Fantasmas contra molinos

–Afloja Sancho. Conforme nos alejamos del pueblo y nos metemos en la plana de la autovía me cuesta más respirar.

–¿Qué pasa, Quijo? –mira Sancho de reojo a su amigo.– Tranquilo, tío. Ahora no te puedes rajar.

–Uff! Tengo la cabeza fatal. Me da miedo no soportar la distancia, añorar, no entender el idioma, no adaptarme a las nuevas condiciones… ¿Y si no encontramos un trabajo pronto?¿Y si allí tampoco me puedo dedicar a lo mío?

–Pero vamos juntos, Quijo. Es nuestra aventura. Todo eso que dices siempre será menor si estamos juntos, aunque yo no pienso darte el calor de la Dulcinea. Eso ya te lo buscas por tu cuenta –Sancho siempre encuentra la manera de sacarle de cualquier agujero negro, hasta de los de su ‘coco’. El Quijote sonríe de puros nervios. Envidia esa forma de ser que tanto caracteriza a su mejor amigo, tan despreocupada y siempre optimista ante todo tipo de situaciones y desavenencias de la vida.

–Para, Sancho. Disfrutemos por última vez de la grandiosidad de estos mitiquísimos molinos de nuestra tierra, La Mancha.

Sancho busca un sendero que lleva hasta los pies de un grupo de enormes molinos de viento y gira en dirección hacia ellos. Una vez allí, Alonso Quijano, al que todos en el pueblo conocen como El Quijote, y al que solo sus más allegados se permiten llamarle ‘Quijo’, baja lentamente de la furgoneta, inspira y expira en silencio, con la mirada perdida en la llanura. Camina acercándose hacia los molinos. Quiere inmortalizar ese momento, el sol colándose entre las aspas de aquellos monstruosos generadores de energía. Desearía llenarse con esa energía en ese preciso momento. Dentro de cuatro horas él y su inseparable Sancho cogerán un avión rumbo a Paris con una maleta, un único billete de ida y mil euros en el bolsillo para empezar una nueva vida. El Quijote continúa andando un par de minutos y cuando cree que ya ha cogido una buena perspectiva del grupo de molinos saca del bolsillo trasero de sus pantalones su bloc de bocetos, lo pone en horizontal y empieza a dibujar el paisaje de la tierra que lo vio nacer, un trozo del país que ahora mismo lo escupe hacia fuera, tras más de un año en paro desde que cerraron la tienda de pinturas y materiales de construcción en la que trabajaba en Albacete.

 –¿Qué haces, Quijo? ¡Que vamos a perder el tren!

–Cinco minutos Sancho. Necesito vaciarme –”y también llenarme, pero de valentía, para luchar contra los nuevos gigantes que se me aparecerán en Francia”, piensa El Quijote.

–Pero si estás pintando, no meando, ¿cómo te vas a vaciar? –a Sancho no le gusta profundizar en ningún aspecto sentimental, y siempre esconde todos sus sentimientos bajo su capa de humorista malo y casposo.

–Ven, Sancho. Siéntate aquí –insta El Quijote a su colega. –¿Sabes? Mientras dibujo noto cómo se alejan mis fantasmas. Ahora mismo es como si las aspas de estos molinos los estuviesen triturando.

–Qué raro eres, tío. Siempre viendo cosas donde nadie más las ve –contesta Sancho mientras se termina de liar un cigarrillo.–Venga, termina con los garabatos, mata a quien tengas que matar y nos olvidamos de los gigantes eólicos para siempre.

molinos-quijote-1
Relato finalista de un concurso de la editorial Zenda

Termina El Quijote el dibujo de los molinos. Se levanta, guarda su libreta y, dejando atrás a todos sus fantasmas peleando con los molinos, sube a la furgoneta prometiéndose a sí mismo que nunca más volverá a pisar un país que no valore el talento artístico.

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