. Estaría conmocionada por la caída tan pelotuda” –sonríe para sus adentros el panadero argentino.

– Sí, pos de qué otra forma si no… –a pesar de su mala contestación, Matías la ve débil y se ve en la necesidad de acompañarla o quedarse a su lado hasta que se recupere y la vea irse caminando con la misma clase con la que venía haciéndolo hasta que su tobillo se tambaleó haciéndola perder el equilibrio y caer al suelo.

Ella sigue sentada en el suelo, mirando al panadero argentino con cara de pocos amigos y con el tobillo resentido. Quiere que se vaya con su bicicleta a otra parte para intentar ponerse de pie y calcular los daños de la torcedura de tobillo, pues el tacón ya se ha cerciorado de que al menos hoy podrá aguantar, aunque se ha aflojado y deberá llevarlo a reforzar al zapatero si no quiere volver a caerse cuando vuelva a ponerse esos tacones verdes, con suela roja de Louboutin, que tan bien le sientan con el único vestido con el que los puede conjuntar. Aunque una vez también se los puso con un tejano y americana negros.

– Estoy haciendo el reparto mañanero de panes, pero si vos no podés caminar yo la llevo al centro médico o donde tengás que ir –insiste Matías, haciendo gala de toda su paciencia y caballerosidad.

La joven de pelo castaño continua mirándolo desde abajo, a vista de gusano, con el ceño fruncido y aguantando el dolor.

– No sé por qué me dedicás esa cara, pos vos te dirigías a un lugar, yo a otro, que en principio parece estar en la misma dirección,  te ofrezco llevarte hasta allá, y lo único que he conseguido es verte la cara de *calenchu que me ponés. Te voy a decir una cosa: si te tenés que enfadá, hacerlo con tus zapatos, con esos tacones de hilo de pescar. Aaaah! a lo mejor es que sin esos tacones esa es toda la altura que alcanzás. –ahora sí, Matías se echa a reir a razón de su propia ocurrencia.

La señorita se levanta como puede, pues ni el vestido, ni la posición, ni el panadero argentino le ayudan a su incorporación, y se agarra a una farola para controlar el equilibrio de llevar un tacón puesto y otro fuera.

– Estos tacones son unos Louboutin, comprados en Paris por 700 euros y ahora uno de ellos está estropeado –le increpa, mira el tacón y se lo muestra al panadero argentino.

– ¡Andá a cagá, pelotuda! ¡No te creo! ¿Que te gastaste ese dinero en unos zapatos, que además ni siquiera te llevaron a destino? –ahora Matías disfruta de ver como la conversación se ha vuelto en contra de la adinerada señorita. –¡Cuánto daño hacen la publicidad, la globalización y el capitalismo! Ve, mi lady? Yo te llevo gratis a donde vos quieras llegá, para que veas que hay muchas cosas en la vida que cuestan nada o muy poco dinero. – A pesar de no gustarle mucho el tipo de chica que se ha encontrado, Matías no tiene problema en ayudarla, pues así es como fue enseñado y educado en su familia en Argentina.

– Perfecto, me parece perfecto que un comunista como tú quiera llevarme en su bicicleta, pero ya llego tarde, el sillín de la bicicleta me da dolor de trasero y circular en bicicleta por Barcelona me aterroriza. Así que, si me disculpas, voy a coger un taxi. Blandito, fresquito, rápido, seguro…y caro! –le gira la espalda y hace el gesto con la mano para detener un taxi. Pero mientras el coche se para y sube en él, la señorita alcanza a escuchar el último consejo del panadero argentino

– ¡Pues si la señorita es así de torpe, la próxima vez, al menos, elija tacones lozanos!

El panadero argentino la despide con la mano, mientras ve arrancar al taxi, vuelve con su bicicleta a la calzada y emprende de nuevo la marcha absorto en un pensamiento: “Siempre me gustarán las mujeres tiernas y con miga, como el pan”. Sonríe.

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