La melodía de Anabel

–Ja, ja, ja…mmm…jiji –cada mañana la despertaban las cosquillitas de los bigotes blancos de la Pilu, que asomaba su hocico a la cama de Anabel entre las ocho y las ocho y cuarto, cuando la gata ya había escuchado que en la planta de abajo había movimiento y se olía el café que preparaba la madre de Anabel. Ni ella ni su marido subían ya a levantar a su hija de la cama. El psiquiatra les había recomendado que si Anabel lo hacía sola, o la despertaba la Pilu como ellos sabían, lo mejor era dejar de estar pendientes de la niña en todo momento. Permitir a Anabel desarrollarse como persona. Y dejar de lado las preguntas.

piano

Anabel nunca había contestado a nada, más allá de responder con un simple gesto a determinadas cuestiones imprescindibles del día a día. Sin embargo, la gata y Anabel se entendían. Pilu seguía a Anabel a todas partes. Era su sombra. Silenciosa, pero presente. Sabía cuando Anabel la necesitaba a su lado y cuando debía dejarle espacio para que hiciera sus cosas libremente.

Cuando Anabel cumplió los siete años, el director del colegio en el que cursaba primero de primaria, les comentó a sus padres que con el grado de autismo que padecía, y al no poder relacionarse ni con sus compañeros ni con los profesores, cada año se le haría más difícil el seguimiento de las clases y que lo mejor sería que mirasen un centro especial para la niña, donde encontrase otros niños con el mismo trastorno y donde siempre estuviese bajo la atención de especialistas en su enfermedad. Él mismo les recomendó un centro y, antes de despedirse, también les comentó que el resto de profesores de la niña habían observado que los días que tenía la asignatura de música Anabel parecía muy contenta de escuchar todo lo que la profesora les explicaba y siempre intentaba tocar el piano que había al fondo de la clase, a pesar de que a su edad en el colegio sólo se les enseñaba solfeo.

La madre de Anabel no quiso llevarla a ningún colegio de educación especial. A su parecer, Anabel no tenía ningún problema. No hablaba porque no quería, pero era una niña feliz, inteligente y nada agresiva, como había escuchado que podían ser los niños autistas. En su lugar decidió comprar un piano y ponerle dos profesoras particulares. Una para literatura e historia y otra para solfeo y piano. Las matemáticas básicas ya se las enseñaría su marido los sábados.

Anabel acudía contenta todas las mañanas a las clases que tenían lugar en la mesa de la cocina de su casa. Pilu se sentaba en una silla a su lado y no se dormía en toda la mañana, pues sabía que cuando Anabel no entendía alguna cosa que le estaban explicando su mirada se perdía en el infinito y Pilu acudía entonces a entorpecer la clase a los pies de la profesora, dándole tirones a los bajos de su pantalón. Al principio las profesoras no entendían porqué la gata les molestaba e intentaban sacársela de encima sacudiéndose las piernas. Pero Pilu no se marchaba y Anabel no volvía del infinito a la clase, concentrando de nuevo su mirada a la pizarra o el libro hasta que no se interrumpía la lección y se volvía a empezar con lo anteriormente expuesto.

Sin embargo, al piano dejaban a Anabel sola y ella sacaba melodías según su estado de ánimo. Entonces Pilu podía retirarse a dormir enroscada en el sofá. Los dedos de Anabel transmitían todas las emociones que ella era incapaz de comunicar oralmente. Desde los sonidos más infantiles y alegres, a las melodías más oscuras y terroríficas, con notas graves y tonos bajos. A través del piano, Anabel contaba su día a día. Por eso su madre lo primero que hacía nada más volver de trabajar era besar a Anabel y pedirle tocara algo para ella. A veces estaban hasta dos y tres horas. Y al escuchar la música la madre de Anabel sentía que su corazón conectaba con el de su hija y sabía si estaba contenta, había tenido un buen día o, por el contrario, necesitaba de su afecto y sus abrazos. Al contrario que los abuelos, los amigos de la familia e incluso el padre de Anabel, su madre no sentía pena o frustración por la incapacidad de comunicación verbal de su niña. Sabía que era muy importante la comunicación para vivir en sociedad, pero también sabía que Anabel había encontrado una manera sensible de expresarse a través de la música, tomando como herramienta el sonido de las teclas del piano. Sólo había que aprender a interpretar su melodía para poder comunicarse con ella. La Pilu no estaría siempre al lado de Anabel para ejercer de traductora y protectora, pero la niña siempre tendría la música para reflejar su personalidad, sus pensamientos, sus emociones, sus sueños.

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